Drina Ergueta

Que no nos quiten la humanidad

martes, 28 de abril de 2020 · 00:10

Historias próximas y lejanas de gente que ha muerto con el covid-19 han llegado a la población con la terrible amenaza de la soledad y el estigma en esa última hora en este mundo. La muerte, cuando llega, parece un tema secundario de atención frente a la lucha por la vida; sin embargo, es crucial su atención para garantizar nuestra humanidad.

No sólo es morir en soledad debido a una enfermedad que aísla, es también una obligada cremación y total desamparo de ese cuerpo con el cual no puede haber despedida ni actos ni palabras que le acompañen, que le susurren “te quiero” a su alma por si acaso existe y por si escucha. No, se dice que no puede haber ese ritual que cada sociedad se ha inventado para decir adiós a las personas queridas que se van para siempre y en el que, más que en otros, las mujeres tienen gran participación.

En una sociedad de relaciones próximas como la boliviana el cuerpo generalmente es lavado y preparado por la familia. Mayoritariamente son las mujeres las que le arreglan el cabello y le elijen la ropa, que sujetan con un lazo de cariño la mandíbula y con otro las manos sobre el pecho. Las mujeres lloran a gritos porque así lo sienten y porque así se espera de ellas, las mujeres también hacen y reparten el café y las bebidas durante el velorio y preparan la comida para quienes acompañan al duelo. Son las mismas mujeres que durante otras enfermedades se hacen cargo de los cuidados. Todo eso ha sido prohibido.

Pero no sólo prohibido, en lugar del cuidado normalizado y humanizante se ha generado el miedo y ha nacido la deshumanización. Volvemos muy atrás en la línea evolutiva, dejamos de ser personas, antes aún que cuando habitamos las cavernas, dejamos de ser homos/donas sapiens sapiens, pasamos a ser los primeros homínidos que abandonan sus muertos inclusive antes de que fallezcan. La gente considerada vieja, inútil y enferma ya no cuenta, mueren en soledad y sin rituales de despedida.

Allí está, en Italia y España, la gente anciana que simplemente dejó de ser atendida y murió sola y allí las familias que no pudieron despedirse y tan sólo recibieron una urna con cenizas; allí están las terribles fosas comunes de cientos de ciudadanos en Nueva York; allí el horror de los cadáveres en las aceras en Guayaquil; allí esos muertos sacados de su casa envueltos en bolsas de basura en La Paz ¿En serio somos gente civilizada? 

Todo esto se mete por los televisores en las casas confinadas y da miedo. Un miedo aumentado en Bolivia por el conocimiento de la ausencia de ayuda médica, de las limitaciones nacionales en salud y de las dudas de una atención adecuada, o por lo menos respetuosa, en los centros de salud o lugares de aislamiento. Las denuncias de maltrato y de inasistencia también se han colado por las redes sociales y los celulares.

Nadie quiere el covid-19, obviamente, pero, es más: nadie quiere aceptar y decir que puede estar enfermo; lo mismo su familia, que no quiere que se sepa por la reacción negativa e inhumana del vecindario; y, si hay una muerte, se insiste en que fue por otra cosa. No sólo está el riesgo de la enfermedad, sino de lo que además acecha: rechazo, estigma, desatención, soledad, olvido e imposibilidad de despedirse.

Las actitudes y lenguaje de parte de algunos responsables del gobierno respecto a la enfermedad han aumentado ese temor: hablar de la enfermedad como delito, referirse a la búsqueda de gente enferma como “pesquisa”, pedir que se “denuncie” a quien esté con la enfermedad, etc. Forma parte de esa deshumanización en la que los cuidados, la cura, la atención, el cariño y el respeto hacen falta, todo eso que nos hace personas.

Aquí no hablo ya de los necesarios cuidados dignos a quien enferma, que es muy importante, hablo de que, ante esta enfermedad en la que hay muertes, muchas más de las que se registran oficialmente (esto pasa en todos los países), y en previsión de que haya posiblemente muchas más, es urgente atender dignamente a quienes se van, dar respeto a sus cuerpos, y posibilidad de despedida para las personas dolientes.

Se trata de, pese a todo, no caer en lo inhumano, y esto deben hacerlo quienes están circunstancialmente en posiciones de poder, de buscar maneras en que para las muertes se puedan imaginar nuevos rituales que permitan conciliar el respeto y cariño hacia quienes fallezcan y las limitaciones de la pandemia, crear algunos actos simbólicos y significativos de deferencia y recuerdo para quien se va, para quien se queda y sufre, para sabernos personas, sabernos sociedad y comunidad.

Drina Ergueta es periodista.

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