Mabel Franco Ortega
Periodista cultural
jueves , 01 de diciembre de 2022 - 04:03

Carta a un Fénix

Riesgo

Puede ser coincidencia, pero también debe ser el reflejo de un sentimiento común entre quienes, como trabajadores de las culturas, sienten que muchas veces reman no sólo contra corriente, sino solos, solas. Sus pesadillas toman así forma en los escenarios, como un llamado de auxilio no tanto dirigido a autoridades, sino a la gente, al público. A la hora del naufragio, éste podría ser la salvación.

Hace un año, más o menos, Mondacca Teatro puso en escena una obra minimalista, un Ricardo III shakesperiano a la medida de un elenco chico y de un escenario pequeño. El teatro Nuna acogió la propuesta en la que debía imaginarse el teatro Saavedra Pérez a punto de ser derruido para dar paso a un complejo comercial. Como forma de resistencia, el portero del teatro y la encargada de limpieza se convertían en actor y actriz y daban rienda suelta a lo aprendido de tanto absorber teatro. La tragedia del poderoso que toma vidas y almas por una ambición desmedida, se llevaba a cabo hasta que los golpes de los funcionarios encargados de la demolición tumbaban el sueño.

Hoy, jueves 1 de diciembre, la compañía de danzas folklóricas Bafopaz cierra una temporada en el Saavedra Pérez con su megapropuesta: museo vivo, danzas en la plaza Wenceslao Monroy y cueca en el escenario. “20 cuecas para el alma”, al hilo, una tras otra. Y la historia para darle sentido a todo: una pareja entra sigilosamente al teatro en su último día de pie. Van a derrumbarlo para erigir un supermercado, así que una espectadora que tiene recuerdos entrañables de su niñez vinculados con un espectáculo de danza al que la llevó su padre, y un exbailarín que ha perdido su habilidad por la maldición de lo contemporáneo, se encuentran con el fantasma de los buenos años. Un espíritu que evocará la platea llena y los aplausos de pie.

Da miedo, sí, que los escenarios se queden sin público. No va a pasar, digamos, y la prueba está en la intensa vida que tienen los espacios independientes. Claro que éstos, en general, son pequeños: tienen capacidad para acoger a 40 personas o un máximo de 250. El Municipal, abierto en 1845 para una ciudad pequeña, resulta inmenso hoy, siglo XXI, con sus 600 asientos que se llenan sólo en muy raras ocasiones.

Lo del negocio, las reglas del mercado a las que apuntan los espectáculos citados, es una parte del fenómeno. Pero no es el único y esto tendrían que asumirlo también los artistas. En una parte del libreto de “20 cuecas para el alma” se critica, en tono de humor, a una feminista bailarina contemporánea que habría atado los pies del folklórico con sus locas propuestas que incluyen llevar fuego al teatro... El director de la obra intenta dejar mal parada a la artista y yo pagaría por ver algo así.

Qué quiero decir: que culpar a los otros de la indiferencia del público no es un buen camino. La mirada romántica de lo propio, es decir de lo que “yo hago”, de “mi entrega y sacrificio” frente al reguetonero de moda que se lleva la atención del público o de la autoridad negligente o del empresario neoliberal, resulta caricaturesco y falso. Porque reduce la realidad y la propia responsabilidad de quien crea.

La prueba de que hay que mirar cómo se anda por casa: qué de nuevo se ofrece al espectador actual, cómo se lo conquista, qué se siembra para que quiera volver al teatro, la da la propia compañía Bafopaz. Víctor Hugo Salinas y Ana Ariscurinaga llenan el teatro. Pueden, por ello, luego de sus tres días oficiales, pedir dos más. Y hay público para sostenerlo, como temo que ninguna otra compañía de danzas folklóricas lo lograría. Menos si muchas de éstas viven de las entradas que los bailarines/estudiantes son obligados a vender entre familiares y amigos.

Bafopaz, que sí recurre al lenguaje de danza contemporánea para algunas de sus cuecas, muestra que acierta porque se exige para renovarse. Esta vez, también con tecnología digital que hace que el fantasma parezca real (qué paradoja). Y con dosis de riesgo: por algunas voces cantantes nada habituales, por el luto de las mujeres para danzar “Soledad”, por la interpretación actoral según las letras de la canción... Por apelar a gente de teatro para la puesta: Los Cirujas y Freddy Chipana.

Tan alta es la apuesta que hasta pensé que esa hermosa cueca compuesta por un homosexual --Rubén Ramírez o Jaime del Río-- “Mi pena”, iba a ser bailada sólo por hombres o sólo por mujeres... De eso se trata: de arriesgar, de sorprender, de responder al hoy. Yo, por lo menos, quiero ver más y más así... y en el teatro.

Bafopaz, que
sí recurre al lenguaje de danza contemporánea para algunas de sus cuecas, muestra que acierta porque se exige para renovarse.
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