Editorial

El traicionado discurso ambiental

domingo, 26 de agosto de 2018 · 00:15

El discurso de Bolivia en relación con los derechos de la Madre Tierra ha cambiado tanto en los últimos años que no guarda relación con el que un día se inspiró en los postulados del Vivir Bien e impulsó el “Acuerdo de los Pueblos de la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra”, en abril de 2010 en Tiquipaya, Cochabamba.

Eran tiempos en los que Bolivia y el mismísimo Evo Morales estaban a la vanguardia de las propuestas, y en los que Bolivia era considerada internacionalmente como un ejemplo en lo que a derechos ambientales se refiere. Morales llegó a ser reconocido por la Organización de Naciones Unidas (ONU) como Héroe Mundial de la Madre Tierra (2009), y en foros internacionales se lo llamaba “máximo exponente y paradigma de amor a la Pachamama”.

Eran tiempos, también, en los que Bolivia lideró la Declaración Universal de los Derechos de la Naturaleza, redactada en Bolivia (2010), y la propuesta para constituir un Tribunal de Justicia Climática, destinado a fiscalizar el accionar de las naciones en torno a la Naturaleza y determinar “responsabilidades, sanciones y reparación de los daños causados al patrimonio común”.

“Un tribunal de justicia sobre cambio climático, para que los países que no cumplan (las metas mundiales) sean juzgados”, decía Evo, por aquel entonces.

En las conferencias de cambio climático (COP), Bolivia mantuvo esta línea hasta 2017. En 2017, en Bonn, cuando finalmente el mencionado Tribunal empezó a funcionar, una de las primeras denuncias que se escuchó fue la de los indígenas del TIPNIS en contra del gobierno de Evo Morales, que anuló la intangibilidad de esa reserva para construir una carretera que pase por la misma.

Desde entonces se han perdido los guiones; la retórica ha quedado vaciada de contenido y parece que no quedan rastros de la fuerza con que el Gobierno alzaba la voz en estos temas. A tal punto que es posible que ese mismo Tribunal de Justicia Climática sancione a Bolivia.

Cuando sus miembros llegaron hace unos días al país para verificar in situ las denuncias recibidas por los dirigentes del TIPNIS en sentido de que sus derechos y territorios estaban siendo vulnerados; que estaban siendo avasallados por la deforestación y la “colonización” -que no es otra cosa que la expansión de cultivos de hoja de coca e incluso producción de droga como lo ha señalado el propio viceministro de Defensa Social y Sustancias Controladas-; y que los puentes y carreteras que avanzan sin pausa, sus miembros fueron desconocidos y hasta impedidos de transitar en esos territorios por los colonizadores.

El ministro de Gobierno, Carlos Romero, calificó como una “red de ONG” a los integrantes de la comisión del Tribunal. “No tiene ningún estatus oficial, no pertenece a ninguna instancia de Naciones Unidas ni de la Organización de Estados Americanos. Es simplemente una plataforma de instituciones privadas que se ha autodenominado el Tribunal de la Naturaleza, pero en realidad ellos forman parte de una ONG”, dijo Romero, quien observó que esta comisión no coordinó con la Cancillería su visita al país, obviando las cartas y anuncios que precedieron dicha visita. Evo Morales tuvo, al menos, la discreción de quedarse en silencio.

¿Dónde quedaron las gestiones de todo un grupo de funcionarios bolivianos que lucharon en escenarios internacionales por posicionar el discurso boliviano y liderazgo de Evo Morales en la materia?, ¿no es vergonzante, además de preocupante, tanta incoherencia?

La pérdida de escrúpulos sólo ha sido el primer paso, lo que venga en lo sucesivo no tiene importancia, como carece de importancia y validez la voz de Bolivia en el concierto internacional, traicionada ya toda su propuesta.

Pero, esto no es lo más grave, sino lo que ello implica y es la renuncia absoluta a proteger los espacios naturales más sagrados a costa no únicamente de un extractivismo secante sino de prebendas a colonizadores por encima de los pueblos indígenas; con un modelo de desarrollo que no quiere escuchar, menos respetar, sus derechos y forma de vida.

No estamos ante una fórmula que busca dar bienestar a esos pueblos, sino, sencillamente, ante una apuesta por un desarrollismo prebendal y depredador sin miramientos. Este es el epitafio.

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