Sonia Montaño Virreira
Socióloga Feminista
domingo , 22 de mayo de 2022 - 04:00

Con la boca abierta

Menstruación: de la intimidad al debate público

La llamaron al pizarrón y cuando se levantó con sus doce años y su bonita falda, vimos que tenía una mancha de sangre provocando burlas entre los chicos y solidaridad entre las chicas. Salió de clases y nunca más volvió. Es el recuerdo más extremo de lo que hoy se llamaría estigmatización. Algunas con algo más de suerte aprendimos a lavar trapitos de algodón para el próximo mes hasta que aparecieron unas toallas desechables maravillosas. Gracias a Dios que no había ecologistas y la llegada
del tampón, eso, ya fue la
modernidad.

Años más tarde, trabajando con mujeres aymaras en El Alto, nos matábamos de la risa sobre las formas de referirse a tan femenino acontecimiento. Unas decían “mi visita va a llegar”, “estoy con mi Sangregorio”, “estoy con mi mes”, intercambiando recetas y
experiencias.

La menstruación era parte de la intimidad hasta que se transformaba en fuente de temor. Hasta el gran Rubén Blades le puso música a esa terrible decisión para “ ver si la regla viene”. En ese tiempo nuestros esfuerzos iban dirigidos a naturalizar la menstruación y estábamos a años luz de las montañas de información que hoy, gracias al internet, aparecen disponibles en las redes. De hecho, nadie hablaba de “personas
menstruantes”.

Hoy, la naturalización de la menstruación ha llegado a los parlamentos. En algunos países ya se aplican medidas sin ser ley pero en España y Chile, en el entendido de que lo personal es político, han decidido elevarla a rango de ley.

En España se lo está haciendo en el marco de los derechos sexuales y reproductivos, mejorando la ley del aborto y reconociendo que son numerosas las mujeres trabajadoras que sufren dolores discapacitantes que justifican “reconocer por ley el derecho de las mujeres con menstruaciones dolorosas a una incapacidad temporal especial que será costeada por el Estado desde el primer día”. La ministra de Igualdad ha anunciado la decisión del Gobierno para aprobar este tipo de permisos y que sean financiados por las arcas públicas en lugar de por las empresas.

En Chile probablemente imbuidas por el espíritu refundacional que vive ese país, la Cámara de Diputados ha aprobado sin problemas una ley que garantiza acceso a productos de higiene y salud sexual a personas menstruantes. “Un gran avance” dice la dirigente Emilia Schneider para las mujeres y trans masculinidades. “Le duela a quien le duela, el reconocimiento de las personas trans sigue avanzando. Pasa al Senado!”. El acento se ha puesto en la visibilidad de las personas trans.

El cambio ha ido a una velocidad insospechada. Pero mientras en países como El Salvador encarcelan a las mujeres por sospecha de aborto y en Bolivia todavía las mujeres mueren de parto, en otros se amplían las obligaciones del estado para asegurar derechos.

Confieso que cuando vi el proyecto chileno, me sentí más vieja que nunca. Una feminista vieja y “old fashion”. He visto con entusiasmo los logros de los movimientos LGTBI con los que he simpatizado desde la perspectiva de los derechos humanos. Sin embargo, en los últimos años he visto crecer movimientos identitarios que, aunque pretendan integrar y/o destacar “nuevas” dimensiones de la discriminación, en la práctica favorecen la fragmentación del movimiento feminista y hasta niegan la existencia de las mujeres como sujetos sociales y políticos. Cuando llegamos al punto de aprobar una ley para las “personas menstruantes” no solo estamos visibilizando a la población que menstrúa, cosa que me parece bien, pero estamos invisibilizando a las mujeres y ofreciéndoles una protección que puede resultar en mayor discriminación laboral. Si ahora no te contratan porque puedes ser madre, no quiero pensar lo que ocurrirá cuando estés en edad de menstruar y busques empleo. Más impactante es la osadía de los diputados y diputadas chilenas de plantear un asunto poco comprendido en un contexto de reforma constitucional que tiene a los conservadores con los pelos de punta.

Confieso que
cuando vi el proyecto chileno, me sentí más vieja que nunca. Una feminista vieja y “old fashion”.
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