Hernán Cabrera M.
Periodista y Licenciado en Filosofía
jueves , 08 de septiembre de 2022 - 04:03

Yañee

El arte de vivir en pandemia y en crisis

No te detengas en la lectura, ni te escapes. No se trata de una guía de autosuperación ni cántico espiritual, ni una oración de algún apóstol, ni homilía católica. Se trata de algo sencillo, poderoso y profundo que ya el emperador romano Marco Aurelio, con tantos problemas que tenía, con todo el poder político y económico que atesoraba, se refugiaba en la sabiduría:

“El tiempo de la vida humana no es más que un punto, y su sustancia un flujo, y sus percepciones torpes, y la composición del cuerpo corruptible, y el alma un torbellino, y la fortuna inescrutable, y la fama algo sin sentido... ¿Qué puede pues guiar a un hombre? Una única cosa, la filosofía”.

Si mi estimado lector, frente a tantos problemas que atraviesas, incluso reniegas de tu propia existencia y de tu país o de cosas sencillas como el caótico tráfico vehicular de tu ciudad, o los bloqueos, marchas y los enormes casos de corrupción, además de esta severa pandemia sanitaria que ha golpeado a casi todas las familias, a tus náuseas por la vida, el camino está en tu interior y a tu lado. Solo tienes que animarte a emprender la ruta. Es el arte de vivir.

El arte de vivir es la respuesta, aquella gran respuesta que ahora necesitamos frente a tanta, pero tanta crisis que todos vivimos: crisis de la existencia, económica, de identidad, emocional, de salud, familiar; en fin, crisis, al fin y al cabo. ¿La vida necesita de un arte para sobrellevarla, para existirla, para proyectarla? ¿Acaso no basta con vivir y se alcanza el cielo o el infierno? ¿Vale la pena la vida en medio de las enfermedades, las pestes, las angustias, la náusea, la oscuridad? ¿La vida es encerrarse en una burbuja y no sentir y sufrir la realidad? Pese a todas las adversidades, claro que vale la pena la vida. Es un sí que se haga escuchar en todos los rincones de este país.

Esta es la solución, el arte de vivir de manera filosófica, de la mano de los pensadores griegos, de la Edad Media, de la modernidad y los contemporáneos. Ellos, cuyas lecturas y escrituras nos legaron enormes depósitos de esperanzas, sueños, fe, proyectos, amares, encuentros, lucha, una permanente búsqueda de la felicidad. No otra cosa significa Ulises, el héroe griego testarudo que no le importó obstáculo alguno, —enfermo, debilitado, sano, moribundo— llegó a superar a todos con el solo objetivo de regresar a su amada Penélope y a su hermosa tierra. ¿Cuántos Ulises existen hoy en día? Pues, bien, convirtámonos en Ulises para romper con cada una de las barreras que tenemos por delante, tanto las propias como las externas. Por eso escribió Homero: “Infundió fuerza a su coraje”; “despertó su ardor y coraje”; “un fuerte ardor hinchaba sus narices”; “hervía su sangre”. Con arengas como éstas no hay dolores de cabeza, ni de estómago, ni de los huesos para repetir la hazaña del griego Ulises. Ulises alcanzó su gran objetivo y tuvo que enfrentar demonios, bestias, océanos, brujerías, traiciones, muertes, enfermedades, etc.

La enfermedad está en su mente, en su estado de ánimo, en su voluntad, que muchas veces no la tiene. La modernidad nos ha empujado a hacer de todo y consumir de todo. Hay algo que lo corroe y lo quiere podrir por dentro y así no tenga las suficientes fuerzas y el aliento para mirar de frente, caminar, volar y trascender. No se deje vencer, no permita que el miedo contamine su sangre y los latidos de su corazón. Que la náusea no lo domine y acepte todo como venga. Supere a su enfermedad, ojo que esto no quiere decir que se abandone en los brazos de la señora muerte y que su esposa e hijos carguen con toda la responsabilidad y las deudas. Es algo más, inmenso, propio y altamente gratificante. Verá que lo puede hacer.

Fernando Savater, filósofo español, señala que hay dos clases de enfermos, el real y el ideológico, ambos reclaman atención y urgente tratamiento. El primero quiere que lo curen a él y hace todo para ello; el segundo reclama la curación de la sociedad. En definitiva, a ambos hay que dedicarles especial observación y cuidados. En ambos estamos representados todos, los hombres y mujeres de esta sociedad, de este país, de este mundo.

El pensador japonés, Daisaku Ikeda, alertaba que, aunque un ser humano quiera seguir los nobles sentimientos, siempre tiene al frente oscuros y egoístas intereses; por ello, debe construirse un “estado de vida más elevado”, precisamente ese es el gran reto que cada uno de nosotros tenemos por delante, pero no se trata de vivir en las nubes, ni estar encerrado en alguna iglesia.

El arte de vivir es una opción de vida para forjar nuestros destinos, bajo los mantos de la bondad, la solidaridad, la justicia, la tolerancia, el respeto y la dignidad.

Así como el capitán Harb le infundía coraje a sus marineros tras la caza de Moby Dick, así debemos afrontar estas contradicciones del diario vivir: valentía y ser artífices de nuestra propia aventura.

El arte
de vivir es la respuesta, aquella gran respuesta que ahora necesitamos frente a tanta, pero tanta crisis
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