Carlos Toranzo Roca 

El excaudillo ciego

miércoles, 24 de febrero de 2021 · 05:11

 ¿Qué es lo más duro que uno puede encontrar en la Fiesta del Chivo de Vargas Llosa? ¿El poder del dictador, las matanzas, los ríos de sangre, su ceguera, el favor a sus familiares, la falta de idea de país, el enriquecimiento ilícito, la discrecionalidad en el manejo del poder, la corrupción generalizada, la sensación de que su poder será eterno? Cada quien puede escoger cualquiera de esos temas de la pregunta. Pero, no se debe olvidar la obsecuencia. 

Si algo destila el libro, si algo sale de esa historia, es la tremenda obsecuencia de sus ministros, de sus militares, de sus correligionarios, de su círculo íntimo y de sus amigos. Eso quizás es lo más grave, pues no había palabra de crítica, ni rictus de molestia ante los excesos del dictador. Por el contrario, él estaba rodeado de aplauso, de genuflexiones, de palmas en la espalda para aprobar todo, de grandes bisagras en esas mismas espaldas para besarle las manos. La sonrisa y aplauso de aprobación para todos sus errores y todos sus crímenes era lo cotidiano de la política y del funcionamiento del poder.

Pero no es necesario haber leído La fiesta del Chivo para darse cuenta de lo que es la obsecuencia, pues todo lo que hemos descrito, lo hemos visto hace décadas en nuestro país, pues esa obsecuencia, llamada también llunkerío, es una de las constantes en el trato a los líderes, a los caudillos, a los dueños del poder.

 ¿No existía eso con los liberales, con los conservadores, con los falangistas, con los militares, con los emenerristas, con los miristas? ¿Es que acaso sus círculos íntimos, sus núcleos de poder, sus ministros, no eran casi exactamente igual a los retratos de La fiesta del Chivo? ¿Es que el caudillo admite crítica?  ¿Es que el líder se inclina ante la razón? ¿Es que se puede ir lejos en política, si no se es obsecuente ante el caudillo? ¿Es que acaso el mejor asesor no es aquel que recita lo que piensa el caudillo? ¿Qué importa la ética, la razón, la reflexión, la formación, si lo que desea el caudillo es obsecuencia?

Pero, todos los caudillos han caído. Algunos se han desplomado porque simplemente el poder es ave pasajera, es cosa fugaz; en unos casos dura más que en otros, pero siempre, siempre el poder se va. El pecho de muchos se inflama en exceso con una pizca de poder, el pecho del caudillo crece más, cuando el poder es más grande. 

Pero, lo cierto es que la obsecuencia no construye buen manejo del poder, ni del Estado, ni de la cosa pública. En muchos casos, el exceso de obsecuencia se convierte en un insulto que hiere al sentido común, y al herirlo convierte al poder en más fugaz. 

La obsecuencia no convierte en eterno al caudillo, antes, bien puede debilitarlo y perjudicarlo, con lo cual caudillos y dictadores, junto a sus obsecuentes, acaba antes de lo previsto. Es que el poder no es eterno, aunque así lo crean quienes lo ejercen.

¿Se dio cuenta de eso Evo Morales? Quizás no, pero la historia nos demostró que no hay caudillos eternos; las mujeres y los jóvenes movilizados en las calles lo echaron a quien quería ser dictador. Por suerte los bolivianos entendieron que había un límite y ese fue el gran fraude que montó Morales para quedarse en el poder. Pero, las movilizaciones pacíficas lo echaron, el Jefazo muerto de miedo huyó, escapó, para, fuera del país, hablar de golpe de Estado, cuando en realidad fue patada en el trasero. 

Sus obsecuentes siguen hablando de golpe, de gobierno de facto, pero, no logran entender que otra patada en el trasero a Morales es que el MAS gane las elecciones de 2020 sin él de candidato. Y cuando el Jefazo volvió al Chapare, lugar donde se produce el alcaloide, se creyó dueño del MAS y, vía dedazo,  puso, candidatos. Eva Copa le dio otra patada adicional, demostrándole que sin Evo ella puede ganar en El Alto.

Ahora el excaudillo está urdiendo tramas legales para sacar del camino a Reyes Villa, a Eva Copa e Iván Arias. Sigue ciego, no se da cuenta de que la historia política del país es otra. Todavía hay ciudadanía para defender la democracia ante los intentos del MAS de avasallarla.

 

Carlos Toranzo Roca  es economista.

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