Día del Niño: nada que festejar

jueves, 14 de abril de 2016 · 00:00
Hay que pecar de gran ingenuidad para pretender que en un día al año se pueda reflexionar, y menos debatir, sobre la situación de uno –sino el más- de los sectores más importantes de la sociedad: los niños y niñas. Ningún país que se precie de tal debería menos que dedicar su mejor atención –y esto quiere decir leyes, políticas y acciones concretas- a la niñez y juventud, puesto que en ellos está su devenir como nación. Sin embargo, debemos admitir cuán lejos está el discurso de la práctica, no sólo en Bolivia, sino en gran parte del planeta. Si no fuera así, sólo por dar un ejemplo, todas las naciones tomarían en serio la lucha contra el calentamiento global y se preocuparían por garantizar, cuando menos,  la superviviencia del planeta para que habiten las próximas generaciones.

Pero, vamos a lo nuestro. El pasado 12 de abril, Día del Niño Boliviano, el país se vistió de la habitual ternura que caracteriza la fecha: las autoridades proclamaron concejalitos, diputaditos y otros a los niños; y en un contexto de pugna por protagonismos (entre el Ministerio de Salud, el Vicepresidente  y la Gobernación de La Paz), se entregó una esperada obra: un pabellón de oncohematología en el Hospital del Niño de La Paz y 40 ítems para  médicos especialistas que trabajen en él. 
 
Sin embargo, fuera de algunas voces en las redes sociales y espacios de libre opinión, ninguna autoridad fue autocrítica con la lamentable situación que vive gran parte de los niños y niñas de Bolivia. Solamente algunos puntos para ilustrar este drama: el abandono infantil (cerca de 30.000 niños y niñas se encuentran refugiados en albergues), la vulnerabilidad e indefensión ante las peores formas de explotación laboral, sexual comercial y delitos como la trata y tráfico de personas. Acápite aparte para el abuso sexual dentro del contexto familiar.
 
Además de éstos que son los rasgos más dolorosos  a los que están expuestos niños y niñas bolivianos, están las precarias condiciones de acceso a la salud, desde casos elementales de malnutrición hasta tratamientos de enfermedades como el cáncer; y  a una mejor calidad de educación que les permite aspirar a mejores oportunidades de vida.
 
No mucho para festejar, y mucho menos para publicitar, como se ve. Pero, en vez de dejarnos ganar con el pesimismo –que es igual o peor que el exitismo-, debieran estas fechas cumplir con el objetivo de servir de espacio para la reconducción y la sincera evaluación de parte de todos los actores sociales, empezando, claro, por las autoridades que hemos elegido y terminando por cada uno de nosotros. Tenemos que admitir que podemos hacer las cosas de una mejor manera, por el bien de los niños.

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