Editorial

Que la indignación nos subleve

domingo, 30 de diciembre de 2018 · 00:10

Si no es suficiente con que este año hayamos batido récords nacionales por la cantidad de feminicidios (112 en 2018). Si no nos basta con tener una tasa de 2,16 feminicidios por cada 100 mil mujeres y ser el segundo país de Sudamérica con mayor número per cápita de estas muertes y uno de los más altos del mundo en la misma categoría. Si hemos tenido que asumir que una mujer sea asesinada cada tres días en Bolivia y que, pese a la ley, sólo el 2% de los casos llegue a sentencia... ahora nos toca comprender por qué un país que se está desangrando por la violencia machista tuvo a un hombre como el coronel de la  Policía  Víctor Hugo Soria  a cargo nada menos que de la Fuerza Especial de Lucha Contra la Violencia (FELCV). Soria está convencido de que la violencia de género -esa pandemia mundial que mata a más mujeres que el crimen organizado- es culpa de ellas mismas, y nada menos que por consumir alcohol y ser infieles. En pocas palabras, bien merecido se lo tienen.

Justamente en los días en que una mujer en los Yungas recibe más de 30 puñaladas de parte de su esposo,  una joven de 20 años es violada por sus amigos y otra recibe disparos de su compañero, a Soria se le ocurre reflexionar y decir que “muchas veces son problemas pasionales, problemas de celos, desconfianza, infidelidad o producto de que la mujer tiene doble vida, la mujer ha estado con el marido y tiene otra persona con la que también convive, a raíz de esa problemática se desenlaza el feminicidio”. Insólito.

Pero, peor que permitir que un hombre con tales convicciones dirija la fuerza policial creada exclusivamente para combatir la violencia y garantizar la aplicación de la Ley 348 -que debería “garantizar” a las mujeres una vida libre de violencia- es el hecho de que este tipo de premisas no son una excepción. Aunque claramente la Policía no “lidera” la lucha contra la violencia de género, pues revictimiza permanentemente a las mujeres agredidas cuando no comete por sí misma los crímenes -como sucedió hace unos días cuando un oficial violó a una joven en un auto patrulla, mientras su compañero paseaba por Santa Cruz-, no es solamente la fuerza del orden la que  practica y predica el machismo violento, es una sociedad entera la que lo naturaliza, lo reproduce y sólo reacciona ante la sangre, quizás más por morbo que por principios.

Están solas las mujeres en Bolivia frente a la violencia. Están solas incluso ante otras mujeres que todavía privilegian el poder masculino en todo ámbito y validan o son indiferentes frente a una agresión juzgando o relativizando los golpes, las heridas, las consecuencias. Porque, tenemos que decirlo, no es que los hombres sean todos criminales; por supuesto que no. Pero son ellos los responsables de la violencia machista. El feminicidio es un crimen de odio, cometido por un hombre contra una mujer. No hay otro responsable del mismo que el criminal, el agresor.

Y no es que se quiera convocar a una cruzada anti-hombre. Nada más absurdo, pues esta dolorosísima batalla fratricida sólo puede ser librada entre hombres y mujeres, juntos contra ese pensamiento patriarcal que encuentra en la violencia un cauce a la crisis del paradigma del relacionamiento entre hombres y mujeres. Porque, a este punto, tenemos que aceptar que hay una crisis global en este relacionamiento en los ámbitos políticos, económicos, sociales y domésticos; que la autonomía de la mujer está generando probablemente este cisma y que quizás a ello obedezca la crueldad de estos crímenes, de esta epidemia de violencia.

Un hombre como el coronel Soria nos obliga a recordar que a través de la indignación colectiva podemos empujar un cambio. Exigiendo que la justicia, la aplicación de una ley, no esté en manos de los violentos, ¡qué paradoja!, y  que no sean los violentos, los machistas, los que creen que la mujer es responsable de sus agresiones o un objeto de posesión, los que nos gobiernen.

Cerramos un año dramático para la vida de las mujeres bolivianas con una constatación también dramática. Se debe exigir sanciones para este tipo de autoridades y el compromiso de quienes quieran conducir este país de ser inflexibles con la violencia contra la mujer; no castrando hombres ni condenándolos a poblar las cárceles, sino enarbolando principios y especialmente dando el ejemplo. Nada más lejos de nuestra actual realidad.

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