Julio Ríos Calderón
Escritor y consultor
lunes , 06 de junio de 2022 - 04:00

El maestro en tiempos de la Covid

Vivimos una aciaga pandemia. La tierra nos ha sido prestada. Mañana deberemos entregarla a nuestros hijos y a sus hijos. El futuro debe prevalecer sobre lo inmediato. A pesar de la corrupción, de la violencia, del desmedido interés individual, alguien –entre todas las opciones vitales– es capaz de elegir enseñar.

El 6 de junio, Bolivia celebra “El día del Maestro”. Serlo es un acto de fe. Fe en la posibilidad de cambiar el mundo educando, fe en el individuo, fe en la supremacía de la riqueza intelectual.

Antes de venir a la Tierra, Jesús vivía en el cielo con Dios. Por eso fue tan diferente a los demás hombres, porque fue el único que vivió en el cielo antes de nacer en la Tierra. En el cielo, Jesús había sido un buen hijo que escuchaba a su Padre. Pudo enseñar a los seres humanos lo que había aprendido de Dios. Si nosotros escuchamos a nuestros padres, estaremos imitando el ejemplo de Jesús.

Un maestro es un soñador, por creer, más allá de ésta época frívola y escéptica, creer en el espíritu del hombre. Y creer que algún día, al final del camino, podremos entregarle esa antorcha a un discípulo, que es otro soñador.

La educación en Bolivia asoma herida. No es por falta de maestros, ni por la imposición del recurso digital. El aula es un celular, una computadora. Quien enseña continúa su noble propósito. Pero el Estado entrevera indiferencia, obstaculiza la enseñanza, provoca malestar en los estratos universitarios.

¿Dónde mora el viejo profesor? Aquel de nombre Roberto Prudencio, un educador original desde sus gestos, su modo de accionar las manos, su forma de hablar, su manera de escucharse y hasta su modo de respirar. Mi padre lo testimonió como alguien que no se parecía a nadie. Conversar con él era fascinante. Escucharle, contemplarlo en su estatura pequeña, en su conformación craneal dolicocefalica que tenía forma de huevo; en su mentón que clavaba caprichosamente en la pechuga, cual rara avis; en su bigote ya gris, en su cejas espesas, en su nariz recta y grande y en la batalla que libraban la calvicie y la canicie sobre su hermosa cabeza avasallada de información.

Todo ser que se inclina por la docencia sabe que es una generosa actividad de servicio. El maestro es el que guía al estudiante en el proceso de aprendizaje. Toma en cuenta sus conocimientos previos, puntos de vista e intereses. Además, no deja de lado la parte afectiva hacia el estudiante. Tiene en cuenta sus valores, ayudándolo a mejorarlos o a construir unos nuevos y mejores para hacer de él una persona con ética profesional y útil para la sociedad.

El Día del Maestro es sinónimo del día del apóstol. La enseñanza, la educación es una necesidad pública, una responsabilidad del Estado, que el gobierno debe impulsar. Dar ejemplo con la educación y no con el odio. Es una fecha exclusiva, para elogiar un oficio en el que el don de enseñar se une para destacar la trascendencia de todo mentor de la educación en el progreso de un país, que arranca con la preparación intelectual del alumno.

Todos hacen un alto en sus labores habituales para fructificar un meritorio cumplido al capacitado, porque se lo refiere como al principal personaje del gran cambio. La lucha de todo maestro descansa en la meta de alcanzar un propósito cardinal en la ilustración. La escuela, la universidad, son una continuidad de nuestro hogar. La segunda casa de niños y jóvenes. El vínculo que se crea entre el alumno y el maestro.

Además de enseñar contenidos académicos, el maestro prepara a los estudiantes y les imbuye valores. Ayuda con su ejemplo a ilustrar y crear mejores personas. Un maestro puede cambiar por completo el ambiente de un salón de clases, convirtiéndose en un modelo a seguir por los estudiantes. Se recuerda en esta circunstancia lo que hicieron los maestros en todos los tiempos. Hoy en día, siempre en pos de la actualización, hacen uso de la tecnología actual, que permite un desarrollo integral de los alumnos.

Es un héroe, como lo fue el Maestro Roberto Prudencio, un boliviano genial a quien millares de brazos debería retenerlo en el recuerdo, para que podamos, con afecto, sanar las heridas que le causaron quienes un día consideraron a la inteligencia, como un delito contra la seguridad el Estado.

Fe en
la posibilidad de cambiar el mundo educando, fe en el individuo, fe en la supremacía de la riqueza intelectual.
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