Gritos veganos de las wawas anfibias

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lunes, 04 de diciembre de 2017 · 00:59

“¡Fusil, metralla, el pueblo no se calla!”. Ese grito no les queda. Lo repiten porque no tuvieron tiempo de inventar otro. Ya lo harán. Por lo pronto, la bronca les sale por el piercing de la boca:

“¡Hijos de p…taaaa!”, grita él. -Uhhh… dicen ellos, y a continuación sueltan vivas y aplauden – ¡Fiuuuu, ehhh, uuuuuu!

Ha subido a la pequeña tarima uno de ellos, el cabello amarillo idéntico a la llama de un fósforo encendido, el cuerpo delgado, sellado con un tatuaje en el brazo, la mochila en la espalda. Ha gritado así, doblando el cuerpo, como si le doliera algo, o como cantante de rock: “¡Hijos de puta…!”. El golpe es seco, fuerte. Y eficaz.

Soy fulanito de tal, estudio Ciencias Políticas…

¡Uuuuuuh, yeahhh, esoooo!, estallan los vivas, las manos en alto, algunos se doblan igual. –¡Uuuuu!

Soy un ciudadano como cualquiera, como ustedes –dice, y dirán varios de ellos- y estoy aquí para manifestar mi desacuerdo con este gobierno que ¡nos ha mentido…! –grita y vuelve a doblarse-. Sigue: Este gobierno, compañeros, que de socialista no tiene ¡nada! pero sí de mentiroso, de ¡narcotraficante..!, con tanta corrupción, nos ha robado el voto y ahora viola la Constitución Política del Estado de mi país ¡Boliviaaaa!

“¡República, República de Bolivia…!”, gritan las chicas de atrás, como aclarando la cosa. Lo hacen de rato en rato, en coro, celulares en mano.

Estamos frente al atrio de la Universidad Mayor de San Andrés, donde un grupo de jóvenes organizados ha convocado a otros como ellos, de distintas universidades. Ellos, ellas, -Sub-30 calculo-, suben a la tarima a su turno y hablan como saben. En verdad se hablan a sí mismos como reconociéndose en terreno virgen. La calle inflamada por un asunto de interés colectivo. Digo, se dirigen a ellos, a su manada. Se dicen: “Basta de protestar solamente en las redes, en el WhatsApp, ¡y vamos a salir a las calles compañeros!”. Y el griterío es general.

 Vengo de la Unifranz, estudio Derecho. Yo vengo de la UPEA. Vengo de la UPB. Yo estudio Ciencias Políticas –otra vez-. Yo soy del Consejo de las Juventudes. Ella es fulana, ella es mengana y, de pronto, ella es la compañera que desafió al Gobierno y habló en la Vicepresidencia, ¡Carla Casas!  “¡Bravoooo!, ¡Uuuuuuu!” Y habla ella.

 Hablan todos, uno a uno, y su discurso inaugural es romper el cascarón de la pantalla del smartphone, reconocer la calle como escenario vital y compartir conciencia política para echarnos en cara que no son ningunos ignorantes. Entonces sube ella, X, pequeñita y habla señalando al monoblock de la UMSA, ese ícono de las luchas políticas de quienes hicieron posible, por ejemplo, que Evo y los suyos, y nosotros, estemos hoy aquí.

 Y es eso lo que dice con su voz de niña: “Mi papá me contó que luchó aquí, en esta misma universidad y fue reprimido. Lo hizo por conseguir esta democracia que ha costado muertos, sangre, y hoy nos quieren robar la democracia por la que estamos luchado ahora nosotros. Y no tenemos miedo. Si tengo que ir a morir con mis compañeros a la plaza ¡lo voy a hacer!, si tenemos que hacernos golpear, compañeros, ¡lo vamos a hacer!”. – “Siiiiiiii, uuuuuu, bravoooooo!”

 Pasa una señora, les lanza un insulto, comienza la silbatina, “¡ma-sis-ta!”, le gritan y se acercan como los perritos persiguiendo un pantalón para morder. La cosa dura menos de un minuto y en el micrófono quien hablaba dice cosas como “¡nosotros no somos como ellos, no insultamos, no discriminamos, nosotros tenemos dignidad!”.

 Minutos más tarde marchan y los reprimen. Prueban el gas lacrimógeno. Es su bautismo político. Y les gusta. Al día siguiente, lo volverán a hacer, más y mejor.

 En 2003, cuando los changos alteños tomaron las calles, furibundos como perros callejeros, con el empute en la sangre, hartos de tanta pobreza y discriminación, y sacaron al Goni a pedradas, los changos de hoy tenían 10, 12, 15 años y sus batallas sucedían en los tilines. Crecieron con el Evo y el internet, sin levantar la cabeza del teléfono celular. Pero no por eso estuvieron ausentes.

 Ellos son anfibios y esa es su ventaja. Se mueven allí y ahora aquí. Decidieron tomar las calles con la fuerza de sus gritos de wawas recién paridas, con ese discurso medio vegano que nos descoloca porque le falta carne. Que hacen de la protesta callejera su catarsis, que nos gritan como diciendo: aquí estamos, carajo. 

 Fueron ellos los que convocaron a las marchas de estos días de bronca nacional y lo lograron. Y los seguimos a voz en cuello, quizás mirando en ellos el futuro posible que aún somos incapaces de comprender.

Cecilia Lanza Lobo es periodista.

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