Sayuri Loza
Historiadora, bailarina y artesana
domingo , 24 de julio de 2022 - 04:03

Wila k’ank’as everywhere

MILICOS

MILICOS PUTOS, SE VENDEN BARATOS”. Decía el anuncio en los clasificados del diario El Día, en una edición dominical cualquiera de 1979, en plena dictadura en Uruguay.

La censura a la libertad de prensa era como en toda dictadura, violenta y radical y los medios de comunicación debían transmitir de manera textual, sin cuestión alguna, todos los informes del gobierno. Así, si aparecían cadáveres en las bahías uruguayas, éstos eran reconocidos de manera oficial como cadáveres de “asiáticos” resultado de peleas en barcos coreanos y nadie podía decir que en realidad se trataba de cuerpos de uruguayos contrarios al régimen que habían sido asesinados y arrojados al mar.

En los 70, el periódico era el medio de información por excelencia y su tiraje alcanzaba las ventas más altas los domingos porque llevaba muchos suplementos y contaba con el segmento de clasificados que siempre servía a quienes necesitaban una casa, querían un auto o buscaban empleo. El diario El Día era uno de los que más altas ventas registraban y era leído a nivel nacional.

Debido a ello, la prensa escrita era exhaustivamente “fiscalizada” por funcionarios que se encargaban de cernir toda expresión incluso sutil de ataque al sistema. Pero ya saben que todo sistema tiene huecos y al parecer, estos funcionarios omitieron revisar el suplemento de los clasificados porque claro, ¿qué declaración política contraria al régimen habría allí?

Pues la hubo. En la página 53 del apartado “SE VENDE”, camuflado con el resto de anuncios, el aviso anónimo y exiguo casi, casi pasaba desapercibido pero sin duda muchos llegaron a él. Esta frase que todos pensaban y sentían pero nadie se atrevía a decir, fue hábilmente encajada en una sección a la que la censura no prestaba atención y fue exitosamente publicada, pasó de boca en boca y significó la primera estocada de muchas a la dictadura uruguaya.

Días después, se entrevistó a cada miembro del diario El Día, se clausuró el medio por un tiempo y se despidió a su entonces director Federico Fasano y a otros periodistas supuestamente vinculados, pero no hubo un culpable al cual eliminar, nadie tenía toda la culpa, nadie cargaba con la responsabilidad, o mejor sí, pero eran los mismos censores, los “fiscalizadores” de uniforme que dejaron pasar, sin querer, tamaña abominación.

¿Recuerdan el pollito del meme que dice “Se tenía que decir y se dijo”? Pues tiene razón, nadie puede entender lo que nadie dice y en Uruguay, en medio de la opresión, la posibilidad de que se filtrara “milicos putos” significó mucho para que los uruguayos entendieran, pensaran y repensaran lo importante que es decir las cosas y lo fatal que es que te prohíban hacerlo, pero por encima de todo, darse cuenta de que la dictadura, a pesar de todo ese poder, no era invulnerable.

Ahora que ha pasado el tiempo, esto suena a anécdota, pero los seis mil uruguayos tomados presos, los desaparecidos, las violaciones a los Derechos Humanos y los muchos años de postergación que no permitieron que las naciones latinoamericanas ocuparan el protagonismo del mundo en un momento en que Europa y Norte América luchaban contra sus propios demonios, son un error imperdonable, son un pecado contra nosotros mismos.

Hoy, más de cuarenta años después, todavía es cosa común en regímenes autoritarios buscar castigar o acallar a los medios de comunicación que denuncian los excesos e irregularidades, en lugar de buscar solución a los mismos.

Lo bueno es que los medios de hoy ya no son tan fáciles de clausurar como en el pasado; puedes denunciar una página de transmisión pero saldrá otra y el oyente, acostumbrado a “googlear”, fácilmente encuentra lo que quiere, porque sabe buscarlo.

Ojalá los poderosos de hoy, aprendan de los poderosos del pasado y en lugar de ponerse a revisar los clasificados, gobiernen bien, con amor y con conciencia, que para eso estamos en democracia. ¿Verdad?

Hoy, más
de cuarenta años después, todavía es cosa común en regímenes autoritarios buscar castigar o acallar a los medios de comunicación
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