Carlos Toranzo Roca

Informalidad y resiliencia en la pandemia

miércoles, 1 de julio de 2020 · 00:11

En Bolivia el patrón de desarrollo siempre ha sido primario exportador y parece que lo seguirá siendo; todas las apuestas por la industrialización han fracasado. La mentalidad de los bolivianos, de las autoridades políticas, de los empresarios y de los sectores populares es extractivista, unida a la cultura del rentismo.  Bolivia no piensa en la reinversión de la renta de los recursos naturales, lo que desea es su uso en el aumento del consumo y, a veces, en favor de la redistribución. Por eso el capitalismo boliviano es un protocapitalismo mediocre.

Las diferentes corrientes del marxismo, el POR  o el PC, así como  el nacionalismo revolucionario encabezado por el MNR coincidieron en sus hipótesis sobre el desarrollo boliviano, las mismas que fueron formuladas por los teóricos del desarrollo del capitalismo, quienes plantearon que Inglaterra transitó  del feudalismo al capitalismo mediante el desarrollo de la urbanización, ese país se descampesinizaba progresivamente para dotar de  mano de obra para el  crecimiento de la industrialización. 

Quería decir que los campesinos que migraban a las ciudades se convertían paulatinamente en proletarios de las industrias nacientes. Pero en Bolivia se produjo una urbanización lenta y también operó la descampesinización, pero a paso cansino, a tal grado que en el presente la población rural representa aún el 30% del total.

La población del campo migró a las ciudades y se produjo un crecimiento de la urbanización, sin embargo, ésta no se acopló a la proletarización de los migrantes por la sencilla razón de que no existía industrialización. Por tanto, los migrantes no se convirtieron en trabajadores asalariados, antes bien, lo que generaron fue la informalización del mercado de trabajo. Para subsistir, entraron a los diferentes ámbitos del subempleo, autoempleo empleo precario y familiar; a las distintas esferas de la informalidad, al comercio minorista, al espacio de los gremiales, al transporte urbano, a la venta de abarrotes, a la comercialización de alimentos y al contrabando de mercancías.

De este modo, la informalidad emergió tempranamente en todo el país, esta situación avanzó hasta el presente; la existencia de la industria y el trabajo asalariado son la excepción en el capitalismo boliviano y la informalidad la norma. Hace 14 años, el empleo informal llegaba a cerca de 66% y bajo el influjo del “proceso de cambio” y de  la reprimarización de la economía alcanza hoy al 80%.

Los teóricos cometen un error al entender que el desarrollo boliviano vendría por la vía de formalizar a lo informal. Lo correcto sería explicar a la informalidad como un fenómeno normal y dominante en Bolivia e indagar cómo opera. Por de pronto, el mercado laboral es 80% informal. Son sus actores, los informales quienes han demostrado una gran capacidad de resiliencia a la pandemia; ellos generan sus propios empleos, reconvirtiendo ágilmente sus actividades; desde años atrás muestran una extraordinaria versatilidad para acomodarse a las exigencias del mercado. 

Si esta es la realidad del mercado laboral, las políticas públicas, así sean de emergencia, deben ocuparse de ella; no basta el viejo keynesianismo de hacer huecos y taparlos para crear empleo, más bien se trata de mirar de forma estratégica a lo informal, apoyarlo para que dé saltos tecnológicos, que acceda a la inclusión financiera, que asegure y mejore las cadenas de valor de los productos provenientes del sector agropecuario, que se articule mejor a la producción industrial generada en el país.

Está claro que la generación de excedente todavía está articulada a la producción de hidrocarburos, de la minería o de la soya, pero Bolivia ha redescubierto a sus informales que, por ahora, son el secreto de la generación de empleo, precario, pero empleo. La política pública debe escudriñar cómo disminuir sus grados de precariedad. 

A su vez, el país ha redescubierto a su sector rural, a la economía campesina, ella no estaba muerta, era atacada por el tipo de cambio que convirtió al dólar en la mercancía más barata que daba lugar a promover las importaciones de alimentos. Pero, en la pandemia el sector agropecuario de los pequeños productores, que son “vecinos”, medio rurales, medio urbanos, en realidad, mestizos del agro, ese sector agropecuario, nutrió y nutre de productos a los centros urbanos.  Ahí está una de  las claves de la futura seguridad alimentaria. ¿Hubo y hay políticas públicas para apoyarlos? Bolivia debe repensar este tema.

 

  Carlos Toranzo Roca es economista.
 

 

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