Augusto Vera Riveros
Jurista y escritor
lunes , 13 de junio de 2022 - 04:00

Si no puedes contra él, únete a él

Éste no es precisamente el mejor momento político por el que atraviesa Evo Morales. Atrás quedaron los tiempos en que era el centro indiscutible de su partido. Por lo menos en la coyuntura actual, perdió la exclusividad de la fanfarronería que la comparte codo a codo con el vicepresidente. Arce Catacora, hay que reconocer, dentro de su organización política se amarró bien el cinto, y si no fuera por la designación del siempre controvertido Gustavo Torrico y alguno que otro funcionario de alto rango muy próximo al entorno del expresidente, podría decirse que el actual mandatario decidió ponerle el cascabel al gato, haciendo oídos sordos a los alaridos desesperados de Evo y al vendaval de una fracción sin ideología pero agradecida con su jefe, que desde hace muchos años hizo del Chapare su propiedad.

Ya es inútil ocultar las abiertas discrepancias al interior del instrumento que un día tenía en Evo su dueño y señor. Pero el presidente de ilegal ejercicio en su última gestión inconclusa no termina de entender que aun los dislates que por muchos años le eran inherentes, hoy tienen en Choquehuanca a un competidor para el que cambiar el sentido de las manecillas del reloj o atribuirles sexo a las piedras ya son poca cosa. Ahora va por más y cada vez más gruesas tonterías.

Pero no solo quien por muchos años, en la pintoresca visión de Evo Morales, era el mejor canciller del mundo y hoy arrastra una buena porción de seguidores es quien lo opaca, sino que, contra todo pronóstico, Luis Arce Catacora, en actitud que hoy podría llamarse políticamente correcta, sin mancharse en el habitual ejercicio de la confrontación, el escándalo y la polémica, ha desairado al jefe de su partido delegando la discusión, la descalificación y la insidia a los legisladores que en buen número y por el momento lo apoyan incondicionalmente. Arce no ha capitulado ante la presión cada vez más subida de tono del ala Morales, para destituir al ministro de Gobierno; tampoco ha cedido a las exigencias de echar a una viceministra que acusó a su antiguo jefe de machista (dejando atrás los tiempos en que todas las mujeres del MAS le aplaudían esos comportamientos soeces).

El presidente Arce, militante de ese trifonte que hoy es el MAS, sin abrir la boca, le ha respondido a Evo con un silencio más doloroso que sal en la llaga. Las veleidades de la política criolla permiten esas mudanzas como la del antiguamente sumiso exministro de Economía ante el inocultable afán de Evo Morales, que quiere, primero, recuperar el liderazgo que como el agua entre los dedos se le escapa, y luego el sillón que tanto extraña.

Morales debe repensar su conducta para enfrentar la solidez del presidente (hablo de solidez al interior de su partido) y las boberías de Choquehuanca, con tino político, con mesura y humildad (virtudes que no parecen ser de su predilección), en lugar de conminar a la primera autoridad a dar explicaciones a las seis federaciones del trópico cochabambino sobre su negativa a destituir al ministro Del Castillo.

Masistas de Bolivia: ¡unios!; que sus diferencias no son de visión de país y tampoco son ideológicas. Los unos, los otros y los terceros son populistas, y eso es nutritivo alimento para fomentar la corrupción que, más allá de la estabilidad económica, asola las estructuras de un estado carcomido por la desmedida angurria de poder. Solo el poder que Evo Morales no tiene y que el ala de Choquehuanca ha adquirido parcialmente son los motivos de un enfrentamiento, que de ideas no tiene un ápice, pero de ambiciones personales está repleto.

No sé si Luis Arce pueda aguantar por mucho tiempo más la influencia nociva de quien estuvo acostumbrado a hacer lo que quiso; pero de persistir las posiciones de ambos, es decir, la arrogante posición del exdictador y la firme postura del primer mandatario, la fisura del instrumento que todavía los cobija puede terminar en el desplome de su estructura y la escisión de sus mandos.

Ya es
inútil ocultar las abiertas discrepancias al interior del instrumento que un día tenía en Evo su dueño
y señor.
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