Editorial

Cooperativistas: el fin de un idilio

jueves, 18 de agosto de 2016 · 00:00
Las relaciones amorosas cuando acaban , raramente lo hacen sin conflicto. Pero, como lo podrán atestiguar los expertos, cuando en medio se juegan otros intereses más allá del amor, las cosas suelen ser más complicadas. 

Este ejemplo, tan trillado como frecuente, bien podría aplicarse al Gobierno y sus afectos/aliados. Las sólidas relaciones que algún día tuvo con varios sectores han ido entrando en crisis -unas más que otras-, pero aunque el amor ya no es latente, los intereses en juego impiden una separación "saludable”.

Con la COB, a propósito de la quiebra definitiva de Enatex y el despido de más de 800 trabajadores, la crisis fue tal que se habló de una inminente separación; pero, claro, ésta sería una muy mala señal para el "gobierno de los movimientos sociales”. ¿Cómo mantener el apelativo sin la participación de los trabajadores? Así las cosas, se pusieron paños fríos a la confrontación y aunque la armonía está lejos de restablecerse, se guardan las apariencias para la sociedad en su conjunto.

Con los cooperativistas, otro encendido romance del Gobierno, está más difícil. Aguerridos y abusivos como han demostrado ser  incluso con sus propios asociados y compañeros mineros -recordemos los sangrientos enfrentamientos de Huanuni, en octubre de 2006, cuando se produjo la toma de las minas por parte de los cooperativistas, cuando eran aliados del gobierno de Evo Morales, y quedó un saldo 16 muertos y decenas de heridos entre mineros de una misma comunidad-, los cooperativistas   no quieren ceder ni ápice de la torta de prebendas que el Gobierno les ha acostumbrado a gozar. Aprovecharon de su condición de privados para hacer grandes negociados, para explotar recursos sin mayores exigencias impositivas, legales ni ambientales y ahora que el tiempo de vacas flacas está amenazando con instalarse en su paraíso, no aceptan tener que actuar como los empresarios que quisieron ser. ¿Sindicalizar a sus trabajadores? Cómo, si no tenemos empleados, sino socios, sostienen. Y olvidan que la sindicalización es un derecho y las obligaciones laborales son inexcusables. 

Militantes del "proceso de cambio” un día, secuestradores amenazantes el otro. "Para nosotros es fácil tomar y avasallar”, dicen y nadie lo duda. Y el Gobierno, que aún no acepta que el idilio puede acabarse sin consecuencias, los acusa de querer formar unas "republiquetas” que antes les había  cedido  en forma de concesiones en todo el país, y trata de negociar con una mano y mostrarse firme con la otra, con un cuidado que otros sectores (desdeñados) como los discapacitados o los gobiernos departamentales no reconocen.

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