Carlos Toranzo Roca

La soledad del caudillo

miércoles, 22 de enero de 2020 · 00:10

Noviembre de 2019 te dio un mazo muy duro en la cabeza. Cuando tuviste poder te fue difícil dejarlo, te acostumbraste a él como si fuera parte de tu cuerpo; al tenerlo ya no era necesario que te agaches a anudar los cordones de tus zapatos, había muchos que se agachaban para hacerlo, no por admiración, sino por quedar bien contigo, por temor a tus represalias o con la intención de invertir para subir un poco en la escalera del poder. 

Al tener poder, las mujeres más bonitas, las misses, las presentadoras de TV se te acercaron, te pedían bailar con ellas, hasta algunas te ofrecieron matrimonio; pero claro, antes de que tengas ese poder, no te miraban, no te dirigían la palabra. Como bien saben todos, el mejor brebaje amoroso es el poder, con él aumentó tu estatura, crecieron tus méritos. Por él decían que tu perfil era el perfecto, que tus ojos eran de fascinación, que tu mirada era profunda, que tus palabras eran esclarecedoras y proféticas, que tu cuna era la mejor para convertirte en historia, en museo. 

Con el poder aumentó la cohorte que te aplaudió, que te mimó, que te quiso, que te adoró. Hubo ministros que escribieron libros sobre tu historia, sobre tus grandezas, sobre tus ideas, aunque no hayas tenido ninguna; sobre tus planes de salvar al país y salvar al mundo de la crisis, de los desastres, de los males del capitalismo y de los males de ojo también.

Cuando tenías poder ya no necesitabas pensar qué comer, hubo muchos que quisieron aliviarte la pesada carga de masticar, hubo  obsecuentes que te traían el plato, que te llenaban el vaso; ellos generaron la capacidad de adelantarse a conocer tus antojos y tus odios. Hubo varios que te ponían la mesa, que probaban tu comida para que tengas la certeza de no ser envenenado; ellos se encargaron  de decirle al mundo que tus gustos eran los mejores. 

No tenías que pensar dónde viajar, a quién visitar, pues te presentaban los mejores planes de viaje, muchachas incluidas. Los obsecuentes hacían fila para ver cómo los sastres, los modistos te medían, te probaban los trajes que ante el mundo eran los que te quedaban mejor; ellos se encargaron de escoger tu ropa deportiva, te sugirieron los pijamas, las camisas, camisetas, poleras y zapatos que vayan mejor con tu atuendo. 

Claro, nunca escogieron los libros que debiste leer; en el intento pudieron salir trasquilados, pero para hacerte fácil la vida te hacían resúmenes de cualquier folleto, hasta de novelas turcas, en las cuales dijiste ser especialista. Hasta te aliviaron del odio, pues esos círculos cercanos te sugerían cómo castigar, cómo enjuiciar a los que no comulgaban contigo. Ellos hicieron las listas de los enjuiciados, te dijeron cómo castigar a quienes disentían de tu palabra y de tu éxito. 

Lo que hacían era tratar de ganar méritos para seguir subiendo en la escalera del poder, con esas actitudes buscaban ganar tu aprecio y conseguir tus favores. Ellos eran nada si los alejabas de tu poder, como Choquehuanca; ellos sabían que perderían más rápido los favores y los poderes que les prestaste si les bajabas el índice.

Esos obsecuentes cada día te contaban historias colocándote en el centro, te decían que eras el núcleo de mundo, el predestinado para salvar  a la humanidad;  por eso cuando tú te mirabas ante el espejo, lo que oías con recurrencia eran los salmos que ellos rezaban en tu honor; tu espejo ya no era el antes, donde el vidrio plano te mostraba cual eras, tu espejo nuevo fue el que construiste con los cánticos de alabanza que cada día cantaban en tu honor; con las palabras de admiración por tu persona, por tu destreza para gobernar, por tu sapiencia para conocer el mundo, por tu capacidad de conocer el futuro y de construirlo a tu semejanza.

Este espejo que te contaba cuán grande eras, era el espejo de Grecia, de Roma, de Moscú, de La Habana, de Caracas, en cada lugar donde se  crearon poderes muy grandes; el poder transformó a las personas, hasta deshumanizarlas, usualmente las convertía en máquinas de la reproducción del poder. Pero en todos esos lugares, a pesar del séquito de obsecuentes, a pesar de las centenas de los “íntimos” que  elevaban oraciones por el dueño del poder, éste solía estar cercado por la soledad. 

El dueño del poder normalmente es un solitario que desconfía de su entorno, pero que no por ello detesta el poder, sino que, ante todo, desea mantenerlo para no caer rendido a una realidad donde ella lo convierta en humano. Pero ya caíste, ya sabes que el cementerio está lleno de insustituibles. Tu soledad será demasiado grande porque el odio guía tu vida; añoras el poder y deseas milicias armadas para recuperarlo. Pero, ya pasó tu hora.

 

Carlos Toranzo Roca es economista.
 

343
10

Otras Noticias