Crónicas de la india María

El hedor del miedo

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lunes, 11 de junio de 2018 · 00:07

Qué terriblemente hermoso es ver cómo los dictadores mueren sentados. 

 El entorno huele mal. Cómo no, si de pronto revienta el mal olor de aquellas entrañas enfermas de ponzoña. Pero ellos, sus acólitos, callan. Respiran el hedor. Es el hedor del miedo. Pero lo hermoso no es ver cómo ellos mueren sino la causa del horror que los mata sin que ellos sepan que acaban de morir.

 En este caso fue una muerte doble. Daniel Ortega y Rosario Chayo Murillo, sentados lado a lado, Presidente y Vicepresidenta de Nicaragua, interpretando la farsa de un diálogo nacional por la paz, luego de varios muertos en las calles ardiendo de protestas, miraban incrédulos a su verdugo, un joven estudiante de nombre Lesther Alemán, mientras el hedor de sus cuerpos alzaba vuelo. Fue insoportable. No se soportaron a sí mismos y se marcharon en silencio. No hubo diálogo. Pero el golpe fue letal. Un golpe de Estado moral, mortal.

 Del otro lado de la sala, en cambio, se respiraba adrenalina. Hay que tener agallas para agarrar al miedo como karateka y con una llave transformar ese impulso en la valentía más grande, para decirle al dictador, mirándolo de frente: que esta no es una mesa de diálogo, es una mesa para negociar su salida.

 Más aún, decirle lo que es: un asesino. Sumaban entonces 54 muertos. Hoy son 135. Dicen que luego de aquel acto de valentía, cuando el dictador y su cómplice salieron del lugar con la boca cerrada y las tripas malolientes, Lesther Alemán, de 20 años de edad, se echó a llorar. Ese miedo vencido derrama lágrimas. Suele ser impotencia, suele ser el mero hecho de saberse vivos luego de la osadía.

 Y será también el hecho de saber que acabas de matar a un mal bicho. “Me sentí un Rigoberto López Pérez”, le contó luego Lesther al periodista Martín Caparrós en una crónica del New York Times. “López Pérez fue un periodista de 25 años que, en plena dictadura del primer Somoza, Anastasio, el asesino de Sandino, se le acercó en un baile y lo mató de tres balazos. Corría septiembre de 1956”, recuerda Caparrós.

 Lesther Alemán sabe que aquel día, y sin derramar una gota de sangre, él acabó con Daniel Ortega y la Chayo cuando menos durante unos minutos y ante el mundo. Y esa es ya una victoria. Una pizca, una nada frente al dolor por los muertos. Como el primero de ellos, Darwin Urbina, trabajador de supermercado que se puso a ayudar a los universitarios y una bala le atravesó el cuello. Apareció en la morgue y la policía le sugirió a su hermana que dijera que fueron los estudiantes. 

 Miles de kilómetros más abajo en el mapa, en El Alto, los estudiantes sienten el mismo cabreo y la razón se parece demasiado. Hay allí una bomba de tiempo al compás de la impotencia porque fueron ellos mismos los que sacaron a uno y pusieron a Evo como si fuese Sandino. ¿Cómo iban a pensar que hoy Sandino iba a traicionarlos?, ¿qué virus es este, más cabrón que el Ébola, que reencarna a sandinos y bolívares viciados? No sabemos. Vemos. 

 Dice que los nicaragüenses no esperaban que lo que está sucediendo sucediera, a pesar de mal vivir aquella dictadura. Vivían la costumbre, mientras los jóvenes miraban sus teléfonos celulares con WiFi gratis en las plazas públicas, gentileza de Ortega. Hasta que la bomba estalló y Lesther Alemán hizo saber a la pareja presidencial que hay formas de morir indignas y merecidas. Y aún así les dio una oportunidad. No la tomaron ni la tomarán sino -quizás- cuando sea demasiado tarde.

 Hace poco Evo salió del estadio de Cochabamba cuando en las graderías se oía un griterío que él no quiere escuchar. Olía mal.

Cecilia Lanza Lobo es periodista.

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