Agustín Echalar Ascarrunz
Operador de Turismo
domingo , 14 de agosto de 2022 - 04:03

La curva recta

Sacrificios, de llamas y...

La semana pasada se ha escuchado una denuncia muy sui géneris, un hombre joven, que ciertamente no inspira simpatía, ha querido decir a la policía y a los medios que luego de una borrachera amaneció en un ataúd y enterrado, digamos semienterrado, porque pudo salir del féretro de seguramente pésima factura, y de una tumba que no estaba muy cubierta.

El hombre ha dicho que lo quisieron usar como “sullo”, aduciendo que lo hubieran querido enterrar vivo en una construcción, en una especie de acto religioso, de sacrificio para la Pachamama.

Aunque lo que le ocurrió al hombre puede tener explicaciones más pedestres, como una simple broma de pésimo gusto, y de gran peligrosidad, cometida por unos mal entretenidos, lo cierto es que existen algunos detalles que merecen ser tomados en cuenta antes de descartar un intento de sacrificio humano.

Empecemos recordando que estamos en el mes de agosto, mes en el que se hacen ofrendas a la Pachamama en La Paz y sus alrededores, y posiblemente en otros confines de las tierras altas bolivianas también.

Recordemos también que de un tiempo a esta parte las ofrendas a la Madre Tierra andina han ido convirtiéndose en actos cada vez más escabrosos. Recuerdo que hace cuarenta años, en el famoso mercado de brujas de La Paz, se podían ver fetos y embriones de llama a la venta, los cuales eran utilizados para hacer ciertos rituales, incluidos el de enterrar uno de esos en los cimientos de una construcción. Hoy ese comercio está multiplicado, y se pueden ver también cadáveres de llamitas recién nacidas.

Hace unos 25 años presencié por casualidad una ofrenda mayor en el mes de agosto, no era uno sino una docena de fetos los que estaban siendo ofrendados en un recinto a orillas del lago Titicaca. En esa misma época vi el sacrificio de una llama blanca que fue descogotada sin la menor compasión en otra ceremonia. Pero ya hace casi 20 años, vi por televisión el horroroso enterramiento en vida de unas llamas, todo para garantizar la buena suerte de quienes habían contratado al imaginativo Yatiri.

Fue en ese momento que me pregunté cuánto tiempo tardaría esta nueva religiosidad andina en saltar a algún sacrificio humano.

El problema con un manejo incontrolado de la religiosidad está en la creatividad de los sacerdotes, yatiris o chamanes, y en la competencia entre ellos, cada uno tiene que ofrecer a su clientela algo más novedoso y más efectivo.

La Paz y el Alto viven sus contradicciones de siempre, por un lado una pujante modernidad y por el otro casi un barrio entero de yatiris y adivinadores. Que la gente necesita una cierta religiosidad es algo que está probado precisamente gracias a los países que trataron de abolirla y no lo lograron. Que un estado laico es sin lugar a dudas, en tiempos actuales, una buena opción de estructura social, no lo ponemos en duda. Pero de lo que hay que preocuparse más es de una religiosidad desbocada. La ingenua fascinación por los supuestos ritos ancestrales puede abrir puertas insospechadas, una de estas el volver a los sacrificios humanos.

El cristianismo, con todos sus bemoles, fue un proceso de modernización para esta parte del mundo y tuvo una oferta atractiva para la población local. La antigua religión andina desapareció con su clase sacerdotal, y lo que hoy tenemos, no son sobrevivientes de esa cosmovisión, sino sobrevivientes de la realidad actual, gente que se inventa ritos para poder venderlos y poder comer.

La denuncia del joven en cuestión debe ser tomada muy en serio, inclusive para poder desechar el extremo de que se hubiese tratado de un sacrificio humano. Y aunque no necesariamente combatido, el yatirismo no debe ser ensalzado, y debe ser frenado con la razón.

El problema
con un manejo incontrolado de la religiosidad está en la creatividad de los sacerdotes, yatiris o chamanes
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