Jacqueline Álvarez Rosales
Docente, humanista
jueves , 07 de julio de 2022 - 04:07

Palabras sin pasaporte

¿Es posible revertir nuestra condición de Sísifos?

En un país en que el comercio informal es la forma de subsistencia de muchos, ser llamado a, o pagar por (no digo estar calificado), trabajar en una institución pública resulta como ganarse la lotería: las posiciones públicas permiten el acceso a un seguro médico (sea de la calidad que sea), a viáticos, a un horario de trabajo en que quizás lo que menos se haga sea trabajar, y a otros beneficios. Pero como en toda lotería, existe gran margen de vulnerabilidad y fugacidad de “lo ganado”; es así que vemos funcionarios que ocupan posiciones por sólo algunos meses y que, a sabiendas de esta brevedad, toman ventaja para alcanzar más por menos, a trabajadores que ingresan quizás con la mejor predisposición de trabajar y mejorar la institución y salen como hombres y mujeres “flash” en cuestión de semanas, y empleados que transitan de una oficina a otra como peones de ajedrez, cuya única función consiste en ocupar espacios. Pensar que estos funcionarios tienen un verdadero compromiso por fortalecer su institución, por mejorar la sociedad, por trabajar por su región y, eventualmente, por el país, es tan ingenuo como pensar que las personas más idóneas y capacitadas ocupan estas funciones públicas.

Y esto no sólo sucede en nuestro país, sino, y lamentablemente, en varios otros. La mala política viciada e incapaz cuenta con ejércitos de profesionales y no profesionales incapaces de ofrecer lo mejor a sus países, y abunda en personas interesadas sólo en su beneficio personal y partidistas. El breve momento en que desempeñan funciones (el poder es temporal, hay que recordar, y la vida, efímera) aprovechan para favorecerse personalmente y a su grupo político. Esta situación que vivimos es tan penosa y triste, como triste es la realidad diaria que se observa en mercados, en niños que trabajan para sostener a familias, o en mujeres que llevan toda la responsabilidad de la economía de su hogar vendiendo cualquier producto durante todo el día.

Alguna vez, en conversaciones con amigos de diferentes países latinoamericanos nos preguntamos por qué no podíamos salir adelante con el capital humano y la riqueza natural con los que contamos, y una de las respuestas más comunes era la poca continuidad política responsable que existía en nuestros países, así como el escaso compromiso real de la clase política por salir adelante. Le dimos mucho poder a la clase política. Les permitimos hacer lo que quisieran sin miedo, sin responsabilidad, sin un sentido de compromiso común. Les dimos y damos más de lo que merecen como simples servidores nuestros que son. Atestiguamos, impotentes, que a nuevo gobierno aparecen nuevos funcionarios y que, a nuevas alcaldías y gobernaciones, nuevos trabajadores con o sin experiencia pasan por sus oficinas. Y vamos comenzando de cero una y otra vez, reinventando la rueda, viendo cómo el dinero que debería destinarse para el beneficio de la comunidad se transforma en apartamentos, casas y autos de una clase política casi parasitaria. El mito de Sísifo en su máxima representación. Un mito en que nosotros, la gente común, somos los Sísifos cargando nuestra piedra a diario, cuesta arriba, sólo para verla caer una y otra vez cuesta abajo.

Y todos conocemos el tipo de personas que ocupan posiciones en las instituciones públicas. Sabemos, sin ánimo de generalizar ni estereotipar, que está el trabajador que sí toma con seriedad su trabajo (y que no durará mucho), la que fue nombrada a dedo, el familiar que está ahí y que nadie cuestiona el porqué de su presencia, la conflictiva, el flojo, el buena gente que hace de bufón, el lamecuales, la guapa que conoce varios secretos, el amigo que sabe más de lo que debería, la amiga del amigo, y los que transitan de oficina en oficina observando y llevando noticias y chismes, el organizador social, el peligroso, etc.

Alguna vez pensé (y creo estar equivocada) que una de las razones para la popularidad de la novela Yo soy Betty, la fea, y The Office se debía precisamente a este desfile de tipos y estereotipos de trabajadores en una oficina. Teníamos siempre a la mamá soltera y trabajadora, a la viejita respetada, a la guapa tonta, al mujeriego, a la lista, al incapaz, al distraído, y a Betty, la brillante, seria y poco atractiva administradora. Pero Betty no trabajaba en una institución pública, sino privada, y era respetada por lo que podía ofrecer a su empresa, aunque se le pidió que fuera deshonesta en varias oportunidades. Pues esto no sucede con frecuencia en la administración pública. No me refiero a las actividades deshonestas, que imagino abundan, sino a la presencia de buenos trabajadores que puedan desempeñar su trabajo respetuosamente.

Las instituciones públicas se llevan la flor de las incongruencias, pues lo mismo puede dirigir la oficina de defensa animal uno que ayer se dedicaba a la pelea de perros, como un corrupto puede dirigir la oficina anticorrupción, como una mujer sin ninguna experiencia salvo la de ser novia o familiar de un político pueda dirigir una oficina de género. Estamos de cabeza. Estamos mal, muy mal, y sólo espero que caigamos en cuenta que nuestra actividad de subir inútilmente cuesta arriba pueda ser revertida y que nadie está condenado a vivir una tragedia por toda una eternidad.

Pues lo
lo mismo puede dirigir la oficina de defensa animal uno que ayer se dedicaba a la pelea de perros
AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen.
Para más información puede contactarnos

NOTICIAS RELACIONADAS

NOTICIAS PARA TI

OTRAS NOTICIAS