Carlos Toranzo Roca
Economista
miércoles , 10 de agosto de 2022 - 04:05

Pluri_multi

Algunos recuerdos de René Zavaleta

Me visitó Álvaro Zavaleta, quiere hacer un video sobre su padre, lo llamaría El Alma de René. Nada de teoría ni de abigarrados, sino recuerdos humanos. Con ese pretexto, recupero lo siguiente: En 1992, a ocho años de la muerte de René escribí algo sobre él, sobre todo para recuperar algunos de sus ángulos humanos, el texto El cholo Zavaleta, y decía: “Ya pues Nacho, cantamela (así bolivianamente, sin acento) esita, que más o menos dice así: En el Puente de la Villa, hice un juramento, defender al Movimiento, en todo momento...”. Y en efecto, Nacho tocaba el charango y de modo inmediato una voz gruesa, casi gutural, paradigmáticamente altiplánica, salía no sé de qué profundidades para cantar, para exorcizar o, seguramente, para recordar un acto constitutivo suyo que tenía por testigo a los acordes de “En el Puente de la Villa”.

Si había algún extranjero en medio, –y, claro está que los había muchos, porque mi recuerdo viene de México-, poco podían entender de esa voz que parecía salir de una piedra áspera, de una roca dura y sin tallar, de esa voz que por estar plagada de eses se parecía al viento mismo.

Pero, lo que ésos entendían menos eran las lágrimas y el llanto de Zavaleta que era el telón de fondo del canto y el acompañamiento del charango; ni los extranjeros ni los jóvenes que estaban en derredor podían descifrar el sufrimiento de ése que, en ese instante, se iba perfilando, o era ya, uno de los pensadores marxistas más lúcidos del país. A los amigos y/o llock’allas que estábamos de acompañamiento o de testigos de esas lágrimas se nos venían a la mente muchas preguntas, quizás muy simplificadas porque así elemental y reduccionista era el entorno político de la época; pero paralelamente nos brotaba una verificación que daba respuesta a todas nuestras interrogantes, una constatación que probablemente muchos no querían admitir.

Las preguntas o sorpresas radicaban en tratar de entender -y así eran las simplificaciones o cuestiones de esos tiempos- cómo Zavaleta podía articular los Grundrisse con el “Puente de la Villa”; o cómo podía conectar al Movimiento, al MNR del 52, con Weber. De modo más general, cómo era capaz de olvidar por un instante –y lo que era más grave-, en su momento más íntimo a Marx, Lenin y otros clásicos del marxismo, y sustituirlos por las figuras o las remembranzas de Villarroel, de Almaraz o del propio Dr. Paz Estenssoro. Pero, ante todo poner por delante a los kh’estis, a la multitud, a la masa de mestizos y de cholos y de obreros que habían hecho posible el 52 y que, en el fondo de su corazón, seguían siendo movimientistas o, más profundamente que eso, nacional populares.

Esas preguntas quizás fueron respondidas siempre por las lágrimas de Zavaleta, y por su voz aguardentosa surgida del subconsciente que seguía pidiendo” Cantate (de nuevo sin acento) otra vez más “en el Puente de la Villa”... Esas interrogantes tal vez siempre quedaron aclaradas cuando ese Zavaleta de voz ronca no se reclamaba como oligarca, cuando no buscaba adornar su apellido con blasones de la alta alcurnia, como es el clásico ejercicio amigable e íntimo del señorialismo boliviano. Todo eso quedaba cristalino cuando el vino, la cerveza, el whisky, el brandy o el pisco, todo mezclado por la mano de Zavaleta, servido como en presterío, con ch’alla y todo, lo conducían a sacar su pañuelo y “bailarse” con nosotros una cuequita en cuyo “aro, aro”, después del seco tradicional, venía el abrazo efusivo, (con una gruesa voz que salía de su propia ama) confesando: “Está claro, ¿no? Nosotros somos nacional populares”.

Ni el azoro de sus amigos “bien”, de los cuales siempre estaba poblada su casa, ni el regaño de su esposa uruguaya, podían frenar ese ritual de su reconocimiento como nacional popular. Como tampoco eran capaces de impedir los festejos que darían continuidad a la confesión.

Los amigos high, y otros que no lo éramos, ni lo somos, teníamos que salir de su casa, organizar nuestra propia “entrada” por las calles mexicanas, para ir bailando desde Coyoacan hasta Ciudad Universitaria, para ir ensayando nuestros mejores pasos de cuanta diablada y morenada nos llegaba a la memoria. Eso eran los años 70, los tiempos del exilio en que la nostalgia convocaba a cantar o bailar música boliviana; pero, las “entradas” organizadas por Zavaleta no respondían al dolor del exilio, sino a una reafirmación del color de su piel, a la remembranza de su Abril constitutivo, a un reconocimiento de su alma nacional popular; pero, ante todo, una testificación del cholo que tenía por dentro y por fuera.

Eso eran
los años 70, los tiempos del exilio en que la nostalgia convocaba a cantar o bailar música boliviana.
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