Drina Ergueta

La imilla y la normalidad racista

martes, 23 de junio de 2020 · 00:08

No es pura anécdota ni algo banal que una señora afirme furiosa y en tono despectivo que Eva Copa, la Presidenta del Senado boliviano, “¡es una imilla, sí, sí, una imilla!” y, además, agregue que “no se puede comparar” con Jeanine Añez, la Presidenta transitoria de este país. Es muestra de algo profundo e irresuelto en Bolivia, que en los últimos meses ha reflotado.

Imilla significa niña en aimara y es así como la gente indígena utiliza el vocablo; sin embargo, en Bolivia toda la gente sabe que en los sectores sociales blancoides y mestizos de la clase media y alta el término siempre fue usado como insulto ya que implica decir que esa mujer, generalmente joven, es una indígena, sin formación académica, destinada a la servidumbre, de un nivel inferior en todos los sentidos y que puede ser objeto de desprecio.

Es así, que Copa, de origen evidentemente indígena andina y que ella no niega (hay quien sí lo hace), “no puede compararse” en sentido de “igualarse” con Añez, ya que esta sería “mejor”.

De hecho, esa mujer “defensora” de Añez, sí que hace una comparación para mostrar la diferencia que ella considera necesario resaltar.

La autonombrada Presidenta también muestra disimulados rasgos nativos del oriente boliviano, por lo que en este país algún racista podría llamarla “guaraya” (de origen guaraní) para insultarla.

Como en gran parte del mundo, en Bolivia las relaciones de clase están marcadas por el poder económico; sin embargo, están, además y fundamentalmente, marcadas por el sello étnico.

Ser indígena coloca a quien lo es en una posición lejana, ajena, en el otro extremo de “la normalidad”. Es que la norma, lo correcto, lo adecuado y deseable es ser blanco, lo que en el imaginario nacional representa automáticamente que es alguien con un “saber estar”, que tiene educación y relaciones sociales sólidas en el grupo dominante, “nuestro” grupo.

Esta “norma” social no escrita que establece “lo bueno” indica que quien no esté dentro de esos cánones se encuentre en una situación de exclusión, de no acceso a lo que es permitido para el otro grupo, como, hasta hace unos años, entrar a restaurantes, a un vecindario exclusivo, cines, servicios de salud, aviones… se podría decir que al Estado mismo. Esta realidad sociológica de exclusión se refleja aún hoy en una variedad de intensidades en todas las situaciones de la vida cotidiana.

Es esa exclusión de una gran parte de la población respecto del propio Estado la que hoy está en disputa. Durante siglos, en Bolivia los grupos indígenas han permanecido fuera del  Estado, viviendo en otro nivel marginal y subterráneo marcado por sus propias instituciones y normas, lo que René Zavaleta llamó “abigarramiento”. Con la llegada de Evo Morales al poder estos niveles afloraron en alguna medida, pero no lo necesario ni lo suficiente.

Este afloramiento indígena y de la mujer, que representa Eva Copa, hace que desde la

blanquitud boliviana, muy matizada de tonalidades, se diga que es desde sectores indígenas que se impulsa el racismo. Se trata, pues, de una pérdida de privilegios exclusivos y que se vea como un ataque a la “normalidad” ese acceso indígena a estos privilegios como derechos de todos. Derecho a estar en un cargo público alto y, también, a criticar, debatir o reprochar de igual a igual a la presidenta Añez, que fue lo que hizo Copa. La reivindicación de esos derechos para los indígenas es visto como racismo inverso.

El “insulto” a Copa es una muestra de que hay mentalidades que no han cambiado aún y que, tras la caída de Morales (“ese indio” como ofensa), se han acentuado o que han perdido el miedo a manifestarse. El racismo se ha descarado y busca la “normalidad” perdida.

De todas formas, la reacción de rechazo a las expresiones racistas que se ha observado desde distintos sectores permite ver una esperanza de que esta reacción conservadora y odiadora de lo indio tenga en frente una muralla diversa, multicolor, que la frene y finalmente la elimine.

Drina Ergueta es periodista.

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