Loreto Correa Vera
Historiadora
domingo , 20 de marzo de 2022 - 05:08

Loreto Correa

¿Por qué Chile no va a negociar una salida soberana al océano Pacífico para Bolivia?

Es sorprendente que los planteamientos hechos por la Corte Internacional de Justicia del 2018, en una votación aplastante, no hayan sido comprendidos sincera y ampliamente por la política exterior del Presidente Arce.

En ese entendido, la primera claridad, reiterada por el recién asumido Presidente Boric es simple: Chile no va a negociar su soberanía, porque ningún país lo hace. ¿Qué parte de esto no se entiende en la Cancillería boliviana? El mensaje ha sido enviado desde la administración de Sebastián Piñera y no ha cambiado.

Lo que tiene que cambiar es el foco de atención de Bolivia en temas de interés común. Y si Bolivia no lo hace, es un tema que solo le compete a Bolivia, no a Chile. Eso, Chile lo tiene muy claro.

Uno puede enrostrarle muchas cosas a la anterior administración, pero siempre quedó claro que el tema de la soberanía está cerrado. Cuando el Canciller boliviano señala en estos días: “en ese marco queremos separar un poco las cosas, un tema importante para nosotros como bolivianos y que es irrenunciable, es nuestra reivindicación marítima, que está plasmada en nuestra Constitución Política del Estado como una máxima aspiración, eso es irrenunciable”, en Chile se lee de forma simple: siguen con la misma monserga.

Pero más allá de la condición expuesta, debe explicarse la situación una y otra vez, hasta que se entienda: Más allá que el tema marítimo haya sido incorporado por Bolivia en su Constitución y esté por voluntad propia en la Constitución Política del Estado Plurinacional, ¿por qué Chile se niega a negociar una salida soberana al océano Pacífico para Bolivia?

La primera razón es porque Bolivia renunció a ello con la firma del Tratado de 1904, instrumento matriz que rige las relaciones bilaterales entre los dos países. Esto implica varias cosas: compromisos y obligaciones. Pero también considera la delimitación fronteriza. En consecuencia, se trata de un instrumento jurídico fundamental para los Estados.

Hay que recordar que, en 1920, Bolivia demandó fallidamente a Chile ante la Corte Internacional de Justicia y perdió un juicio al respecto. En ese esquema, manidamente, el gobierno de Evo Morales buscó un artificio respecto de la obligación de negociar. Un segundo fallo de la máxima corte internacional del mundo, le reiteró a Bolivia que Chile no tenía obligación de negociar.

Sin embargo, existen otras razones, además de las jurídicas, por las que el tema marítimo no es tema para Chile.

En diversos círculos institucionales del país, el tema ha sido analizado por décadas y no hay manera: Chile no puede descontinuar su territorio y armar un corredor, tampoco puede ceder territorios comprometidos con la antigua soberanía peruana. En suma, no hay territorio que ceder a Bolivia.

Entonces, no se trata de una falta de creatividad, o de una ausencia de interés por tratar el tema; es que no existe formula razonable, viable, factible o de interés para el Estado de Chile que obligue a ceder soberanía a país alguno.

Y también es cierto: la política de los Estados es de la máxima área de responsabilidad de los presidentes. Es a ellos a quienes se les debe reconvenir en términos históricos y políticos: A Hilarión Daza por la guerra, a Ismael Montes por la firma del Tratado, y a Evo Morales por ilusionar a todo un país y gastarse los recursos de la nación en humo.

Finalmente, cuando Bolivia, y ya lo hemos escrito en innumerables ocasiones, no entiende que la soberanía marítima es un tema sin vuelta, lo que sigue haciendo es ahondar en una herida que solo debe cicatrizar. Todos los países hasta 1945 delimitaron sus territorios de la mejor forma que pudieron. En toda América Latina, esto se hizo con luchas y guerras desgarradoras. El período de ajuste de fronteras concluyó entre los Estados cuando en el marco de Naciones Unidas se planteó el mecanismo de solución pacífica de controversias. Sin embargo, esta lógica no ha sido ni es un mecanismo retroactivo. Dicho en simple, no se pueden desandar las guerras previas a 1945, cuestión que todos los países tienen perfectamente claro en Occidente.

Es duro decirlo, pero Bolivia no tiene ningún mecanismo para echar atrás ni las consecuencias de la guerra del Pacífico, ni procede que insista en abonar irredentismos –porque finalmente redunda en una propaganda que termina en eso- para crear futuros conflictos en la región. De ahí que sea fundamental que Bolivia entienda que los temas la actual hoja de ruta definidos recientemente entre los dos países se enmarcan en cuestiones muy concretas: seguridad de frontera, asuntos migratorios, controles compartidos vinculados al crimen organizado, las mejores condiciones para el libre tránsito de su comercio y la viabilidad para avanzar en las mejores estrategias para aligerar las restricciones respecto del COVID; asuntos todos que deben estar en pleno conocimiento y coordinación entre ambos Estados.

Si eso no es de interés de Bolivia, Chile lo entiende. Pero eso es lo que se debe hacer por el bienestar de ambas naciones, y, sobre todo, por el bienestar de las próximas generaciones.

A estas alturas del recorrido, huelga decir que Chile siempre tendrá la mejor de las voluntades y que mantendrá su palabra respecto del irrestricto seguimiento del Derecho Internacional. Por eso nos veremos las caras en algunas semanas por el tema del Silala. Sin odios, sin resquemores, tranquilos, esperando que sea el Derecho el que nos muestre la solución al diferendo, esta vez, por las aguas dulces.

Mientras Bolivia siga insistiendo sobre el tema marítimo, su reivindicación o el acceso soberano al mar, las condiciones serán invariables y sin duda, se mantendrá la lógica estructural de una relación atrapada en su propio laberinto. Pensamos que no tiene por qué ser así.
 

Loreto Correa Vera es historiadora e Integrante del Grupo de Reflexión Chile Bolivia

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