Editorial

La destitución de Dilma Rousseff

domingo, 4 de septiembre de 2016 · 00:00
La destitución de Dilma Rousseff como presidenta de Brasil es una muy mala noticia para la democracia y el Estado de Derecho en el continente. Ha sido alejada del cargo, si bien de manera institucional, por razones insuficientes, motivadas políticamente.

Rousseff está acusada de haber autorizado préstamos de bancos estatales sin consultar al Congreso con el objetivo de "maquillar” las cuentas públicas y, así, poder aumentar los niveles de endeudamiento fiscal.

Ese mecanismo fue usado por otros presidentes en el pasado y no constituye propiamente un hecho de "corrupción”. Pero aun así, tanto la oposición como los aliados políticos de Rousseff aceptaron el pedido de juicio político contra la Presidenta y terminaron destituyéndola.

En el trasfondo está el corrupto sistema político brasileño. Varios de los diputados que autorizaron el juicio, y de los senadores que determinaron la suspensión, están bajo serias acusaciones de irregularidades. Esa corrupción, además, es transversal, pasa por todos los partidos, incluido obviamente el PT, la fuerza política de la que es integrante Rousseff y su antecesor y mentor, Lula da Silva. Pero ese sistema político alienta, además, la dispersión del voto, y los partidos deben firmar complicadas alianzas para tener mayorías en el Parlamento. El PT tiene una reducida minoría en ambas cámaras. Rousseff fue arrastrada por el maremágnum de la corrupción, investigada en gran parte por el proceso denominado Lava Jato, que involucra la indagación sobre el desvío de unos 2.000 millones de dólares usados en pago de sobornos a Petrobras a un sinnúmero de empresarios y políticos. El escándalo alcanza al expresidente Lula da Silva.

Ante la avalancha de denuncias, Rousseff actuó mal y, para proteger a Lula, intentó nombrarlo como ministro para evitar así su eventual detención. La justicia impidió esa medida espuria. Dilma con eso dio una pésima señal, que demostró lo contrario de la imagen que ella trataba de proyectar: que era una persona honesta y que no cometía irregularidades.

El otro asunto que hay que mencionar es que cuando se producía la gran maquinaria de pago de sobornos con dineros de Petrobras, Rousseff era justamente presidenta de esa empresa. Aparentemente ella no sabía nada de ese entramado. Pero por lo menos podemos decir que tuvo fallos por omisión. Responsabilidad política, tiene.

Los problemas de Brasil no se solucionan, sin embargo, con el cambio de Gobierno. El ahora presidente definitivo,  Michel Temer, exaliado de Dilma y representante de la más reciente traición política de ese país, tiene una popularidad casi tan baja como la exmandataria. Ambos están por debajo del 15% de respaldo.

La desconfianza de los brasileños en sus partidos políticos, de todas las tendencias, supera el 85%, en una muestra del divorcio de la sociedad civil con las instituciones estatales enorme, el más grave de la región.

Algunos analistas consideran que el excandidato presidencial brasileño, que forzó a una segunda vuelta en 2014 contra Dilma, Aecio Neves, no podrá beneficiarse del actual descontento popular con miras a las elecciones de 2018 (el futuro Mandatario se instalará el 1 de enero de 2019). Así que las posibilidades de mayor descomposición social son crecientes.

Mientras tanto, la economía no logra parar su caída. Entre 2015 y 2016 se espera un decrecimiento del PIB del 7,2%, que parece seguirá en 2017. La desaceleración económica ha aumentado el desempleo y puesto en riesgo los avances de los gobiernos de Rousseff y Lula, que lograron sacar a unos 30 millones de brasileños de la pobreza. Sin embargo, su situación reflejaba precariedad, tanta, que ante la primera crisis muchos de ellos volvieron, lamentablemente, a las filas de los pobres.  Pero Brasil es un gran país, con una población llena de virtudes, como la creatividad, el amor al trabajo y un enorme mercado interno. 

Las investigaciones del Lava Jato muestran una situación de desesperanza, pero, por otro lado, la justicia ha demostrado su independencia y su capacidad de sancionar esos hechos, dando, además, grandes muestras de transparencia. Es de esperar que Brasil esté en capacidad de reencarrilarse hacia el desarrollo en el mediano plazo.

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