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José Bayro, nuestro orgullo

miércoles, 01 de mayo de 2019 · 00:11

Conocí a José Bayro un poco antes de 1985, época en que comenzaba a estudiar arquitectura en la UNAM, vivía en El Altillo, un condominio de la avenida Universidad del DF de ese entonces. Llegó a México seguramente con el interés de formarse profesionalmente y con ansias de beber de las fuentes del arte y del color mexicano, de ése que, de la mano de Diego Rivera, influyó en el muralismo boliviano.

  En 1972, la dictadura del coronel Hugo Banzer asesinó a su hermano Carlos, hasta hoy no ha sido entregado su cadáver, quizás por eso José estaba rodeado de amigos que tenían fuerte sensibilidad social, muchos de ellos exiliados. Eran épocas en que René Zavaleta Mercado era el intelectual boliviano más conocido en México y América Latina, él era el orgullo para nuestros compatriotas, como lo fue también el pintor Ricardo Pérez Alcalá, que ganó tres veces el Premio Nacional de Acuarela en México.

Desde esas épocas recuerdo las primeras cerámicas de José Bayro, sus hermosos platos llenos de color y, claro, sus iniciales arlequines; es que ya estaba dando los primeros pasos de su polifacética carrera de artista.

Hace pocos días lo visitamos en Puebla, fuimos con Martha, mi esposa, y Ricardo, mi hijo, que insistía en que para sus 40 años, -a cumplir en este mes de abril-, necesitaba  algo del maestro. José nos cuenta que hace más de 30 años huyó  del DF por razones de la contaminación, pero ahora vive en la quinta ciudad mexicana con mayor población, Puebla, tiene unos 1,5 millones de habitantes,  está llena de iglesias, pero lo que la caracteriza  es la artesanía de los azulejos de Talavera, sus calles están decoradas con esa azulejería incomparable. El mole poblano y la china poblana son también parte de su tradición.

Pero, al ir al centro histórico, los guías turísticos, o la gente poblana de cualquier escala social, aconsejan visitar al Hombre Azul, pues ese es el ícono de esta ciudad; Puebla se conoce y se reconoce en esa enorme y monumental escultura de cinco metros, con acabados en color azul de la famosa talavera poblana. Obra que es un homenaje al hombre trabajador, acabada en el año 2006.

El autor de esta reliquia es nada menos que José Bayro, con ella nuestro compatriota inscribe su nombre en la historia del arte poblano y mexicano en general. La obra capta profundamente a México, pero no deja de tener su sello boliviano, en la placa que habla de la obra, Bayro escribe reminiscencias del Ekeko, dios andino de la abundancia, tan amado y venerado en Bolivia.

Es que el maestro es mexicano y no ha dejado de ser boliviano, algunos de sus cuadros nos los recuerdan: La sirena con charango, Desde chiquita le gustaba la matraca, sus ángeles arcabuceros, los chuños, El quirquincho de la huerita, Bolivia México 1-0. Como también lo atestigua su jardín con los sapos de bronce de su fuente, traídos desde La Paz, u otras antigüedades de Sucre.

Por si no bastara con el Hombre Azul, en el Centro Cultural de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla está otra de sus esculturas: La pareja del trompo de 3,20 metros de altura. José Bayro no ha seguido una sola corriente artística, es un creador nato, es un maestro del grabado, ceramista excepcional, y pintor de finas ironías y mucho humor malicioso; eso lo captan muy bien Carlos Monsiváis o Montserrat Galí, quizás porque al evocar a Romeo y Julieta, pintó su cuadro, Romerciano y Juliberta; o porque siguiendo con su humor pintó Se les rompió el condón. 

Bayro nos permite mirar los rostros, de frente y de perfil simultáneamente, esa es una de sus características más reconocidas. Entrar a su casa-taller y galería es una de las experiencias más hermosas que he vivido, todo está nutrido de color, de experiencias oníricas, de pinturas de múltiples pescados, -el maestro sólo los pinta, no los come porque le dan alergia-; sus grabados son extraordinarios, sus pinturas una invitación al deleite, sus cerámicas un impulso para gozar del arte. 

 Pero, junto a lo onírico de sus cuadros, está la realidad, su gata, llamada Tigra que lo acompaña en la guía de la visita; el jardín es exquisito, con finos detalles en cada recodo, con una fuente hecha de retacerías de talaveras, pero juntadas con armonía y exquisitez.

Sí, José Bayro se ha convertido, como su Hombre Azul, en un ícono de Puebla y del arte mexicano. Si hace décadas Zavaleta Mercado era el orgullo de los bolivianos en México, ahora lo es él. Brindemos su mezcal, Bayro, el Hombre Azul, reserva de la casa, con el cual nos recibió el maestro.

 

Carlos Toranzo Roca es economista
 

 

Confidencial

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