Editorial

Dos meses de incapacidad

viernes, 1 de julio de 2016 · 00:00
En estos helados días invernales, el grupo de discapacitados que se ha instalado en las inmediaciones de la plaza Murillo demandando al Gobierno un bono mensual de 500 bolivianos, cumple dos meses de vigilia.

Llegaron más de dos centenares de todo el país y todavía cerca de la mitad continúan apostados en la calle, en una permanencia dolorosa y tortuosa que parece no tener fin.

Hasta ahora, después de más de 60 días, su reclamo no ha avanzado ni un milímetro. Las ofertas alternativas que se dice surgieron del Ejecutivo no germinaron y tampoco se tiene nada concreto sobre un avance en torno a ellas. Todo intento de diálogo ha sido inútil y la posibilidad de una intermediación de instancias como la Defensoría del Pueblo, sigue siendo una esperanza sin sentido: la nueva autoridad en esta entidad ha evitado pronunciarse al respecto y más bien ha sido sorprendida en una dudosa acción de apoyo a un grupo de personas para que dejen la movilización y retornen a sus ciudades.

Aunque las fuerzas para  ejercer presión y movilizarse, creando  momentos de tensión para ellos mismos y las autoridades,  son periódicamente aprovechadas por las personas con discapacidad, las dirigencias no han conseguido ser escuchadas y atendidas por el Presidente y a pesar de que  continúan con su discurso y demandas, éstas son casi una letanía a la que se han acostumbrado, sin que les perturbe, las autoridades.

Fuera del país esta protesta es vista con ojos de escándalo por lo humillante, desequilibrada en el uso de fuerzas represivas y por la increíble indolencia del Gobierno para encontrar alguna vía de solución. Ahora,  tras dos meses de su llegada, con temperaturas invernales que podrían hacer rendir a cualquiera, este grupo de personas -con menos fuerza y capacidades físicas para protegerse que ningún otro sector- parece decidido a no ceder. 

Ante ello, sin embargo, vuelve una y otra vez la pregunta: ¿Hasta cuándo?, ¿es realmente imposible hacer algo para ayudarlos?, ¿no pueden las autoridades extremar recursos para evitarles este trago amargo e indigno?

Muchos están enfermos y se han registrado incluso denuncias de abusos sexuales a mujeres que permanecen en la vigilia. Su subsistencia depende exclusivamente de la solidaridad de grupos ciudadanos.

Por mucho que abunden los ejemplos de nuestras recientes conquistas en materia de derechos, la sola fotografía de las condiciones en que permanecen en la vigilia más de un centenar de personas -mujeres, hombres, ancianos y niños- frente al centro del poder político sin ser atendidos, borra toda conquista. Y no debiéramos permitirlo.

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