Sonia Montaño Virreira
Socióloga Feminista
domingo , 11 de septiembre de 2022 - 04:05

Con la boca abierta

Si las instituciones no funcionan, no hay cambio posible

El rechazo mayoritario del proyecto constitucional en Chile ha abierto un debate amplio. Ambas constituciones forman parte del “nuevo constitucionalismo regional” precedido por las reformas en Venezuela, Ecuador y Bolivia. O sea, ni es tan nuevo ni tan original. La discusión es apasionada, a ratos hiriente y al amparo de las redes sociales carente de la serenidad necesaria para sacar lecciones. En esta oportunidad voy a lanzar algunas líneas de reflexión comparando lo ocurrido en Bolivia en 2006 con la reciente convención chilena que ha sido derrotada democráticamente por un margen inesperado por los bandos en conflicto. En ambos países las asambleas constituyentes (AC) han sido consecuencia de conflictos sociales y del desgaste de la democracia representativa, que abrió las puertas a procesos con muchas semejanzas, pero también con algunas diferencias significativas.

En Bolivia la constitución - como señala Jorge Lazarte ( 2009 )- se aprobó sin que hubiera una sola plenaria para debatir y violando muchos reglamentos. En Chile a pesar del resultado defectuoso y polarizado, hubo un gran debate, dentro y fuera de la Convención. En Bolivia simplemente se ignoraron los informes en minoría y se impuso un texto que para apurar su aprobación excluyó la voz de los independientes, mientras que en Chile ellas y ellos ( los independientes) tuvieron la hegemonía dentro de la convención, y se alinearon con las posturas más radicales imponiendo un clima que, según se reconoce hoy, no buscaba un nuevo pacto social sino una refundación. En ambos casos la idea de la refundación optó por caminos diferentes, pero igualmente excluyentes. Aquí el proyecto final fue aprobado en Oruro sin la presencia de la oposición y se liquidó al Tribunal Constitucional que reclamaba respeto a la ley. En fin, en Chile se respetó el resultado y como les gusta decir: las instituciones funcionaron.

En cuanto al contenido del proyecto, en Chile tuvo aspectos muy positivos que lo ponían al día respecto del mundo contemporáneo, en particular con el establecimiento de un estado social de derecho, un reconocimiento de la paridad y la igualdad de género y la defensa del medio ambiente. Esto también está en la boliviana.

Lamentablemente esos asuntos que son sentido común en las sociedades democráticas se enlazaron con la idea de un estado plurinacional más extremo que el boliviano, un sistema de justicia confuso y un sistema político que se parece más a un experimento académico que a un modelo que fortalezca la independencia de poderes.

En Bolivia ya llevamos 15 años de vigencia de la nueva constitución y se puede afirmar que además de sus inconsistencias, que son muchas, especialmente en el ámbito de la justicia, ella ha sido sistemáticamente violada por el propio Estado que vulnera sistemáticamente los derechos de los pueblos indígenas, de los opositores y su propia disidencia. En ambos países se ha dejado atrás la noción de ciudadanía en beneficio del reconocimiento de las identidades. En Bolivia esto ha derivado- ahora es evidente- en un estado corporativo que ha sometido a los mal llamados movimientos sociales, por medio de prebendas e impunidad. Más dramática ha sido la deriva de la paridad que ha iniciado el fin del movimiento feminista autónomo porque ha incluido a las Bartolinas en la redistribución del poder autoritario, ha cooptado a muchas asociaciones de la sociedad civil y ha cancelado a las que pretenden una acción autónoma e igualitaria. Salvo la vergonzosa defensa de la presidenta Kirchner, las feministas oficialistas no han logrado ningún avance para las mujeres. En Chile ellas han estado desde el inicio en la redacción de la constitución, formando parte de un gobierno que ha puesto la paridad y el cuidado en el centro de sus políticas. Ojalá que la parte luminosa del escenario chileno no se arroje al baúl de los recuerdos y desaparezca en el nuevo proceso que se inicia y donde la derecha más cavernaria de la región, que ya saca cuentas alegres, termine beneficiándose de los innumerables errores cometidos por una izquierda tan radical como inexperta. Hay mucho más para pensar sin olvidar que la democracia necesita instituciones fuertes que Bolivia las ha destruido y que en Chile son un capital respetable.

Ojalá que
la parte luminosa del escenario chileno no se arroje al baúl de los recuerdos y desaparezca
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