Pedro Portugal Mollinedo
Director de Pukara, autor de ensayos y estudios sobre los pueblos indígenas de Bolivia.
miércoles , 06 de julio de 2022 - 04:06

Librepensamiento

En memoria de Ramiro Reynaga Burgoa

Tucídides relata que Pericles, el año 431 a.C., en exequias de las víctimas del primer año de la guerra contra Esparta, precisó: “Antes, empero, de abocarme al elogio de estos muertos, quiero señalar en virtud en qué normas hemos llegado a la situación actual, y con qué sistema político y gracias a qué costumbres hemos alcanzado nuestra grandeza...”.

El reciente deceso de Ramiro Reynaga Burgoa nos obliga aludir que, en tanto civilización y sociedad, no podemos evocar situaciones de grandeza, sino de postración y de oprobio rutinario y “normal” para una parte de la población en este país. Reclamar esto es incómodo, pues cuando alguien se refiere a los “500 años de colonización...”, multitud de voces se elevan contra el “lloriqueo, resentimiento y frustración” que esto entrañaría.

Es una realidad histórica y una triste vivencia la que los hijos de los agredidos sufren hasta ahora. Situación difícil y dolorosa. Contrariamente a lo que muchos imaginan (como excusa y justificación), para modificar esta situación, los agredidos no recurren ni recurren al llanto, la acritud o la defección, sino que la enfrentan en diversos terrenos y competencias. La opresión no genera sufrientes, sino guerreros.

Uno de esos guerreros fue Ramiro. Y es honor rememorarlo no a partir de clichés posmodernos que se propagan ahora sobre lo indígena -seres casi celestiales, guardianes de arcanos, garantes del equilibrio cósmico y valedores de los derechos de plantitas y animalitos- sino como entes sociales en lucha por sus derechos, en un contexto que ha envilecido al originario transmutándolo en indio, pero posibilitando así que el éste se yerga al proclamar: “si indio ha sido el nombre con el cual nos han oprimido, indio será el nombre bajo el cual nos hemos de liberar”.

Y es que la vida de Ramiro fue intensa, aunque acerba: Hijo de quien es conocido como uno de los más importantes escritores indios, Fausto Reinaga, sufrió el sobrellevar la reputación de un padre que opacaba la mayor brillantez del hijo. Situación que se expresa simbólicamente en la diferente grafía que utilizaba para su apellido. Reinaga, el padre; Reynaga, el hijo.

Fue incapaz de romper el cordón umbilical con sus progenitores. Visceralmente unido a ellos, aun a costa de descargos y contradicciones, como cuando atribuye a “dotes sobrenaturales” el latrocinio que cometía Fausto al robar mercadería en el mercado Rodríguez de La Paz, o como cuando arremete contra el mestizaje, siendo él mismo fruto mestizo y generador de otros con una “gringa” norteamericana. Vivencias que le impidieron volar plenamente con sus propias alas. En ello, Ramiro refleja a su pueblo: desestructuración y desasosiego social que a veces es más cómodo soslayar que enfrentarlo.

Ramiro es precursor en la teoría y práctica descolonizadora. En esos primeros atisbos son usuales los yerros: aproximaciones que la práctica política las va afinando... o descartando. El pachamamismo se estanca en esas pifias y las dignifica, pues sirve para mantener el sistema que se debe cambiar. De ahí para esa corriente la sobre valoración de lo simbólico, cuando esto es puramente funcional y, a veces, incluso, contraproducente.

Ramiro decidió en un momento desechar su nombre colonial y utilizar uno propio. Se llamó Wankar. Sin embargo, wankar no existe con el significado que él le daba: tambor pre colombino, fuerte, que retumba y truena. Lo que sí existe es wankara. Pero, en la grafía y semántica castellana, cuando un apelativo termina con la letra “a” es femenino. A veces, cuando queremos recuperar la simbología “ancestral”, lo hacemos condicionado con los valores de la lógica que deseamos contradecir y sustituir.

Esto es importante cuando todavía vivimos el reinado de la impostura culturalista. Tres lustros de gobierno del MAS se han estructurado en base de ello. Así no hay descolonización, solo una nueva moda colonial. En ese sentido, el mejor homenaje a Ramiro Reynaga Burgoa es leerlo críticamente, insertarnos en su combate y batallar por superar sus impedimentos.

Hoy, esto es más importante que nunca. El partido que aprovechó del indianismo y katarismo está ideológicamente agotado. El gobierno del MAS, que usufrutuó de los libros de Fausto y prometió a Ramiro sin cumplirle la reedición de su obra “Tawa Inti Suyu...” lo ha ignorado en su muerte. No sabemos hacia donde encaminará el MAS el nuevo ciclo que le otorgó el voto popular. De la derecha, no hay nada que esperar. De esas cenizas, solo puede resurgir el Fénix andino.

En ello,
Ramiro refleja a su pueblo: desestructuración y desasosiego social que a veces es más cómodo soslayar que enfrentarlo
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