Julio Ríos Calderón
Escritor y consultor
jueves , 25 de agosto de 2022 - 04:03

El anciano en tiempos de la Covid

No es justo ni noble descartar a los ancianos, es pecado. Adulto mayor seremos nosotros, dentro de poco, o de mucho. Una antigua oración encontrada en un monasterio de Baltimore, Maryland, reza: “Acata dócilmente el consejo de los años, abandonando con donaire las cosas de la juventud”.

El 26 de agosto de cada año se recuerda el Día del Adulto Mayor en Bolivia, fecha de la dignidad. Fue instituida mediante Decreto Supremo del 17 de diciembre de 1948 y ratificada por los gobernantes bolivianos.

Nuestros abuelos nos enseñaron que uno, al hacerse viejo, tiende a considerar los fenómenos morales, los extravíos y degeneraciones de los hombres y de los pueblos como caprichos de la naturaleza. Queda así el consuelo de que después de cada catástrofe vuelven a brotar la hierba y las flores, y que tras de cada aberración los pueblos recuperan sentimientos morales que parecen comportar, pese a todo, una cierta normativa y estabilidad.

Cuando se llega a la cima de la vida, desde donde se contempla una trayectoria personal conformada por caídas y triunfos, puede reclamar un derecho, el del respeto de los demás. El ser honrado es la corona de la ancianidad.

En el joven hay algo de anciano, y en el anciano hay algo de la juventud. Nada hay más agradable que una ancianidad rodeada por las inquietudes de la juventud. Pero terminada la juventud, la naturaleza de la edad permite convertirse en sabios, porque todo lo saben, pero ya no lo pueden hacer.

Si la sobrevivencia es un esfuerzo poco humano, ¿qué se podría decir de la alegría? De cuando en cuando los ancianos dan un aullido lastimero o enseñan los dientes a las personas que pasan por su lado, cuando forman largas colas para cobrar sus rentas; les parece que todas las cosas hacen un camino rendido bajo el fardo de su destino, y que ninguno tiene el suficiente vigor para danzar con ellos sobre los hombros.

Podemos observar que, pese al declinar de las fuerzas y facultades, hay una vida que sigue creciendo y complicando cada año la infinita red de sus relaciones y engarces. Mientras se mantiene despierta la memoria, nada se pierde del pasado ni de lo transitorio. Se expresa que la vejez es la edad del atardecer, pero hay ocasos que todos se paran para mirar.

¿Qué sería de quienes llevan un cuerpo gastado si no fuesen poseedores de ese libro ilustrado que es el recuerdo de lo vivido, y con lo que se sienten ricos? De viejo es cuando se ve por primera vez lo rara que es la belleza y el milagro que supone que crezcan flores entre las fábricas, y que entre los periódicos y los papeles haya también poesías.

En esta realidad se presenta el anciano de las calles, que bordean los límites de lo indigno, descansando sobre unos hombros que muchos sobrellevan y que presentan la figura de otro longevo.

A la distancia parece asomar aquella juventud que evoca cada esquina del ayer inalcanzable. El recuerdo agiganta su vitalidad, y cuando la mente permite volver a la niñez o a la adolescencia, la evocación suma horas y días en silencio, en los que se rememora la pasada juventud bañada de sol en el claro invierno.

Los ancianos y ancianas conocen los resabios de las sociedades que se fueron extinguiendo en diferentes ciudades. También han sido testigos del esplendor económico que permitió el mantenimiento de ciudades atractivas y hospitalarias. Han vivido hazañas políticas y procesos democráticos de diferente índole.

Conocieron el esplendor de las épocas de antaño. Contemplaron con ojos admirados cómo el asfalto se volcaba sobre calles pedregosas para darles aspecto de ciudades modernas. Algunos asistieron a la Guerra del Chaco y repiten sin tregua cuánto hicieron por la patria, y cómo ésta solo los recuerda una vez al año, en oportunidades cívicas que ellos viven como los últimos pasos de un camino largo y sin retorno.

Su jubilación, en la mayoría de ellos, asoma injustamente paupérrima. Son montos de dinero miserables; ellos no tienen derecho al “electoral” beneficio del “doble aguinaldo”. Tampoco a los aumentos salariales decretados en porcentajes.

En la visión internacional, las Naciones Unidas en 1992, definió los principios más importantes a favor de las personas mayores, como tener independencia, participación, cuidados, autorrealización y dignidad de una vida plena.

La vejez es consecuencia de un proceso biológico ineludible que afecta a todo ser humano y que no comienza en ningún momento específico, sino que sucede a lo largo de toda la vida.

Se les debe un merecido agradecimiento a todos los adultos mayores, depositarios de nuestros saberes ancestrales, nuestra memoria como Estado, como cultura, como colectividad, siempre creciente y autocrítica en un mundo cambiante que exige siempre la mirada que contempla, recuerda y espera su sabio consejo y guía.

Terminada la
juventud, la naturaleza de la edad permite convertirse en sabios, porque todo lo saben, pero ya no lo pueden hacer.
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