Alfonso Gumucio Dagron
Escritor y Cineasta
sábado , 25 de junio de 2022 - 04:06

Quien calla otorga

El suplicio de viajar a Europa

Entre 1880 y 1930, más de doce millones de europeos empobrecidos desembarcaron en América Latina con una mano atrás y otra adelante, en su mayoría analfabetos que apenas sabían escribir su nombre. Descendían de barcos abarrotados, buscando refugio sin documentos de identidad ni recursos para sobrevivir, huyendo de la miseria de una Europa incapaz de alimentarlos y de darles trabajo, sobre todo de Italia, Portugal y España, los países subdesarrollados del viejo continente.

Fueron acogidos en Argentina, Brasil, Uruguay, Cuba o Venezuela, y siguieron su tránsito a otros países donde se instalaron, tuvieron descendencia y algunos hicieron fortuna. Sin educación, pero con la voluntad de progresar se dedicaron al comercio o a la agricultura y se mezclaron en el crisol de identidades que hoy constituye la población diversa de nuestra región.

Sé esto no solo por la información histórica disponible, sino porque por el lado de mi madre tuve abuelos de Italia y Francia que fueron parte de esa gran ola de migrantes que supuso una presión demográfica muy superior a la de los latinoamericanos que, un siglo más tarde, buscan viajar a Europa, pero no son recibidos con la misma generosidad sino con displicencia.

El trámite para solicitar una visa a Europa es una pesadilla para los bolivianos, ya que nuestro pasaporte es uno de los más devaluados. Según el informe de la consultora internacional Henley & Partners, el pasaporte boliviano es uno de los peores del mundo, en la misma categoría de Haití y Cuba. Somos los palestinos de América.

En diplomacia hay un principio fundamental: la reciprocidad, que en los hechos no se practica. Para viajar a Europa, los bolivianos tenemos que realizar engorrosos y humillantes trámites que pueden durar semanas o meses, pero no sucede lo mismo a la inversa.

Bolivia debería exigir los mismos requisitos a los europeos que nos visitan: a) que paguen por adelantado 100 Euros (sin la certeza de que la visa será otorgada), b) que compren un seguro médico internacional a un costo altísimo (por cada día de estadía), c) que demuestren que tienen reservaciones de alojamiento y de transporte, d) que justifiquen sus ingresos y recursos para todo el tiempo de su estadía (cuentas bancarias certificadas, tarjetas de crédito e incluso documentos de sus propiedades en su país de origen). Todo lo anterior, además de vacunas y pruebas de Covid. Y cuando regresen a su país, que muestren en el consulado el pasaporte y sellos que prueban que no se quedaron más tiempo que el autorizado por la visa.

¿Cumplen esos requisitos los europeos que llegan a Bolivia? Para nada, pero a los bolivianos nos piden todo eso. Los europeos siguen llegando como Pedro por su casa, como lo hicieron cien años antes, sin que nadie les exija las “pruebas” que ellos imponen con aire de superioridad a los bolivianos que quieren cruzar “el charco” (Unamuno) en dirección opuesta.

El 31 de mayo pasado, en una reunión de embajadores europeos con el canciller del régimen del MAS, se especuló sobre la “flexibilización” de requisitos para la visa Schengen (la visa “chinguen”), pero en realidad fue un besamanos diplomático más que otra cosa. Con un gobierno digno, la politiquería cómplice no estaría por encima de la defensa de derechos consagrados en los artículos 2, 7 y 13 (y otros) de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Me es particularmente molesto enfrentar la indolente burocracia europea (en concreto francesa), ya que tengo tres hijos y cuatro nietos europeos, he vivido en Europa más de doce años, mi primera esposa es francesa, he cruzado “el charco” más de 60 veces, he publicado dos libros en importantes editoriales francesas, he sido invitado especial en más de treinta festivales de cine y congresos de comunicación, he estado en el directorio de instituciones de cooperación y de publicaciones académicas, y he recorrido Europa más que la mayoría de los europeos. Solía viajar dos o tres veces al año y el trámite de visa no era la pesadilla que es ahora. Si yo hubiese querido, tendría un pasaporte europeo desde hace cuatro décadas. Si hubiese querido, viviría en París, como mis colegas latinoamericanos que estudiaron allá conmigo en el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos (IDHEC), la mejor escuela de cine en esa época.

A principios de 1981 me indigné con los requisitos que tuve que llenar para viajar como periodista invitado a la Unión Soviética. Lo atribuí al autoritarismo de los países comunistas, pero hoy veo que el autoritarismo y la discriminación se han extendido a uno y otro lado del charco.

En diplomacia
hay un principio fundamental: la reciprocidad, que en los hechos no se practica.
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