Pablo Mendieta Paz
Músico y escritor
lunes , 05 de septiembre de 2022 - 04:01

Canciones para Raísa

Plenamente consciente del inevitable impulso emancipador de los países satélites de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, a pesar de la autoridad férrea y sin oposición del Partido Comunista, fue, desde muy temprano, una voz disonante en la represión militar a Budapest en 1956 (el otoño húngaro). Luego, a partir de la Primavera de Praga, un vínculo de libertad política y protesta multitudinaria alentado por el Primer Secretario del Partido Comunista de la Checoslovaquia de entonces, el reformista Alexander Dubcek, Gorbachev percibió, oponiendo reparo a los altos designios del sistema de gobierno, que aquellos intentos de cambio podían ser decisivos a la hora de una transformación de la URSS. Pero más pesó el poder enorme, desmesurado de los jerarcas del Kremlin, que finalmente determinó la invasión de ese país, ignominiosamente aplastado por los tanques de la Unión Soviética y de otros miembros del Pacto de Varsovia. Desde 1968 hasta 1989, las tropas prolongaron el entero control de Checoslovaquia, “hasta que la Revolución de Terciopelo acabó con el régimen comunista, abrió el camino de la democracia, y las últimas tropas soviéticas abandonaron esa nación en 1989”.

Pese a todo, Gorbachov, eterno admirador de Vladímir Ilich Uliánov –Lenin-, jamás dejó de lado la convocatoria a honrar el comunismo y de exaltar a ese dios de todos; pero, por otra parte, no podía aprobar aquellas extremas y drásticas ocupaciones. Aun en la cruda realidad de que aquellos países siguieran anexados a la Unión Soviética, y de que el comunismo decadente pudiera resurgir, ya en su investidura de presidente él perseguía, según explica el politólogo Jean-Sylvestre Mongrenier, una salvación del enclenque comunismo “introduciendo el corporalismo, el voluntarismo y el cumplimiento de un nuevo tratado de federación”, a fin de que aquellos gozaran de una relativa emancipación “próxima a la URSS”. La negativa de los altos mandos militares a este esquema político precipitó las fórmulas de cambio. Fue entonces cuando Gorbachov dedicó su atención en ejecutar las dos grandes reformas que se agitaban en su horizonte: 1) La Perestroika (reconstrucción en ruso), medida de expansión económica al mercado internacional y la libertad de empresa; y 2) La Glásnost (apertura, transparencia o franqueza en ruso), que básicamente fue la potestad que los medios de comunicación tendrían, o ejercerían, para gozar libre e irrestrictamente al derecho de crítica al gobierno.

Gorbachov jugó bien sus cartas. En 1987, firmó con Ronald Reagan uno de los tratados de desarme más importantes de la Guerra Fría; propició en 1989 la caída pacífica del Muro de Berlín, y recibió el Premio Nobel de La Paz en 1990. Si bien muchos hechos o aspectos relacionados con la caída de la URSS no salieron a la luz pública, cabe recordar que los generales sublevados al nuevo orden, de voz dura y actitud amenazadora y violenta, asestaron, o intentaron dar el denominado Golpe de Agosto de 1991, cuya duración de tres días acabó en fracaso.

En ese conato, “retenido como rehén en su dacha (casa de campo) de Crimea, Gorbachov se hallaba desesperado pues no sería liberado, ni tendría contacto con el exterior a menos que aceptara renunciar”. En el cuarto contiguo, Raísa, su esposa, se hallaba secuestrada con un crítico episodio de hipertensión arterial. Paseando de un lado a otro de la habitación donde se hallaba arrestado, como si de una prisión preventiva se tratara, el líder detuvo la mirada en unos discos de música clásica que se hallaban en el estante, y se fijó especialmente en uno. Se trataba de una sinfonía. Un detalle que más adelante sería significativo.

Sobre esto último, la sensibilidad de Gorbachev era manifiesta, tan distante de la idiosincrasia de sus antecesores, como la de Brézhnev y círculos cercanos de la Nomenklatura que, ocupados solo en la defensa del sistema como única razón de vida, no tenían otra frontera que no fuese elevar al comunismo a un espacio de poder tal que echara leña al fuego de una Guerra Fría de límites insospechados. Cuentan los biógrafos de Gorbachov que “cuatro meses después del fallido alzamiento de los viejos generales, en una de sus últimas tardes en el cargo del Kremlin, se anotició de que esa noche se tocaría en Moscú la sinfonía cuya tapa había visto en los anaqueles de aquella habitación de su dacha: la quinta sinfonía de Mahler, dirigida por el maestro Claudio Abbado. Tuve la sensación, escribió Gorbachov, de que la música de Mahler de alguna manera tocó nuestra situación. Raísa, apercibida por su esposo acerca del disco que había visto aquel aciago día, le había dicho a Abbado: Esta música me ha conmovido. Como un llamado, he sido sacudida por ella. Claudio Abbado recordó la conversación como un momento en que tocó la historia.”

Con la viva evocación de aquel feliz suceso, en el año 2003 Gorbachev recibió el premio Grammy por haber prestado su voz, “no como cantante, sino como narrador, en una adaptación de Pedro y el lobo del compositor ruso Serguéi Prokófiev”. A partir de esos pasajes artísticos de su vida, el exlíder soviético probó suerte con la música, y en 2009 grabó un disco de canciones de amor en homenaje a la mujer de su vida, su esposa Raísa, quien murió de leucemia en 1999. Grabado con el propósito de recaudar fondos para la investigación del cáncer, el disco, con la voz de Mijaíl Gorbachev, contiene siete baladas a las cuales acompaña en la guitarra el músico ruso Andrey Makarevich, “fundador de la banda de rock más antigua de Rusia, Mashina Vremeni”.

La banda británica de rock, The Shamen, grabó en 1989 el álbum In Gorbachev We Trust (En Gorbachev confiamos). Hoy damos la razón a The Shames, pues el terremoto geopolítico y derrumbe de la URSS que impulsó este abogado, político y estadista nacido en el municipio de Privólnoie, dio fin –y se pensó que para siempre- con el sistema imperante en la URSS, y con la Guerra Fría y sus imprevisibles consecuencias. Pero la nostalgia siempre ha estado latente en añoranza de la corriente política que dominó a la Unión Soviética (oprobiosa para unos, honrosa para otros). El mundo es hoy testigo de la brutal y sangrienta ofensiva contra Ucrania del glacial exagente de la KGB y presidente de Rusia, Vladimir Putin, quien jamás podrá descolgar de su cerebro la brillantez de un visionario y transformador del mundo como fue Mijaíl Gorbachov; ni tampoco –que valga la puntualización artística- podrán salir de su carácter acordes que llenen su vida, como así experimentó en faceta muy íntima el afectuoso expresidente de la URSS al grabar, con amor por su esposa, las Canciones para Raísa.

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