Carlos Toranzo Roca

Nuestras bodas de oro

viernes, 28 de mayo de 2021 · 05:08

Muchas veces hay que hablar de la cotidianidad, no de ciencia política, ni de economía; más bien, hay que referirse a la familia, a la pareja, sin las cuales, nada de lo que uno haga tiene sentido; al contrario, con ellos la sonrisa está presente. Sólo cuando el frente interno familiar está bien se puede dar felicidad a otros, en los actos cotidianos de la vida y hasta en la política, pues nada debe ser construido desde del odio, sino desde la comprensión de los otros.

Corría el año 1971, épocas de sueños de cambio, de transformaciones, pero también de dictaduras. Apenas habían pasado cuatro años de la guerrilla del Che; tiempos de masacres mineras, de ideales de revolución, de transformación. ¡Éramos tan jóvenes! todavía vivíamos metidos en los libros de la universidad, casi saliendo de ella. Y en un 29 de mayo de 1971 nos casamos; como eran tiempos especiales de la política, no quise fiesta, ni curas, ni ruido. Tú, con amplitud, tuviste que aceptar sólo el registro civil. Tus padres no lo entendían, más bien dudaban del nuevo yerno con ideas que no iban con sus tradiciones; creían que esa unión podía fracasar, no tenían idea de que nosotros podíamos llegar a cincuenta años de casados, como lo hemos hecho hoy.

No pasaron ni tres meses de nuestro matrimonio y vino el golpe y la dictadura de Banzer, ésta apresó herido a mi hermano Julio el 21 de agosto y lo asesinó en la madrugada del 22 de agosto en el hospital militar. Tuvimos que beber ese trago amargo al inicio de nuestra vida en común.  El 23 de agosto me ayudaste a escapar de la Policía, en pleno entierro de Julio, cuando la dictadura me quería preso; muy pronto se nos alejaron las alegrías de los recién casados. Sufriste, comenzaste sufrir a mi lado, pero aprendiste a estar siempre junto a mí, y yo a ti. Pero, a los dos meses, la dictadura me metió en prisión, casi por un año, a ti te echaron de tu empleo.  Esa prisión, esa dictadura, impidió que yo pueda ver el nacimiento de nuestra hija Gabriela, quien nació en abril de 1972; yo la pude conocer recién a las dos semanas de nacida, en una prisión de Achocalla. En todo ese tiempo sufriste, pero siempre estuviste firme como esposa, yendo de prisión en prisión para ver que no me hubiera pasado nada. Al amor le sumaste la solidaridad por tu pareja y el sacrificio para cuidar a Gabriela. La solidaridad es básica en la pareja

La dictadura me echó del país. A los pocos meses de mi llegada a Chile, viniste conmigo, trayendo a Gabriela, a compartir el exilio, a comenzar a entender cómo es la vida lejos del país y de la familia. Vivimos en una pobreza de solemnidad, rodeados de libros por mis estudios de maestría, sin protección política de nadie, pues nunca milité y menos tú; hacíamos malabares para encontrar leche para Gabriela; poco a poco nos curtimos, pero no perdimos la alegría de vivir juntos. Vivimos agrandando el amor y consolidando nuestra unión y dando cariño a nuestra hija; tuvimos la compañía de amigos, muchos de los cuales comenzaban a ser nuestra familia ampliada. Como sentíamos que se avecinaba el golpe de Estado, volviste a Bolivia con nuestra hija, y en efecto, a los dos meses de tu retorno, llegó el golpe de Pinochet. Con suerte salvé la vida, en ese Santiago militarizado que arremetía contra los izquierdistas y los bolivianos. Tuviste semanas sin noticias mías, sufriste demasiado.

De Santiago salí a otro exilio, a México, ahí viniste con Gabriela a juntarnos como familia, a seguir desarrollando el amor y la pareja.  Pero México dijo que dio asilo a los chilenos, y a los no chilenos nos expresó que nos salvó la vida, pero que debíamos abandonar el país. Por eso tuvimos que seguir subiendo al norte. Aparecimos en Canadá, en Toronto, con una mano adelante y otra atrás, ateridos de frío, pero siempre juntos, siempre tú dando amor y solidaridad.  Aunque ya habíamos egresado de la universidad, en Canadá, tuvimos que trabajar lavando platos y tendiendo camas en hoteles; ratificando que teniendo manos nada le iba a faltar a nuestros hijos. Pero ninguno de esos desafíos nos desanimó ni destruyó nuestra pareja; al contrario, la unificó; todos los momentos difíciles, que siempre los hay en la vida, los llenaste de amor.  En los tiempos duros, aprendimos a tener sonrisa, y no sólo rumiamos el sufrimiento.

De Canadá retornamos a México porque queríamos seguir estudiando y trabajando para dar un mejor futuro a nuestra Gabriela. Ahí hiciste tu maestría y yo las mías.  Yo me dediqué a la academia, tú, más aterrizada que yo, trabajaste en el Estado en puestos muy importantes. Ese México nos formó como profesionales. En nuestra vida en México, al amor le seguiste sumando la solidaridad de pareja. Y entre los dos, apostamos por el estudio y el trabajo para que nuestra hija, -que tanto sufrió sin saberlo-, tenga un futuro mejor que el nuestro. Ahí, en México nació en 1979 nuestro hijo Ricardo, producto del creciente amor de la pareja; él ya no conoció las carencias iniciales de Gabriela.

Desde el inicio y hasta hoy aprendí lo que es la equidad de género, no leyendo libros ni masticando discursos exóticos, sino por la pura intuición de la equidad en la pareja. Todo lo hemos compartido, los sueños y el lavado de los platos, las grandes visiones y las cargas cotidianas de la familia. Parece que esa es la equidad de género de verdad.

Ya pasan 35 años de nuestro retorno a Bolivia, hemos seguido trabajando y dándonos amor.  Hemos logrado que los hijos hagan sus postgrados fuera, en buenas universidades; las condiciones internas del país han hecho que ellos vuelen a otros lados. Gabriela y pareja –David, ahora también hijo nuestro- fueron a Londres, ahí tuvieron a su Luciana, nuestra primera nieta, pero volvieron a Bolivia y nos regalaron al segundo nieto, a Sebastián. Nuestro Ricardo voló a México, ya pasa 11 años, no por su voluntad, sino porque los excesos ideológicos del gobierno del MAS lo castigaron a él y no sólo a nosotros por nuestras ideas; pero, Ricardo retornó al lugar de su nacimiento, así da vueltas la vida. Ahora nos acompañan en Bolivia, Gabriela, David, Luciana y Sebastián; a Ricardo lo tenemos cerca por las nuevas tecnologías.  Ellos están aprendiendo a ser felices, están aprendiendo a masticar sus dolores y los sufrimientos que les trae la vida; pero como los hijos son eternos -y seguro que también lo son los nietos- siempre estamos juntos para darnos un abrazo y para, entre todos, poner el hombro para quien lo necesite.  Desde siempre les damos mensajes de cariño para que construyan su vida con valores -ésos que se han perdido en los últimos tiempos- y para que llenen de amor y solidaridad sus vidas.

Tratamos de estar a su lado cuando sufren y estar con ellos cuando tienen felicidad. Pero en estos 50 años años juntos hemos aprendido a no ser posesivos, para que ellos se desarrollen con más libertad, porque por forzar las cercanías y por exceso de sobreprotección, se puede perjudicar a los hijos. Ellos necesitan su propio proceso de crecimiento para administrar mejor sus felicidades y tristezas. No importa que tengan momentos de dolor, sino que es preciso que aprendan a salir airosos de ellos, revitalizados.

Hace cinco años planeaste hacer nuestra fiesta de 45 años de matrimonio y la hicimos; decías, cuidado que no lleguemos a los 50, que algo pase en el futuro, tus palabras fueron premonitorias, pues ya tenemos más de un año de soportar una pandemia que llena de dolor a las familias. Así que en estas bodas de oro de nuestro matrimonio no tendremos fiesta, no podremos bailar las cuecas que te gustan, ni las morenadas que me encantan, siempre oyendo los compases de Música de Maestros. Pero que no haya fiesta es una minucia frente a las alegrías que hemos vivido en estas cinco décadas. Todas esas alegrías habrían sido imposibles sin tu amor, solidaridad y dedicación a la familia, no habrían sido posibles sin el cariño de nuestros hijos que por suerte son cariñosos, agradecidos y respetuosos; a ellos suman su cuota los nietos que nos alientan con sus sonrisas a seguir juntos; pero también los amigos tienen su cuota parte, muchos de ellos hacen parte de la familia ampliada, el cariño y solidaridad de muchos de ellos nos empuja a estar juntos.

El 29 de mayo de 1971 no me imaginaba para nada que el tiempo volaría, sólo pensaba en la alegría de casarme contigo; no tenía idea de tener hijos, ellos vinieron de manera natural. El tiempo nos fue dando alegrías, tristezas, enseñanzas, pero ante todo una compañía hermosa que es el tesoro que hemos tenido en estos 50 años.

Querida Martha, gracias por tanto amor y solidaridad en estas cinco décadas de matrimonio. Gracias por ser mi pareja.
 

Carlos Toranzo Roca es economista.

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

31
4

Otras Noticias