Editorial

El duro impacto del fallo de la CIJ

martes, 2 de octubre de 2018 · 00:15

Este 1 de octubre de 2018 acabó de forma abrupta una de las mayores expectativas en las que muchos bolivianos habíamos creído y confiado: que la centenaria demanda de volver al océano Pacífico de forma soberana, encontrando una solución a nuestro enclaustramiento, fuese finalmente valorada por una corte internacional; y que nuestro vecino, que hace 140 años usurpó este territorio por medio de una invasión, fuera obligado a negociar de buena fe para dar respuesta a esta justa aspiración.

Un siglo de declaraciones, acuerdos, acercamientos, rupturas y otros fueron puestos sobre la mesa en la demanda que Bolivia, a través de un equipo jurídico nacional e internacional, interpuso a la Corte Internacional de Justicia de La Haya, la máxima instancia internacional para dirimir este tipo de diferendos.

Cuando, en septiembre de 2015, esta corte se declaró competente para tratar esta demanda, Bolivia empezó a tejer un sueño que fue alentado no sólo por las autoridades, sino por excancilleres y expresidentes, y acompañado por buena parte de la ciudadanía.

De modo que ayer, cuando el juez Abdulqawi Ahmed Yusuf, presidente de la CIJ, dio lectura al fallo y desestimó, uno por uno, los argumentos que dieron cuerpo a la demanda boliviana, el sentimiento de derrota y frustración fue genuino e indisimulable.

12 de 15 integrantes de este tribunal encontraron insuficiente la argumentación boliviana de “derechos expectaticios” y no hallaron elementos que obliguen a Chile a negociar en ningún sentido. Aunque, al final de la lectura –luego de casi una hora de explicación detallada de ocho puntos centrales expuestos por la defensa boliviana– Ahmed Yusuf afirmó que a pesar de rechazar el alegato no se excluye la posibilidad de que ambos países continúen dialogando, es preciso admitir que la derrota fue categórica.

Pero, si desde lo jurídico se debe asumir este triste epílogo de uno de los momentos más intensos de este largo e infructuoso diferendo, es importante ahora, invocar a la unidad de los bolivianos en torno a esta reivindicación. Ya llegará el momento del replanteamiento .

Son muchos los países que han resuelto distintos impasses territoriales, producto de conflictos bélicos o de otro tipo, por medio de la creatividad, la buena voluntad y la buena fe. Que Chile considere ahora que no tiene ya nada que conversar con Bolivia para resolver este tema es un error parecido a considerar que haber apostado por una demanda en una corte internacional fue un fracaso anunciado y previsible.

Sin duda, hay que hacer autocrítica y meditar profundamente sobre los errores cometidos, las responsabilidades en la estrategia aplicada y los pasos a seguir, pero nada de esto deberá significar renunciar a la aspiración nacional de superar la mediterraneidad que nos afecta.

Aunque hay que convenir que de ahora en adelante deberá ser únicamente la buena voluntad del país trasandino la que medie para cualquier acercamiento, con este fallo no se invalidan los argumentos ni los hechos históricos, recogidos tantas veces por los historiadores y expertos bolivianos e internacionales. Si la demanda boliviana fue objeto de respaldo internacional, incluso en el propio Chile y por personalidades de todo el mundo, no es porque haya sido un mal invento boliviano, sino porque en efecto existe la necesidad de resolver este diferendo.

Esta fue la intención de Bolivia con esta demanda ante esta corte internacional, y que haya sido fallida la misión emprendida por el equipo jurídico no debiera representar una renuncia a una invocación que además es, a estas alturas, indispensable para la buena vecindad e integración regional.

Deberán ser futuros protagonistas quienes encuentren nuevas vías de diálogo y acercamiento. Entretanto, esperamos que este triste momento sea encarado con sensatez por todos los actores y ciudadanos; y que no sea motivo de más enfrentamiento ni encono entre bolivianos, sino que represente una lección aprendida: la cautela es mejor consejero que el triunfalismo anticipado del que todos debiéramos asumirnos como responsables.

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