Mabel Franco Ortega
Periodista cultural
jueves , 25 de agosto de 2022 - 04:06

Carta a un Fénix

Mi película

Me he armado una película en la cabeza. Una película con guion apropiado –del verbo apropiar- inspirado por tres largometrajes de ficción que he tenido el privilegio de ver recientemente y en una pantalla grande. Uno de ellos, El gran movimiento (Kiro Russo), ya fue proyectado en Bolivia, y los otros dos –Pseudo (Gory Patiño) y Utama (Alejandro Loayza)-- van a estrenarse en el país en septiembre. No voy a adelantar argumento, no se preocupen, pues pese a las evidencias –la taquilla, que para la premiada película de Russo no puede ser más injusta— no es cuestión de perder la esperanza de que el público acuda en masa a las salas y se entere por sí mismo de qué están hablando las películas nacionales.

El asistir a esas tres creaciones en un breve periodo de tiempo podría explicar la tentación de crear un nexo de continuidad entre ellas: ley de proximidad, se llama. Pero en verdad hay más que eso: Loayza, Russo y Patiño enfocan su mirada en alguna parte de este país, en unas pocas personas, pero lo abarcan. En ese abarcar, sin saberlo ellos mismos como autores, los temas, los personajes, las problemáticas planteadas y/o sugeridas, se tocan, se complementan, se completan.

Con Utama entramos en la casa de adobe de una pareja de ancianos que vive en una comunidad rural de Potosí y que recibe la visita del nieto llegado de la ciudad. El silencio es el lenguaje para habitar ese lugar inmenso, casi un desierto en el que escasea el agua y donde, pese a que vivir parece un sacrificio, hombres y mujeres lo hacen con sus modos, con sus creencias tan incomprensibles para los ojos ajenos. Migrar hacia la ciudad parece la salida de la marginalidad del campo respecto del país del que forma parte ese grupo humano: allí, explica el joven, no se necesita caminar kilómetros bajo el sol en busca del agua, allí hay hospitales para tratar los males del cuerpo y hay comida para alimentarlo.

La gran urbe, sin embargo, no es el paraíso, como muy pronto descubre Elder, personaje de El gran movimiento, ese joven minero que ha dejado su pueblo y que enfermo, alcohólico y delirante deambula por La Paz. Por una parte de esta ciudad. Para él y sus amigos, migrantes también, no hay mejores condiciones de vida: son parias, son marginales. El ruido, el artificio urbano cuyos márgenes están poblados por migrantes indígenas no puede ser un hogar.

Indiferente a ésas y otras vidas, allí está el poder, los poderosos, los que mueven los hilos y disponen las cosas. Políticos, empresarios grandes y chicos. De esto trata Pseudo y el desesperado gesto de quienes buscan hacer justicia –en un amplio sentido que incluye el derecho a la vida, el trabajo, la salud-- desde los márgenes.

Como dije: es mi película. Interpreto con la libertad que me permiten las imágenes de Alejandro, Gory, Kiro y sus narraciones de final abierto, de subtextos, de personajes de piel y sangre. Quién sabe qué dirían otros espectadores si hacen el mismo ejercicio, también con otras películas bolivianas que están en la lista de nuevos estrenos para este mismo año y que tienen al país como escenario y como motivo de pensamiento.

Es cierto que revisado mi guion literario podría destilar desesperanza. Pero no es así. Que haya bolivianos y bolivianas empeñadas en crear contra todo pronóstico me contagia optimismo. En medio de la desolación, de la marginalidad, quien hace cine crea comunidad; pero sobre todo expresa un valiente acto de resistencia.

Resistencia digo: contra un mercado cada vez más distorsionado y poblado de seres con superpoderes; contra un cine de efectos; contra fuerzas centrífugas que conducen la mirada lejos del propio entorno. Con Pseudo, Utama y El gran movimiento –como pasó con 98 segundos sin sombra de Juan Pablo Richter, y seguramente pasará con La casa del sur de Carina Oroza o Los viejos soldados de Jorge Sanjinés, de próxima llegada a las salas—la fuerza de atracción nos hace mirarnos y pensarnos: a nosotros mismos y ésta es una aventura fascinante.

En medio
de la desolación,
de la marginalidad, quien hace cine crea comunidad; pero sobre todo expresa un valiente acto de
resistencia.
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