Editorial

La invasión de basura y demagogia

sábado, 26 de enero de 2019 · 00:15

 Ante una situación de crisis, lo deseable es que una sociedad actúe con prudencia y solidaridad,  privilegiando ante todo el bien común. Si eso se espera de los ciudadanos, tanto o más debiera exigirse de las autoridades, independientemente de su ideología o partido.

Todo lo contrario, lastimosamente, se aprecia en estos días en  La Paz, luego de que un deslizamiento afectara al relleno sanitario donde se deposita la basura de la urbe.

Ante el temor y la zozobra de los vecinos de Alpacoma -donde está ubicado el relleno-, se generó un clima de desinformación y sensación de riesgo que avivó el conflicto, en vez de propiciarse una solución.

Siendo el problema del manejo de la basura un tema estructural no resuelto ni en La Paz ni en El Alto, la sensación imperante fue de molestia y preocupación. A pesar de las explicaciones del alcalde paceño, Luis Revilla, en sentido de que la situación estaba controlada y que los lixiviados no habían llegado ni llegarían al cauce del río Achocalla, los vecinos expresaron su preocupación y descontento. De hecho, los reclamos por los vapores y olores que llegan del botadero son antiguos, así como la demanda de una solución sostenible al manejo de residuos.

Bolivia en general y La Paz en particular no han encontrado soluciones para la basura que  generan. El separado de basura -que es clave para su procesamiento- no se practica, como tampoco el reciclaje, excepto honrosas excepciones. A ello se suma la indiferencia e ignorancia de la población en aspectos elementales como la cantidad de basura que genera y la forma en que se la echa (generalmente a la calle o a los ríos, sin sentido de responsabilidad).

Estos factores hicieron que ante el deslizamiento de una impresionante mazamorra de basura, fuera difícil convencer a los vecinos de que el accidente era inocuo y que no tendría consecuencias.

Pero, lo que nadie esperaba es que pasada la crisis inicial  se dé una nueva emergencia debido a que los vecinos y las autoridades de Achocalla, donde se ubica el botadero, decidieran impedir el paso de la basura al relleno.

Los vecinos, desde una entendible preocupación, se unieron a autoridades irresponsables, como el alcalde de Achocalla, para exigir una “inmediata solución” y el cierre definitivo del relleno sanitario, sin considerar que una medida como esta requiere de tiempo, obras e inversiones que no se puede concretar en días o semanas.

Al impedir el paso de la basura de la ciudad hacia el botadero, lo que empezó como una amenaza se fue convirtiendo en una realidad: la crisis ambiental está en ciernes después de una semana sin poder recoger la basura y depositarla donde corresponde.

A la alarma de la gente se unieron con entusiasmo los intereses sectarios y políticos que en vez de buscar respuestas solidarias y avanzar hacia una solución del problema, promovieron la crisis. Incluso, cuando ante la imposibilidad de levantar el bloqueo en Alpacoma, las alcaldías de La Paz y El Alto suscribieron un acuerdo que posibilitaba que transitoriamente la basura de La Paz pueda depositarse en el botadero de El Alto, algunas organizaciones de vecinos afines al Gobierno nacional, particularmente la que está liderada por Jesús Vera, presionaron para que este acuerdo no prospere.

A ello se añade la conminación gubernamental a la Alcaldía paceña para que se cierre el botadero, algo que el alcalde Revilla finalmente aceptó, exigiendo a la empresa Tersa que en un mes presente un plan para el cierre definitivo hasta abril. ¿Será esto materialmente posible? 

El manejo de residuos es un problema profundo y estructural, y en vez de arriesgar todavía más la salud de toda una ciudad, las autoridades debieran concurrir para avanzar en una respuesta adecuada a corto y largo plazo.

 Es deplorable que no se haya encarado adecuadamente este tema, pero es también indeseable lo que se ha visto en los actores políticos: demagogia, ignorancia e indiferencia, mientras que la basura va cogiendo calles y plazas y la avalancha de desechos crece sin pausa.
 

 

 

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