Textura violeta

La ostentación Lamborghini

martes, 19 de febrero de 2019 · 00:08

Si quien se compró un coche Lamborghini (así sea de segunda mano) buscaba dar que hablar, lo ha logrado; sin embargo, ¿qué lleva a alguien a buscar un vehículo que logre llamar tanto la atención?

Bolivia es uno de los países con alto un índice de pobreza, pese a que en los últimos años se ha reducido, y tiene una población pequeña, de sólo 10 millones de habitantes, con una también limitada burguesía ostentosa que circula con cierto tipo de vehículos. Hace pocas semanas ingresó por Aduana un coche Lamborghini, valorado en 260 mil dólares, y este hecho fue usado como parte del inicio de la campaña política de este año electoral. Se especuló por las redes sociales que el propietario era de un dirigente productor de coca afín al actual gobierno y también de un político empresario contrario a Evo Morales.

Finalmente se supo quien importó el vehículo es un empresario y hoy se busca saber su relación con el gobierno, cosa que no sería extraña en un país donde el Estado es el principal contratador de obras y servicios. En fin, un tema que desde su uso político parece absurdo; sin embargo, sirve para analizar otros aspectos.

La ostentación de bienes no es algo natural, es un comportamiento aprendido, social. La antropología muestra que existieron (tal vez aún existan) sociedades en las que la acumulación y su exhibición son contrarias a su cultura e identidad, como los gondos muria en la India que se toparon de manera conflictiva con el consumismo capitalista; y sociedades en que se consideraba que “lo bueno” es limitado y por ello nadie podía tener más que el resto, como con los tzintzuntzeños en México. Sociedades en las que su estabilidad social requería sancionar socialmente las asimetrías.

Los europeos llevaron a Latinoamérica su aprecio al ostento, aunque en la América originaria también hubo pueblos en los que el prestigio lo daban ciertos bienes, así como otros más igualitarios en los que las diferencias eran consideradas parte del origen del mal.

Actualmente, la sociedad capitalista impulsa la ostentación, especialmente en quien aspira a ser visto en una posición social relevante y esto, además, se cruza con el patriarcado ya que a los hombres y no así a las mujeres se les asigna un rol, un mandato que cumplir, y que tiene que ver con ser exitoso.

El éxito social, relacionado al éxito económico, es una obligación masculina y este éxito se refleja en elementos materiales que le distinguen de quien no los posee. Así, esa masculinidad exitosa se refleja en un reloj, en equipos tecnológicos, una casa, un yate, en un coche... Además, debe evidenciarse en “su” mujer: un hombre de éxito debe tener a su lado a una mujer hermosa, con los parámetros sociales y raciales establecidos socialmente como ideales.

Se dice que el coche es para los hombres una extensión de lo que desea sea su pene y hay una explicación para ello. En nuestra sociedad machista con un tipo de masculinidad sobrevalorada, ésta finalmente se centra en el falo y es por ello que, también, en él se valora el tamaño, la potencia y su aguante, entre otras cualidades que se asocian a un vehículo.

Antes que el uso político de una compra ostentosa, resulta más importante e interesante pensar o cuestionar las razones de una adquisición así. Detrás hay mucho más y atañe a la sociedad, a su consumismo que ha vencido a algún posible pasado más austero, a lo irracional y especialmente ofensivo de esa exhibición en un país pobre como Bolivia.

Y lo que no se dice, no se ve porque está normalizado, que en una sociedad capitalista consumista está también entrelazado el machismo, donde las mujeres son consideradas como un producto, una adquisición, un objeto, porque junto a un coche también hay quien sueña o busca tener o ser una mujer Lamborghini. Habría que recuperar o adoptar esas prácticas de pueblos que sancionaban socialmente la ostentación y la desigualdad.

Drina Ergueta es periodista.

Confidencial

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