Jacqueline Álvarez Rosales
Docente, humanista
jueves , 04 de agosto de 2022 - 04:06

Palabras sin pasaporte

Agosto

Agosto del 2020 fue uno de los meses más letales en Bolivia. Los dos casos de covid que se habían reportado el 10 de marzo de ese año se habían multiplicado y traducido en cientos de muertes, llevándose a seres queridos, familiares, amigos, conocidos y desconocidos. Meses horribles, año doloroso, surreal y difícil. Ningún país ni gobierno pudo manejar adecuadamente la pandemia por lo menos durante ese año.

Recuerdo, como muchos de ustedes, alarmarme al descubrir el estado del sistema de salud en Bolivia (su infraestructura precaria), preocuparme por la salud de mi familia, por el sustento de mi familia, por el encierro y por el futuro. No había día en que no leyera, esperanzada, si en algún país, algún científico iluminado, daba con la vacuna adecuada. No había visto, hasta ese momento, ese tipo de carrera de ciencia contra el tiempo, y jamás había imaginado ver cómo se enterraba colectiva, y anónimamente, a quienes nos dejaban a diario. Y todo esto pasó hace sólo dos años. Hoy seguimos en pandemia, seguimos combatiendo variantes y cepas que continúan sorprendiéndonos, y observamos con decepción personas que han convertido esta pandemia y las vacunas en temas políticos. No mucho se ha avanzado en cuanto a la infraestructura.

La tragedia en Bolivia no sólo se tradujo el 2020 (ni se traduce) en un aspecto de emergencia de salud pública, sino de división política. Recuerdo la carencia de tanques de oxígeno, la imposibilidad de poderlas pasar de ciudad a ciudad debido a bloqueos de caminos y de marchas, y pensé con mucha frustración que estos bloqueos en plena pandemia sólo podían ocurrir en un país dividido y en una sociedad que daba poco valor a la vida humana y mucha valía al uso político y abusivo de sus ciudadanos. Recuerdo también la carencia de salas de emergencia, de terapia intensiva, de medicamentos (y a quienes lucraron aprovechando la desesperación de una mayoría), y recuerdo, como si se tratara de una pesadilla, los avisos necrológicos sin fin, los anuncios de búsqueda de plasma y medicamentos en redes sociales. Lo recuerdo bien porque perdí a mi papá un 5 de agosto, un día antes del aniversario de mi Bolivia tan lejana. Ese 6 de agosto, en vez de recibir la llamada de mi papá preguntándome cómo celebraría fecha tan respetada y querida, lo que cocinaría y qué música nacional escucharía, la pasé vacía y huérfana de padre y de país.

Agosto es, para la cultura andina, un mes de trabajo, de sacrificios y de siembra, es el mes de la madre tierra, mes en que se la alimenta para que luego dé frutos. Guamán Poma de Ayala escribe en su Nueva Corónica y Buen Gobierno que es también mes de trabajo colectivo y de conexión comunitaria. Después de una tragedia como la que vivimos en el 2020 y en el 2021, y que seguimos viviendo ya no como tragedia sino como sociedad todavía vulnerable, me pregunto si nuestro sentido de comunidad se ha fortalecido o si prevalece este afán divisorio y polarizado. No deseo parecer idealista al hablar de un sentido de comunidad, pero después de períodos tan crítico como los que atravesamos y seguimos atravesando, es necesaria una mayor unidad, un menor interés partidista e individualista, una mayor empatía y mayor sentido de colaboración y de responsabilidad por parte de quienes nos gobiernan.

No escuché el informe presidencial el pasado año, pero pienso hacerlo este año, esperanzada en no recibir informes que hablen de economías y desarrollos que no vemos, sino de realidades tangibles: de hospitales en crecimiento, de una infraestructura necesaria y adecuada para la educación de las generaciones jóvenes, de mejores salarios a maestros preparados y comprometidos con la educación (no a funcionarios públicos), a personal del sistema de salud y a trabajadores que sí son vitales para el funcionamiento no burocrático del país. Guardo también esperanza en ver mayores puestos de trabajo (aunque la recesión sea ahora un problema mundial) y menos gente en el sector informal. Tengo fe en ver mayor seguridad ciudadana y menos violencia contra sus miembros más frágiles, es decir sus niños, que son primeras víctimas de la pobreza y de cualquier sociedad que se va deshumanizando.

Bolivia es un país maravilloso, generoso con su riqueza, con gente en su mayoría colaboradora y trabajadora. Nuestro país merece buenos gobernantes, administradores de la talla de su historia y de sus habitantes, que no nos dividan, pero que creen un sentido de comunidad, de trabajo honesto, de aceptación y de pertenencia orgullosa. En este 6 de agosto saludo a mi hermosa y cercana Bolivia (pese a los 6 mil y más kilómetros de distancia) y pido por un futuro que enorgullezca y cobije con estabilidad a todas sus generaciones.

Nuestro país
merece buenos gobernantes, administradores de la talla de su historia y de sus habitantes
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