Julio Ríos Calderón
Escritor y consultor
sábado , 16 de julio de 2022 - 04:05

¡Oh linda La Paz!

Enmarcada de laureles exitosos, la historia de La Paz es grito libertario despedazando barreras de oprobio y rendición, sólo testimoniado en marchitas páginas de registro auténtico. Este departamento andino extendido entre rocas milenarias, vertientes cristalinas y variada fauna, despierta a las inquietudes diarias en medio de pregoneros y cantos de esperanza.

La belleza natural ensalzada por poetas y cantada por célebres músicos, resumen el encanto de pueblos y ciudad, en un amparo entregado a la gente citadina y al poblador de rincones de encanto hechos de sembradíos y pastoreo, donde la brisa acaricia el rostro cobrizo del sembrador, en tanto la metrópoli explayada a los cuatro vientos, levanta en sus barrios el candor que todo habitante puede maravillarse, cuando se disfruta desde lo más alto de un edificio, una ciudad nocturnal ornamentada por la luminiscencia de eléctricas luciérnagas, como un canto a la vida que llegará en el albor de una fresca aurora, en el inaugural día cercado de fructíferas esperanzas.

Muchos son los nombres que ensalzaron a La Paz. Escribieron su historia. Glorificaron nombres. Tejieron la antología de los más brillantes músicos y poetas, sin olvidar a otros, que desde la sencillez de su entorno, le cantaron a este pueblo de brazos abiertos al nuevo habitante, llegado con la ilusión de mejores días, hasta la urbe de los sueños realizados.

Así, desde los rincones de ensueño, hubo un compositor que le cantó al soberbio Illimani, emblema de la altiva ciudad llamada, también, “Tumba de tiranos”, porque aquí prevalece el sentimiento humano de la libre expresión. Predomina el derecho encaminado al trabajo y las distracciones sanas, todas, ajenas el envilecimiento carcomido por el vicio y la enfermiza tendencia de realzar con el alcohol las fiestas paganas y religiosas, manifestadas en quienes disfrutan el libertinaje amparado por la corrupción.

Fue Néstor Portocarrero el creador de un tango boliviano llamado “Illimani” y que, en la actualidad, traspasa los límites de la música popular ubicándose en lo clásico de los sonidos. Los versos no sólo retratan al sublime nevado, sino que llegan hasta los oídos las voces de cristal de las sirenas del Lago Titicaca, entonadas como un himno a la ciudad y sus famosos barrios, evocados en la quinceañera edad de Néstor en su canto a Sopocachi y sus inolvidables diversiones bajo el cielo de Miraflores. Si cabe una ofrenda a la ciudad de La Paz en sus días festivos, también corresponde mencionar a este gran compositor que no se quedó con su “Illimani” sino que tuvo otro tango: “Cielo paceño”.

Hoy escucharemos voces infantiles y juveniles con su “patriótica armonía”. Se elevarán luces de color al cielo nocturno. Quizá una diana salude en la aurora a la “Cuna de libertad” y todos, de pie, entonemos el Himno a esta La Paz que llevamos en el corazón, los nacidos aquí y los que llegamos de otros confines, ahora agradecidos por tanto que recibimos hasta coronar de triunfos las ilusiones.

La Paz, todos esperamos que tu voz andina vuelva a ser aquella que escuchamos desde niños; la que se abría como pétalos de rosas encarnadas para decir, aquí, la ciudad de mis amores, escenario de mis éxitos. En este invierno nos alumbra tu sol juvenil pintado en el azul de tu cielo, de donde llega la bendición de la Patrona de la Libertad, Virgen del Carmen, a cuyos pies depositamos un ramillete del follaje de amor y la devoción.

Quizá una
diana salude en la aurora a la “Cuna de libertad” y todos, de pie, entonemos el Himno a esta La Paz que llevamos en el corazón
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