Ronald Nostas Ardaya
Industrial y ex Presidente de la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia
miércoles , 13 de julio de 2022 - 04:01

La crisis del sistema universitario nos afecta a todos

En los años 70 del siglo pasado, la teoría económica redefinió su enfoque sobre el origen de la riqueza de los países, concluyendo que el capital intelectual era el verdadero motor del desarrollo, por encima de los recursos naturales o los medios de producción. El conocimiento, la educación, la investigación y la información, se convirtieron en las nuevas herramientas del crecimiento, y las entidades que las forjan, en las incubadoras del progreso.

Las universidades, que hasta entonces se habían pensado como generadoras de investigación, educación y reflexión, adquirieron un nuevo rol en el desarrollo económico, a través de la aplicación práctica de saberes, la transmisión de conocimientos y el avance tecnológico. En Bolivia, también aportaron de manera importante al debate ideológico y la recuperación de la democracia en los años 80, y de sus aulas emergieron personalidades que fueron protagonistas de la política y la gestión pública, incluso en la actualidad.

En el ámbito de la economía, las universidades jugaron un papel importante como formadoras del talento humano que cimentó la creación de grandes empresas e impulsó el emprendedurismo formal, generando empleo calificado y aportando al desarrollo nacional en varios campos del saber. Particularmente importante fue la contribución de las Universidades públicas y privadas en la formación de profesionales que impulsaron la industria minera, la agropecuaria, los hidrocarburos, la arquitectura, las construcciones civiles, el derecho, la medicina, la bioquímica, las ciencias económicas, la administración y la sociología.

No obstante esta tradición y, aunque algunas universidades bolivianas han mantenido su calidad en ciertas áreas, es innegable que la educación superior se enfrenta hoy a una crisis estructural. Así lo concluyen los análisis internos, la percepción pública e incluso estudios internacionales recientes como el World University Rankings, cuya evaluación nos sitúa en los últimos lugares, entre 1.500 universidades del mundo, en categorías como enseñanza, empleabilidad, investigación, internacionalización, tecnología, innovación e inclusividad.

Actualmente nuestro país tiene 62 universidades en funcionamiento: 18 estatales y 44 privadas. En 2020 la matrícula de privadas y públicas superaba los 600.000 estudiantes; cada año ingresan cerca de 130.000 nuevos alumnos y se entregan alrededor de 35.000 títulos. En Bolivia más del 30% de los mayores de 19 años han accedido a la educación superior, aunque hay estudios que señalan que apenas 2 de cada 10 universitarios alcanzan a titularse.

El vínculo entre la universidad y el mundo laboral es débil y desigual. Por un lado, en las empresas privadas trabajan muchos titulados de gran valía y capacidad, sin embargo, una normativa regresiva y rígida desincentiva contrataciones en mayor número. En el ámbito público, pese a que las leyes exigen que los servidores públicos en cargos medios y altos tengan títulos profesionales, las instituciones contratan por afinidad partidaria y no por idoneidad, lo que desmerece el esfuerzo que los graduados hubieran realizado en su formación o incluso en sus investigaciones de tesis.

En las universidades públicas, factores como la excesiva politización; el modelo de gobernanza; la ausencia de rendición de cuentas; el sistema escolarizado de formación; y la desconexión con el sistema educativo básico y el mercado laboral, han deformado sus fines y las han alejado de la sociedad. Hay limitaciones de infraestructura, tecnología y formación docente, aunque quizá las mayores dificultades están en la deficiencia de la educación escolar, la orientación de los estudiantes hacia el título antes que al conocimiento, y la desactualización de los contenidos impartidos.

Los problemas son complejos y las soluciones deben ser integrales. Es necesario que las universidades coordinen más con las instituciones locales y con las organizaciones económicas, sociales y empresariales; que armonicen su oferta educativa con las necesidades y demandas de la sociedad; que exista una verdadera articulación entre el sistema público y privado, sobre la base de la inclusión y las capacidades desarrolladas por las universidades estatales, y las valiosas experiencias de las privadas, en tecnología, orientación por la excelencia y empleabilidad.

Ante todo, es imprescindible construir una política pública de la educación superior, no solo para recuperar al sistema, sino para perfilar su rol como constructor de investigación, ciencia y desarrollo. El futuro de Bolivia no depende solo del litio o la agroindustria, sino de las personas comprometidas, capaces y formadas en el conocimiento y los valores que puede otorgar la universidad.

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen.
Para más información puede contactarnos

NOTICIAS RELACIONADAS

NOTICIAS PARA TI

OTRAS NOTICIAS