Editorial

Jhiery y la necesidad de reformar la justicia

domingo, 23 de septiembre de 2018 · 00:15

Con el calvario del médico Jhiery Fernández todo un país ha podido presenciar el grado de descomposición que afecta a la justicia boliviana.

Es como una enfermedad terminal, para la cual sólo es posible el desahucio. No solamente por la cantidad de seres humanos poblando las cárceles sin sentencia, ni siquiera por los inocentes que purgan una condena injusta... Lo que hemos tenido que presenciar con horror no es un error -que la justicia, como cualquier actividad humana comete-, sino la normalización del dolor y la falta de humanidad a niveles aberrantes. Que quienes se llaman administradores de justicia lleguen a tales grados de impericia y luego de inmoralidad, no es una anécdota, es un tema estructural, que afecta a nuestra sociedad y al país. Un pueblo que no puede encontrar justicia, que no puede aspirar a ella, está condenado al peor de los destinos. Y no podemos permitirlo.

Lo sucedido, primero con un bebé producto de la miseria y del abandono, y luego con un joven médico encarcelado siendo inocente, es triste. Pero las lecciones que estos hechos nos dejan sobre el estado de nuestra justicia y la forma en que ésta se usa para fines espurios y macabros, es todavía peor. Los jueces, fiscales y otros que han llevado este caso, han demostrado pertenecer a la peor calaña de seres humanos que se puede concebir. No sólo han procedido con total falta de apego a las leyes y a los procedimientos de la justicia, sino que han manipulado los hechos para protegerse entre ellos de la manera más inescrupulosa. Esta es, al parecer, una forma natural de proceder entre estos “operadores de justicia”. Ellos barajan los destinos de las personas cual si fuesen naipes de un juego de azar.

A tal punto es natural este modus operandi, que a las autoridades de la justicia les ha importado más saber quién grabó el audio y procesar a la jueza que violó sus secretos que enmendar los errores. Calculando sus riesgos, mientras Jhiery Fernández escribía una carta desde la cárcel pidiendo su libertad y su madre se arrodillaba para implorarlo, estas autoridades estaban más preocupadas por el proceso de selección de Fiscal General, y por el hecho de que alguno de los candidatos, por perjudicar, haya alentado estas revelaciones.

No es de extrañar. Esta estructura sólo puede sobrevivir si quienes la lideran son funcionales a ella, y está claro que quien ejerza el cargo de Fiscal General debe asegurarse de que así sea. Por lo menos así ha sido en los últimos tiempos.

Pero, ya que nadie pudo evitar la muerte trágica de un bebé como Alexander, como no se puede evitar que cientos como él sean cada día abandonados por la miseria y la indigencia, al menos debemos demandar al Estado y a quienes lo administran, una toma de responsabilidades.

Ya no es suficiente con que se anuncie que se harán las investigaciones del caso ni que se procesará debidamente a los culpables. Ya no podemos aceptar que en vez de actuar e indignarse con la calidad de funcionarios que tiene la justicia del país, se señale a los medios como responsables por denunciar y poner esto en evidencia, o se eche mano de argumentos o cálculos políticos destinados únicamente a preservar privilegios.

Bolivia requiere urgentemente señales de confianza para no terminar de descreer en sus representantes y en las leyes. Como sucede con la crisis de la salud pública, el sistema de justicia ya se ha caído a pedazos y no será con discursos ni promesas, tampoco con diagnósticos que se resuelva. El Gobierno tiene que dar señales que por encima de sus intereses políticos garantiza que, al menos, los corruptos y los innobles no estén a cargo de las vidas de los bolivianos.

Por lo demás, en este caso que pasará a la historia como uno de los más tristes y deplorables, solamente queda exigir una inmediata liberación del médico Jhiery Fernández, así como el resarcimiento al menos material de los daños que se le ha causado.

Si no somos capaces de dar señales de solidaridad y compasión como sociedad no podremos esperar nada más que un aciago destino.

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