editorial

Después de la fiesta (del Dakar)

domingo, 14 de enero de 2018 · 00:00

Por quinto año consecutivo, el Dakar vino y se fue. Después de la larga expectativa, queda como balance una profunda resaca, que nos afecta a todos, pero especialmente a sus impulsores: el Presidente y sus colaboradores. Ya casi nadie, en ningún país, acepta con beneplácito el paso del Rally Dakar por su territorio. Las escenas de protesta se han dado en varios lugares este año, desde que el pasado 6 de enero partió de Lima, Perú. 


Eso no impide, sin embargo, que la fiesta tenga lugar: hay fanáticos de los motores en todo el mundo, el espectáculo cobra vida al entrar a ciudades y pueblos e, invariablemente, hay ciudadanos que aplauden y festejan. 


El año pasado ya vivimos esta situación cuando pensábamos que ya que La Paz estaba sin servicio de agua potable, la ciudadanía rechazaría masivamente este desfile de ruedas. No fue así.


Este año, sin embargo, las cosas fueron apreciablemente diferentes. La obcecación presidencial por hacer del Dakar una fiesta (casi personal) no hizo otra cosa que sazonar el malestar y la protesta producto de la polémica en torno al Código Penal, pero principalmente por el desconocimiento a los resultados del referendo del 21 de febrero pasado.


Es así que mientras en el oficialismo cundía la paranoia porque algo (o algunos) pueda empañar la llegada de la caravana, del otro lado se organizaron numerosos grupos de activistas, que se mezclaron con los espectadores y aficionados creando un clima de confusión y apremio.


La Policía intentó tomar medidas preventivas y reprimió a los manifestantes cual si se trataran de delincuentes. La gasificación y el allanamiento a una iglesia persiguiendo manifestantes fue la peor imagen que pudo dar un país y un gobierno que pretendía mostrar su mejor sonrisa (aunque fuera forzada).


Pero, la cereza en el pastel la puso Leonardo Martínez, piloto de cuadratracks, que a su llegada a la meta agradeció al Presidente y Vicepresidente por la bienvenida y les pidió respeto a la Constitución y al resultado del 21F.  “Por favor les pido que respeten la Constitución”, dijo el piloto ante la mirada atónita de los mandatarios.


Aunque de inmediato empezó la campaña de acoso al deportista, acusándolo de separatista, malagradecido y otros epítetos, éste fue por una horas un especie de héroe, que se animó a decir de frente y ante las pantallas de todo el mundo, lo que muchos bolivianos vienen manifestando en las calles desde que el Tribunal Constitucional anunciara que nuestro actual Presidente podrá ser candidato vitalicio.


No tiene, por tanto, lugar la queja oficialista en torno a la “politización” del Dakar; especialmente cuando de manera clara la principal motivación para invertir millones en esta cuestionada competencia es el rédito político presidencial. De no ser así, no serían los propios mandatarios y ministros quienes se posesionen del palco, con transmisión en vivo, para recibir a los participantes. Evo Morales dedicó prácticamente todo un día de su apretada agenda a seguir el paso del Dakar.


Pero la principal lección, que es de esperar sea adecuadamente leída por Evo y sus colaboradores es que ya no son estos los tiempos de aplaudir irreflexivamente cualquier desfile; máxime si –como es el caso– se conoce que esta carrera de autos es repudiada en todo el mundo por su alto grado de inutilidad y contaminación. De modo que esperar que todo el país rinda una venia al Gobierno por este circo es ingenuo; tampoco tendrían por qué ser agradecidos los competidores, que gastan millones (de su bolsillo o de auspicios) para ser parte de este rally.  En otras palabras, es mejor que el Presidente lo piense bien la próxima vez antes de invertir tanto para recibir tales disgustos. Ojalá así sea.


Finalmente, sería oportuno que se interprete con autocrítica expresiones como las presenciadas en estos días: los bolivianos están molestos con la arbitrariedad de insistir en su candidatura indefinida a pesar de lo que dicta la Constitución. No se trata de una conspiración imperialista ni una oscura maquinación opositora, es nomás un reclamo para respetar la palabra empeñada y las leyes.
 

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