Mabel Franco Ortega
Periodista cultural
jueves , 08 de septiembre de 2022 - 04:06

Carta a un Fénix

Orgullo

Me cuesta casi siempre entender eso de estar orgulloso/orgullosa por el triunfo de un atleta o un equipo de fútbol boliviano. Me cuesta sentir orgullo por una danza folklórica nacional que alguien más practica. Y es peor si se trata de presumir de ser orureña, cruceña o alteña. Por qué habría de despertárseme ese sentimiento de satisfacción por algo que se considera meritorio, si para ese algo no he movido ni un dedo.

Nacer en este u otro lugar no es mérito propio; se puede llegar al mundo en un barco en medio del mar y, si ha sucedido en La Paz o en Madrid, es por azares de la vida. Punto.

¡Ah! Pero caramba que me siento orgullosa cuando veo el resultado del trabajo, en un escenario o en la pantalla, de actores y actrices como Cristian Mercado, Luigi Antezana, Gory Patiño, Pedro Grossman, Jorge Ortiz, Kike Gorena, Claudia Eid, Raúl Conejo Beltrán, Mariana Vargas, David Mondacca, Bernardo Rosado, Denisse Arancibia, Mayra Paz, Freddy Chipana, Gonzalo Callejas, Ariel Baptista, Antonio Peredo, Percy Jiménez, Bernardo Arancibia, Mauricio Toledo y un largo, larguísimo etcétera.

¿Por qué será? ¿Por qué siento que ellos y ellas son algo así como míos, de mi clan, de mi tribu?, ¿y no así una reina de belleza que destaca en un certamen internacional o el hijo de bolivianos migrantes en algún país que hace algo plausible? Porque en serio que esto último me llega como una anécdota positiva, pero sin que se me mueva el pelo del orgullo, ni propio ni ajeno.

Lo pienso...

... me digo entonces: quizás el orgullo por lo que no se hace directamente tenga que ver con que, por elección, el potencial orgulloso se una al caminar de la gente que hace, que crea. Cada quien desde sus posibilidades y responsabilidades. Un unirse que tiene que ver con inversión de tiempo, dinero, esfuerzo para conocer, para entender, entusiasmo para reincidir.

A las autoridades les tocará sentar las condiciones para el desarrollo de esa creatividad y su diálogo con la sociedad.

A los espectadores les corresponderá la voluntad para ser testigos presenciales y activos de lo que pasa en su tiempo y lugar.

A los periodistas culturales les interpelará la profesión elegida y que tiene que con informar oportunamente, con extremar los argumentos para convencer a editores y jefes de redacción, en principio, sobre la importancia de un hecho artístico cultural, sobre lo que merece una tapa, una columna de crítica, un editorial.

El orgullo por lo que hace el otro, el semejante, no es un privilegio. Hay que labrarlo, hay que ganárselo.

Ahora sí puedo entender que un hincha de un equipo de fútbol, ése que paga un abono y asiste a los partidos llueva o truene, que grita en el estadio hasta desgañitarse, se hinche de orgullo con la victoria de los once jugadores. Es porque se ha ganado el derecho de sentirse parte del equipo.

Por mi parte, puedo afirmar que esa sensación del orgullo por lo que hace el otro, ése que ya no es otro del todo porque lo has integrado a tu propia vida con tiempo y dedicación, se saborea, para citar sólo lo más reciente, con la obra teatral Kafka y la muñeca voladora, donde Cristian Mercado dirige a unas solventes Erika Andia y Claudia Ossio. La misma Ossio que si aquí es una luminosa muñeca, da vida a una mujer angustiada y oscura en Wajtacha, la obra que en este momento gira por Bolivia. El mismo Mercado que protagoniza la película Pseudo (Gory Patiño y Luis Reneo), recién estrenada, y que demuestra –como sus compañeros de elenco– que es falso eso de que hay actores o actrices de teatro distintos de los de cine: los hay buenos o no.

Ahora bien. La cercanía tiene nomás su rol en esto del orgullo. No puedo sentirlo por un artista lejano, aunque me guste y aunque el mercado me lo imponga a cada paso. Ser de un lugar, crear en un lugar para alguien cercano, tiende lazos de proximidad y por eso debe ser que hay orgullo frente a una morenada bien tocada o bailada; pero también por lo que hacen migrantes en Bolivia como Pati García, Alice Guimaraes, Adalia Auzza, Rodrigo Mendoza y otro larguísimo etcétera.

No puedo
sentirlo por un artista lejano, aunque me guste y aunque el mercado me lo imponga a cada paso.
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