Resolana

Por amor a Kafka

miércoles, 27 de abril de 2016 · 00:00
Primera escena: Averiguar por internet los requisitos para renovar mi carnet de identidad (CI). ¡Este año me toca indefinido, que emoción! Humm, dicen que tengo que llevar una fotocopia de mi certificado de nacimiento (que tiene que ser del Estado Plurinacional) y el original (dicen que por si acaso). Por si acaso también, llamaré nomás al Servicio General de Identificación Personal (SEGIP). Humm me dijeron lo mismo, pero tan rápido que quizá no entendí bien. Pero, con seguridad, tengo que pagar la boleta en el Banco Unión.

 Segunda escena: Ya tengo mi ficha para pagar la boleta para renovación de CI. Ding – ding, que pase el número 27.
 
¡Dios mío, yo tengo el número 72! Felizmente traje algo para leer. Una hora después, sostengo con alegría los recibos del pago. Ahora a pasar por una fotocopiadora para copiar el certificado de nacimiento original del Estado Plurinacional. ¿Tendré que poner esto en un fólder amarillo? La otra vez, renovando mi licencia de conducir, me hicieron salir de la fila para comprar uno afuera… Señorita, déme también un fólder amarillo, blanco no me sirve ¿?
 Tercera escena: Estoy llegando a la esquina circunvalación, dos cuadras antes del SEGIP y la fila viborea con más de dos vueltas. Respiración yoga, inhala – exhala –inhala – exhala. ¡Ah, pero acabo de cumplir 60 años, ya soy tercera edad! Por si acaso me agacho un poquito y miro fijamente al policía y al funcionario de la entrada que intentan, con los entrecejos fruncidos, mantener un cierto orden. Muestro el contenido de mi valioso fólder amarillo y logro pasar a una fila de más o menos la mitad de la de la calle. Uno, dos, ocho, 15… cuento 25 personas antes que yo y de repente veo un cartel que dice Atención preferencial, me lanzo en picado, hay sillas… y nueve personas. Vamos recorriendo de asiento con cara circunspecta. 
 
Cuando, 45 minutos después, la funcionaria me atiende me mira y automáticamente decide que no soy de confiar. Quizá algo le cayó mal en el desayuno o sencillamente está harta de atender gente, o no le gusta mi cara. Mis papeles están desparramados frente a suyo, frunce los labios y dice hay un problema en su certificado de nacimiento, el apellido de su madre, dice "Parada de Ruiz”. Señorita, mi madre era del siglo pasado, así se usaba, era legal. No, ahora tiene que decir sólo Parada. Debe hacer un trámite administrativo para resolver lo del apellido de su madre. Vaya al Tribunal Departamental Electoral y que certifiquen mirando en los libros. Pero… Siguienteeee.
 
Cuarta escena: Misma sala, mismos asientos, otra hora recorriéndolos. Misma cara de señorita malhumorada.
 
Revisa el cofre de mis tesoros y dice que falta el o-ri-gi-nal de matrimonio. No me dijeron que lo traiga, pero lo tiene que traer.
 
Quinta escena: Tercera incursión en SEGIP. Canchera, ya salto etapas pero el trámite administrativo no reconoce preferencia por tercera edad. Otra fila de asientos, otra hora de espera y otra funcionaria (a ésta no le quemaron el desayuno), auditoría minuciosa y comparación con los datos del sistema. Diez minutos después otro escritorio, toma de huellas y papelito -recoja en dos días su CI-.
 
Última escena, cuarta incursión en SEGIP: Entrego papelito, me mandan a otra sala, ficha 138, van por la 55. Dos horas después otra vez huellas, confirmación de datos, foto de presidiaria y CI. De yapa, copia de la resolución administrativa en la que los apellidos de mi madre siguen iguales y el de mi padre está equivocado. Amado Kafka, tenías razón. 

Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.

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