Editorial

Bolsonaro y el futuro de Brasil

jueves, 11 de octubre de 2018 · 00:15

Ya se ha referido a los inmigrantes y refugiados, entre los que incluye a los bolivianos, como “la escoria del mundo”. Ha mencionado que le parece que “hay algunas mujeres” que merecen ganar como los hombres, pero que la mayoría no porque su función primordial es la reproducción. Encuentra aberrante el homosexualismo, aprueba sin vergüenza las torturas de las dictaduras y es indisimuladamente racista.

¿Cómo puede entenderse que en un país con mayoría interracial, con más de 100 millones de mujeres, que respeta los derechos de las diversidades sexuales y que se considera una de las sociedades más liberales de la región esté a punto de ser gobernada por una persona que es el epítome del fascismo, practicante confeso de un dogmatismo totalitario? ¿Un hombre que ni los casi 20 años de vida legislativa le han quitado la virulencia con que expresa sus ideas -casi todas machistas, misóginas, anacrónicas, racistas e intolerantes- como quien se encuentra frente a un pelotón de fusilamiento?

Quien conoce Brasil, como muchos de los bolivianos por la cercanía que nos une con ese gigante e influyente vecino, sabe que si algo define la personalidad del brasileño es la calidez, la amplitud, el respeto a la pluralidad. En comparación con sociedades como la chilena, argentina, peruana y, por supuesto, la boliviana, la brasileña se puede catalogar como particularmente liberal, pues ni sus profundas raíces religiosas -desde católicas, hasta espíritas y evangélicas- le han quitado ese rasgo que predomina en gran parte del país.

Entonces, ¿cómo leer este insólito apoyo a un líder ultraderechista, que pasó gran parte de su vida política entre las sombras de sus posiciones militaristas y arcaicas; que en el momento de mayor inseguridad y violencia de la historia de su país propone que cada persona maneje un arma y que habla de permitir que los menores de 16 años ya puedan ir a prisión para acabar con el crimen?

Los propios brasileños han esbozado algunas respuestas: y es el profundo rechazo que provoca la posibilidad de que el Partido de los Trabajadores (PT) continúe gobernando. Los brasileños han sufrido en los últimos años la recesión más larga de su historia; un escándalo de corrupción que implicó a todos los grandes partidos políticos; y el aumento del crimen violento a niveles impensables.

Los propios brasileños, millones de los cuales dicen explícitamente no comulgar con las ideas radicales de Bolsonaro, confiesan que su voto va por éste solamente para evitar una perpetuación del PT en el poder. Y esta confesión es tan dolorosa y preocupante como el riesgo que entraña contar con un líder con estas características al mando del país más grande y poderoso de la región.

Bolsonaro, del Partido Social Liberal (PSL), casi gana en la primera vuelta a su inmediato contrincante Fernando Haddad, del PT. Obtuvo el 46,66% de los votos, frente al 28,43 de éste. Y aunque el tercero en la preferencia electoral, Ciro Gomes (Partido Democrático Trabalhista), un exministro de Lula, ya anunció que sumaría sus votos a Haddad, puede que el balotaje, a realizarse el 28 de octubre, confirme la supremacía de Bolsonaro.

Lo que era una advertencia se ha convertido así en realidad: la extrema polarización, las irreconciliables diferencias, pero principalmente la animadversión contra la presencia y legado del PT han dado lugar a esta respuesta, que es la opción por un discurso que saca a relucir lo peor del populismo y la demogogia, que involuciona a todo un país y que promete un “nuevo escenario”, sin considerar el costo para la convivencia de esa sociedad.

Muchos brasileños dicen que a pesar de su retórica reaccionaria, Bolsonaro no pondrá en peligro las conquistas de la diversidad y el pluralismo del país, garantizados en sus leyes y su Constitución, pero nada está asegurarlo.

Entre tanto, esta implosión deja varias lecturas a los vecinos, cuyos líderes apuestan por un continuismo impiadoso sin medir el precio que tendrán que pagar sus pueblos por sus proyectos fallidos, su poco respeto a las normas y el descrédito que sus actos han causado al erosionar el sistema democrático.

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