Rafael Puente
Miembro del Colectivo Urbano por el Cambio (CUECA) de Cochabamba
viernes , 01 de julio de 2022 - 04:05

Vamos a andar

¿Estamos llegando al final de la humanidad?

Creo que las noticias más desoladoras que recibimos (más que las guerras, más que la injusticia social, más que la propagación de plagas o de nuevas enfermedades) son las repetidas desgracias que padecen nuestros niños y niñas. Es cierto que a lo largo de la historia se han repetido miles de injusticias que dañan la salud, la dignidad y los derechos de personas adultas, cierto que la humanidad se está deshumanizando y que cada vez son más las víctimas de la pobreza, del desempleo o de la desesperación. Y todo eso resulta entristecedor porque nos anuncia una creciente des-humanización de la vida (y también una des-naturalización de la naturaleza). Pero podemos mantener la esperanza de que un día caigamos en cuenta de que así no vale la pena vivir, y como para la mayoría de la humanidad no hay la posibilidad de irse a vivir a la luna (o a otro planeta), es imprescindible que vayamos recuperando
un mínimo de voluntad
“humanista”.

Pero lo que no tiene esperanzas de solución, lo que supone una especie de suicidio mundial, lo que nos cierra todo tipo de esperanza, es el hecho inédito de la victimación de niños y niñas. Porque ellas y ellos son la más limpia expresión del género humano, y por eso constituyen nuestra esperanza. Son la renovación de la vida, son la esperanza de que algún día podamos resolver nuestros crecientes problemas, son el recuerdo de tiempos mejores. Sin infancia deja de haber humanidad. Sin una infancia sana, alegre y con posibilidades crecientes de salud y educación, no valdrá la pena vivir.

Sin embargo, cada día son más las noticias de que niñas y niños empiezan a ser las víctimas principales no sólo de las guerras y de la pobreza, sino de la degeneración humana, y por tanto dejará de tener sentido la vida. Siempre ha habido la tristeza de niños y niñas que quedan huérfanos, o que padecen enfermedades incurables, o que sufren inmensamente a causa de la pobreza, pero siempre hemos tenido como razón de vivir a nuestras niñas y niños, y la preocupación por su futuro siempre ha dado sentido a nuestras vidas.

Sin embargo, ahora lo que vivimos es una situación inédita de niños y niñas que desaparecen, y que no vuelven a aparecer porque han sido raptados, no sabemos por quién, ni con qué objetivos, ni con qué consecuencias para ellos. Por supuesto está a la vista la consecuencia del sufrimiento de sus familias, pero no tenemos datos que nos permitan comprender el objetivo de esas desapariciones. ¿Quién se los lleva, y para qué? Por lo demás el control social es mínimo, y en la práctica se reduce a lo que pueden hacer las familias, que con frecuencia es demasiado poco (no son excepcionales los casos de familias que prefieren que sus hijos dejen de ir a la escuela para que no corran el riesgo de “perderse”). Y, por supuesto, la Policía no tiene recursos suficientes para intentar resolver este problema, y tiene otras preocupaciones (cuando no otros intereses).

Por lo que sabemos, todo esto es un fenómeno histórico nuevo. En tiempos antiguos los niños íbamos por las calles, solos o en grupo, sin ningún riesgo. La calle era nuestra. Con el tiempo, y el crecimiento de las ciudades, se hacía necesaria una mayor vigilancia, no sólo en su ir y venir de la escuela, sino en las escuelas mismas. Pero nunca habíamos vivido la angustia de miles de familias cuando comprueban que sus hijas o hijos han desaparecido, y que nadie sabe nada.

¿Será el fin de la humanidad? ¿O será un problema social que no entendemos, y que por tanto no podemos resolver? Sea como fuere, lo que está en riesgo es la existencia misma del género humano. ¿O alguien puede creer que puede tener sentido la vida sin la existencia de niñas y niños, y, por supuesto, de niñas y niños libres y felices, más allá de
sus niveles de pobreza o de
bienestar...?

Si alguien piensa que exagero, que analice las noticias y estadísticas de niñas y niños desaparecidos... Me encantaría estar
equivocado.

Sin una
infancia sana, alegre y con posibilidades crecientes de salud y educación, no valdrá la pena vivir
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