Raúl Pino-Ichazo Terrazas
Abogado corporativo, con postgrados en Derecho Aeronáutico, Arbitraje y Conciliación, Interculturalidad y Educación Superior, Filosofía y Ciencia Política.
sábado , 06 de agosto de 2022 - 04:02

El narcotráfico y los radares

A un problema endémico, desgarrador y destructurador de las sociedades en todos sus estratos sin excepción, solo son valederas medidas disruptivas; una de ellas era la instalación de una moderna y densa red de radares adquiridos a un considerable precio, pese a otras ofertas de industria también de prestigio y, sin embargo, del esfuerzo económico de la inversión siguen sin funcionamiento pleno. Otra medida disruptiva con estos radares era el control minucioso del espacio aéreo boliviano, pues ya no surgirían zonas negras de difícil capitación como sucedía antes por la orografía del país; aquí la colaboración de la Agencia Boliviana Espacial con el satélite es determinante para un impecable seguimiento a todo avión que utilice el espacio aéreo.

Otra medida disruptiva, como último extremo, para evitar esta sospechosa dilación, es la convocatoria a los técnicos de la compañía fabricante para su definitiva instalación; de esta forma sabremos la verdad pues es un tercero no interesado; siendo este gasto rentable antes que los radares se oxiden.

¿Por qué medidas disruptivas? Porque los narcotraficantes y su tenebrosa red comercialización responden a un plan preconcebido y estudiado, consistente en el conocimiento de las más de 300 pistas clandestinas que nadie quiere controlar pese a existir instituciones fiscalizadoras bien remuneradas que asumen una asepsia de Pilatos desde antiguo, además, conocen perfectamente los estratos sociales más vulnerables, como son la niñez y la juventud para arremeter con malévola fuerza persuasiva para doblegar la voluntad de los mencionados estratos sociales y transformarlos en adictos perennes, obteniendo con ello el consumo permanente del veneno que distribuyen; de esta forma se enriquecen súbitamente condenando a los convencidos a una vida sin esperanza, totalmente derrotados y sometidos a la droga sin solución de continuidad y a la búsqueda de dinero para adquirir droga, acción que puede conducirlos a convertirse a sí mismos en delincuentes.

Entonces ¿Estos destructores de la vida poseen conciencia moral? Primero se debe conocer el concepto de conciencia moral que en su sentido lato significa la capacidad del espíritu humano para conocer los valores, preceptos (ordenamiento jurídico vigente) y las leyes morales. Así como los narcotraficantes no poseen conciencia moral tampoco nuestras autoridades que no preservan a la juventud boliviana y a toda la población con un control realmente excepcional, además la Fuerza Aérea dispone del dispositivo de la interceptación de aeronaves e inclusive derribarlas si no obedecen a sus instrucciones.

En la Asamblea de la OACI celebrada en Chicago en 1.984 se aprueba la enmienda al Convenio de Chicago y se introduce el articulo tercero que contiene las normas con cinco partes dispositivas para interceptar aeronaves., lo que infiere que no hay persecución legal para los pilotos que cumplen su obligación de interceptar aeronaves y hasta derribarlas con la consecuente muerte para los ocupantes.

La conciencia moral es aquella autoridad interior que se manifiesta a todos los seres humanos de manera enteramente personal y además forzosamente perceptible sobre lo que debe hacer o no hacer, y emite su juicio antes de la acción y, ¿cómo emite su juicio? con voz avisadora, prohibitoria, preceptiva o permisoria y con voz laudatoria y condenatoria (remordimiento) después de la acción.

Todo este maravilloso proceso interno que se genera indefectiblemente en todo ser humano, por lo cual nadie puede alegar que no posee conciencia moral y menos puede aplacar su voz o simplemente ignorarla: el proceso se presenta con fuerza a todo ser humano sin importar el nivel de ascenso cultural.

¿Por qué pese a ello siguen delinquiendo? Por la fuerza invencible de su codicia y el pretendido desconocimiento de los valores de toda sociedad, que los hace delinquir a pesar de su conciencia moral que por lo menos los atormenta con constante e incesante remordimiento, que a opinión de este columnista es el impresionante testimonio de la fuerza de la conciencia; una situación de constante angustia interna que su propio espíritu detesta por el pesar agobiante de sus malas acciones, aunque pretendan vivir una vida placentera; placentera sí en lo económico y en el dispendio descontrolado en gastos y caprichos disolutos.

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