La bárbara muerte de Jamal Khashoggi

martes, 23 de octubre de 2018 · 00:15

El asesinato de Jamal Khashoggi ha alarmado a la opinión pública internacional. El periodista, quien era colaborador del Washington Post, ingresó al consulado de su país, Arabia Saudita, en Estambul, Turquía, el 2 de octubre, y nunca más se supo de él. Las autoridades turcas denunciaron que fue asesinado dentro del consulado y luego su cuerpo desmembrado y sacado en cajas.

El reino de Arabia Saudita no emitió ningún comunicado, acostumbrado como está a la falta de transparencia, durante más de dos semanas, y tras incesante presión internacional, expresó que el periodista se había visto involucrado en una pelea en el consulado y que había muerto debido a ello.

La explicación fue tan ridícula, que el ministro de RREE tuvo que dar otra: que éste ha sido un error, un crimen cometido por funcionarios saudíes que actuaron sin recibir órdenes y que todos los responsables serán castigados. El ministro admitió que el Gobierno no sabe dónde está el cuerpo.

La reacción saudita es tardía, incompleta y falsa, han señalado varios gobiernos internacionales, aunque los de Occidente lo han hecho de manera indirecta. El presidente estadounidense, Donald Trump, ha defendido al régimen saudí.

La espantosa tortura y muerte de Khashoggi ha logrado, sin embargo, algo positivo: echar nuevas luces sobre la dictadura saudí, una de las naciones donde más se violan los derechos humanos en el mundo, donde una clase dominante –miembros de la familia Saud– controla todo el poder económico y político y en el que las mujeres tienen menos derechos que en cualquier otro país, forzadas a vestir cubiertas de pies a cabeza. Como gran adelanto, el rey Salmán aceptó este año que las mujeres puedan manejar vehículos. En ese país el rey dicta las leyes.

Arabia Saudí asume y exporta la peor versión posible del Islam, el wahabismo, creado por Muhammad al-Wahhab y que luego fue implantada como religión oficial por la familia Saud, en 1744, para beneficio de ambos. El poder religioso en ese país es la otra cara del poder político y económico.

Esa visión radical y medioeval del Islam es la que ha alimentado ideológicamente a otros grupos, como Al Qaeda o ISIS, que son las más bárbaras organizaciones terroristas de años recientes. Incluso se denuncia la influencia del wahabismo en el grupo terrorista Boko Haram, de Nigeria. Los saudíes han gastado enormes sumas de dinero en promover su religión en el mundo islámico.

Curiosamente, gracias a su enorme riqueza petrolera, Arabia Saudita se ha consolidado como un aliado crucial de EEUU, supuestamente también en la lucha contra el terrorismo, y adquiere de ese país miles de millones de dólares en armas, que usa luego contra naciones vecinas.

Arabia Saudita, con su poder económico, es una de las fuerzas más abusivas de Medio Oriente. Ha promovido bombardeos en Yemen, uno de los países más pobres del mundo, para evitar que el gobierno, de tendencia shiita (los saudíes son sunitas) se afiance en el poder. Yemen es una tragedia, con decenas de miles de muertos y carne de cañón de los dos poderes más fuertes de la región, Arabia Saudita e Irán, que se disputan ese territorio.

La comunidad internacional ha empezado a presionar a Arabia Saudita para que deje de bombardear las ciudades yemenís y, curiosamente, la muerte de una sola persona, el periodista Khashoggi, ha empezado a hacer que exista una mayor preocupación por esa tragedia.

Mientras tanto, los esfuerzos del Gobierno saudí parecen orientados desesperadamente a evitar que el príncipe heredero Mohamed, una especie de primer ministro, se vea involucrado en el asesinato de Khashoggi. Al joven príncipe se le reconoce un esfuerzo por realizar reformas económicas y sociales, pero no ha detenido los bombardeos en Yemen y, por ejemplo, actuó furiosamente contra Qatar, intentando a toda costa su aislamiento económico y geográfico.

Las presiones contra los saudíes deben ser mucho mayores en el futuro para que ese país deje de abusar a sus ciudadanos y de promover la guerra fuera de sus fronteras.

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