Óscar Ortiz Antelo
Exsenador y exministro de Estado.
martes , 28 de junio de 2022 - 04:06

De Frente

La política del malestar y la solución populista

La democracia latinoamericana está atrapada por la política del malestar. A partir de problemas reales que afrontan los ciudadanos, dirigentes y grupos políticos, exacerban la confrontación social para presentarse como la solución. Surge la ilusión populista, gana quien mejor entiende y encarna el malestar del momento y convence a los ciudadanos de ser quien representa sus protestas y demandas. El problema es que esta forma y capacidad de ganar las elecciones no va acompañada de la capacidad de gobernar, con lo cual surge un círculo vicioso de nuevas frustraciones ciudadanas que, en pocos años, llevarán a la búsqueda de un nuevo caudillo que represente el malestar del momento.

Lo estamos viendo en Chile, donde el presidente Boric ganó las elecciones hace pocos meses con el 55% de los votos, y pocas semanas después se ha convertido en el presidente chileno que más rápido ha perdido apoyo popular. Muchos analistas, explican que tuvo que incumplir muchas de sus promesas como la de concretar un nuevo retiro de aportes a los fondos de pensiones, caso en el cual no solo incumplió su oferta sino tuvo que oponerse a ella, pues el efecto negativo que hubiera tenido sobre la economía habría provocado un impacto mayor sobre su gobierno.

Este tipo de gobiernos, y los pueblos que los eligieron, aprenderán sufriendo que hay una gran distancia entre ser activista y ser estadista.

Seguramente lo veremos próximamente en Colombia, que llegó a la segunda vuelta condenada a elegir entre dos populismos y quien ganó, Petro, con antecedentes de radicalidad ideológica pero convenientemente rediseñado en lo que hoy se llama la izquierda rosa, aquella que habla de reconciliación, respeto al estado de derecho y a la propiedad privada, aunque después procure a través de reformas constitucionales y legales, cambiar todos los mecanismos constitucionales de la institucionalidad democrática para asegurarse su eternización en el poder.

La izquierda populista tiene en estos procesos una gran ventaja, es experta en identificar el malestar ciudadano, exacerbarlo, convertirlo en confrontación social y buscar entre los líderes de la protesta, quién podría encarnar mejor las demandas ciudadanas. Son lo suficientemente pragmáticos para esconder su radicalidad ideológica y adoptar otros temas que sean más populares, especialmente entre las nuevas generaciones, más propensas a la influencia de los nuevos métodos de comunicación digitales. En esto, entienden y utilizan los métodos modernos de comunicación social para influir en la opinión pública, destruir la imagen del adversario y vender la ilusión de la solución mágica. Tienen claro que lo que importa es llegar al poder y después quedarse en él. En realidad, no creen en la democracia representativa, sino que han entendido que la vía democrática es la ruta viable para llegar al poder, como lo entendió Petro hace ya varias décadas, abandonando la guerrilla para presentarse como alternativa de cambio progresista cuando lleva más de 40 años buscando sin descanso la presidencia que acaba de lograr.

En estas condiciones, la centro derecha, poco sensible a la opinión pública, lleva las de perder porque en una época en la que los partidos y las estructuras institucionales van desapareciendo, el encerrarse en el discurso del miedo al totalitarismo castrista o a la dictadura chavista, ya no es suficiente para conquistar a una mayoría poblacional que pueda ganar las elecciones, controlar las urnas y sostener al gobierno que resulte electo por el voto popular.

Sin embargo, el mundo ya no es el mismo que el que disfrutaron Chávez, Evo Morales, Correa y el primer Lula, quienes inteligentemente aprovecharon las riquezas generadas por las inversiones que atrajo la apertura económica de los noventa para consolidar su modelo estatista/populista. Veinte años después estas riquezas ya se están agotando, el escenario internacional después de la pandemia y la invasión rusa a Ucrania es adverso y convulso, y las tecnologías digitales que permiten la intercomunicación directa entre los ciudadanos vuelven efímeros los liderazgos y las circunstancias en la cual se originan. Surge la necesidad de reinventar los mecanismos de la representación política, las comunicaciones y la gestión para reconstruir los sistemas democráticos, conciliando las necesidades de modernidad, estabilidad, desarrollo y convivencia pacífica.

El problema
es que esta forma y capacidad de ganar las elecciones no va acompañada de la capacidad de gobernar
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