Carlos Toranzo Roca

Argentina, gran capacidad de autodestrucción

miércoles, 04 de septiembre de 2019 · 00:11

Argentina hasta 1984 había ganado cinco premios Nobel, tres de ellos en ciencias duras, eso es poco usual para países latinoamericanos o de Sur América. Ese país a inicios del  siglo XX tenía un desarrollo   económico parecido al de Francia; en la primera parte del siglo XX poseía una educación pública de alta calidad, lo mismo sucedía con sus universidades públicas que estaban en los primeros lugares del ranking universitario internacional. Los profesores argentinos, así como los graduados en las universidades públicas, poseían un alto reconocimiento académico y social. La gente, incluida la de los sectores populares estaba bien nutrida. En América Latina se tenía envidia a la Argentina por la densidad de sus intelectuales y de sus artistas; su teatro, su música, sus cafés, sus librerías tenían niveles europeos envidiables; daba la impresión que la gente, que los argentinos de todos los lugares de su geografía militaban en la lógica del trabajo. Buenos Aires poseía muchas de las cosas que se valoraban en Europa, pero ese país parecía que concentraba todo en su capital, pues Jujuy, Tucumán, Corrientes y muchos otros lugares de su geografía estaban marcados por la pobreza e inequidad;  si Buenos Aires parecía un lugar europeo, el interior tenía más semejanza con América del Sur. Esas asimetrías están todavía presentes en el siglo XXI.

Pero, en la segunda mitad del siglo XX pareciera que se hundía paulatinamente todo lo que Argentina había logrado en su pasado, ese país tan rico en recursos naturales, de paisajes indescriptibles, de un capital humano excepcional, de geografías tan diversas comenzaba a desmayar, a tener crisis políticas y crisis económicas continuas.  Argentina se volvió el paradigma de las inflaciones y de las devaluaciones recurrentes;   en la memoria y subconsciente de los argentinos penetró la idea de que el único ahorro posible es el que está en dólares, razón por la cual es ya histórico el desprecio por su moneda.

Quizás fue necesaria la presencia de Perón y Evita en el poder para dar mensajes de inclusión política social, para mostrar que la Argentina era no solamente el lugar de las aristocracias rurales, sino que también había cabecitas negras a quienes considerar para hacer política y para definir políticas públicas. Claro que es necesaria la distribución y redistribución de la riqueza para tener sociedades más democráticas, pero eso es sostenible en el tiempo únicamente si se sigue creando riqueza, si se innova tecnología, si se mira al mercado  mundial y no solamente al mercado interior. Tal vez buena parte de las crisis económicas y políticas de estos últimos 70 años  se deban a que Argentina perdió pujanza productiva, intentó favorecer más la distribución del ingreso que la creación de riqueza

Paralelamente a su declive económico, Argentina fortaleció a sus sindicatos, los cuales están excesivamente ideologizados, son de esos que siguen pensando en el socialismo, a pesar de que pasan décadas del derrumbe del Muro de Berlín; ese sindicalismo abrió las puertas al enriquecimiento discrecional de muchas dirigencias sindicales, manejando la política a través de sus punteros. Es probable que con el peronismo se abrieron las compuertas de la sobreideologización de la política, la misma que en décadas ha estado marcada por la lógica amigo-enemigo, sin comprender que el diferente es solamente un adversario político y no un enemigo al que hay que destruir. Esa sobreideologización de la política, de unos y otros, durante decenios ha impedido generar visiones compartidas de país, para que Argentina vuelva al camino del crecimiento, de la creación de riqueza y de la innovación tecnológica. Sus políticos, sus sindicalistas, sus empresarios de gran mezquindad, durante décadas niegan a gritos al otro, lo agreden verbalmente cerrando todas las posibilidades de diálogo, de pensar conjuntamente en su país; da la impresión que sólo les importa su capilla política o empresarial y no el conjunto de los argentinos. Esa sociedad que individualmente posee brillantes artistas, intelectuales, deportistas que destacan en el mundo, poseen una gran paradoja, consiste en que colectivamente son incapaces de construir su país, no empujan una visión compartida de futuro. Esos argentinos de gran talla pareciera que colectivamente tienen una increíble capacidad de autodestrucción.

 

Carlos Toranzo es economista.

 

Confidencial

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