Alberto Bonadona Cossío
Economista
sábado , 24 de septiembre de 2022 - 04:05

Economía de papel

El FMI y su Artículo IV

Decir que toda persona tiene un sesgo es un lugar común. Se sabe que todos miran los hechos, las cifras, con unas gafas de sol, para regular o empeorar la miopía o exagerar la presbicia. También las instituciones multilaterales, como el FMI, tienen su propio sesgo. Estos sesgos provienen de cómo ve la economía y sus componentes, o de cómo la quiere ver. El FMI posee una visión ortodoxa de la economía en la que predomina una concepción del mercado como un excelente y justo distribuidor de recursos. En los últimos decenios ha incluido una particular atención a los niveles de pobreza que exhiben países como Bolivia.

No dudo que su preocupación por los pobres es genuina. También tengo buenos amigos y colegas que, siendo fundamentalistas del mecanismo de mercado, honestamente dicen que les afecta ver gente que sufre de miseria, hambre, falta de vivienda y otros males que acarrea la pobreza. No obstante esperan que todos esos males sean resueltos en el tiempo, en la medida que la economía crezca y logre, como lo ha estado haciendo por más de un siglo, sacar a mucha gente de la pobreza. Es parte, para estas personas, naturales y jurídicas, del devenir del capitalismo.

Entonces que el informe del FMI, que responde a las consultas que anualmente realiza en todos sus países miembros y se refiere como Artículo IV, contenga algunos comentarios a los alivios a la pobreza, no debe sorprender a nadie. Particularmente, en esta época COVID, realiza comentarios similares para todos los países de cómo enfrentaron la pandemia y sus secuelas en el grado de pobreza. Igual hace para Bolivia. Ahora, añade algún comentario sobre los efectos de la guerra de Ucrania. Es parte de la necesaria sensibilidad ante las desdichas humanas.

Pero, la ortodoxia económica no puede ir más allá. Debe mostrarse de cuerpo entero; las apreciaciones de lo que ocurre en la economía se derivan de lo que los manuales teóricos apuntan. Así, las recomendaciones se orientan a la “restauración de la sostenibilidad macro” y, por supuesto, se debe reducir el déficit fiscal primario en torno al 1,5% del PIB “por medio de un plan creíble de mediano plazo”. La disminución de los gastos fiscales debe eliminar el pago del segundo aguinaldo (ellos ya saben algo que el resto no conoce). También recomienda, entre un rosario de recomendaciones, ampliar el número de personas que paguen impuestos reduciendo gradualmente la informalidad, disminuir gradualmente los subsidios. También sugiere la “adopción de una tasa de cambio flexible conjuntamente un marco monetario que establezca metas inflacionarias que sustancialmente aumenten la resiliencia a los shocks del mercado”.

Estas recomendaciones las oigo de muchos economistas nacionales y me pregunto si realmente, el FMI y estos colegas, creen que se pueden ejecutar sin condiciones previas. Por ejemplo, flexibilizar el tipo de cambio, exige que la gente clame por la medida resultado de un proceso inflacionario. O sea, primero, el gobierno desataría una inflación (sin enunciados de metas inflacionarias de un mercado resiliente) al dar gusto a todas las exigencias sectoriales, como por ejemplo, aumentos salariales, mejoras de las jubilaciones, y otras. Al cabo de este proceso, la deuda interna que se encuentra en moneda nacional en más de un 90% se reduciría y el Estado estaría aliviado de esa carga, los trabajadores soportarían la eliminación de subvenciones; salarios y pensiones serían miserables respecto a su poder adquisitivo. Con certeza el número de trabajadores informales habrá crecido y los niveles de pobreza, ahora resaltados por el FMI, serían objeto de lástima y sugerencias a que se disminuyan. Por supuesto, el déficit fiscal también habrá disminuido.

Estoy en contra de esta ortodoxia. Ya otros países la probaron y Bolivia también. Prefiero mirar el vaso medio lleno. Este año las exportaciones pueden romper el récord de 2014 y alcanzar los 14.000 millones de dólares (sobre esta base se deberían buscar medios tributarios y de otra índole para que aumenten las reservas). Sin embargo, las reservas internacionales se están recuperando lentamente, no cabe duda; entre el 9 y el 12 de septiembre subieron 542 millones. El PIB sigue creciendo. Para aumentar las reservas en el BCB, el gobierno puede comprar dólares al precio que las casas de cambio lo hacen, solo tendrá que imitarlas: no pedir CI y pagar el precio del mercado. También puede emitir bonos en dólares con una tasa de interés de mercado interno. Una subida de reservas mayores a lo ya alcanzado genera confianza en el público y contribuye a no tomar las recetas nauseabundas del FMI. Ya algún momento la economía crecerá como debe hacerlo para hacer desaparecer la informalidad y luchar contra el contrabando con medidas que aumentan la producción y no jugando con paliativos.

Ya otros
países la probaron y Bolivia también. Prefiero mirar el vaso medio lleno.
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