Editorial

Sin ellas, ¿cuál festejo?

lunes, 14 de octubre de 2019 · 00:14

En honor a la poetisa y una de las primeras feministas bolivianas Adela Zamudio, cada 11 de octubre es dedicado a la mujer boliviana. Como suele pasar con fechas como el Día Internacional de la Mujer,  el Día de la Madre u otros, el énfasis está puesto en la condición dulce, romántica y sublime de la mujer. O, a lo mucho, en su valentía, abnegación, capacidad de lucha, nobleza y otras virtudes.

Nada de malo en ello, por supuesto. Nunca caen mal los reconocimientos, los elogios ni siquiera los piropos, pero la sociedad global, particularmente la boliviana,  está viviendo un momento dramático que amerita otras reflexiones.

Aunque tenemos una democracia que se acerca a los 40 años de vigencia y que, a pesar de sus imperfecciones, ha dado pasos esenciales en inclusión, equidad y derechos, la condición de la mujer no es ni de lejos cercana a la ideal.

Es cierto que la mujer boliviana, ahora, ha conquistado su derecho a la educación y a la salud; la creciente profesionalización de las mujeres contribuye a su autonomía económica; y una nueva generación de leyes contra la violencia, la discriminación, la trata y tráfico, el acoso político y la paridad en la participación política son conquistas que deben ser resaltadas. Sin embargo, aún sigue siendo mayor la cantidad de mujeres que son excluidas de la educación o que mueren por enfermedades que pueden ser prevenidas; son muchas aún las que no tienen acceso a igualdad de oportunidades y son abiertamente discriminadas en todos los espacios; la participación política es numerosa, pero no siempre de calidad y relevancia y, más aún, sujeta a acoso y presiones de todo tipo.

Pero, entre todos los escollos al desarrollo integral y equitativo de las mujeres en democracia, el peor lastre y afrenta es el que proviene de la violencia en todas sus formas. A contramano de los avances, la mujer boliviana es asesinada día a día en sus propios hogares y por sus propios esposos, parejas o exparejas. 

Y las niñas y adolescentes son objeto de abusos sexuales, comercio de sus cuerpos, trata, tráfico y los más crueles vejámenes, también en sus propios hogares o por las personas de su confianza. 

No es este un asunto exclusivo de la sociedad boliviana, pero que nuestro país encabece los rankings de violencia sexual, embarazo adolescente y feminicidios de la región dice mucho de la crisis que se está viviendo.

Casi 100 mujeres en lo que va de este año han sido asesinadas; al menos 81 niñas y niños han quedado en la orfandad por estos crímenes y sus padres fueron enviados a la cárcel, se suicidaron o escaparon; y el 92% de los feminicidas habían sido denunciados y eran reincidentes. Este dato es muy importante porque revela la ausencia de protección del Estado a la víctima de violencia cuando ésta acude a denunciar ante las instancias oficiales. Otra de las aristas de este informe es que las adolescentes son víctimas de los asesinatos más crueles y que El Alto es el municipio donde se presentan más casos y con más saña.

Si esta es la situación de desprotección de las mujeres bolivianas a pesar de las leyes que nos ofrece el Estado, ¿qué esperanza queda? 

No existe una solución mágica ni repentina, pero, al menos, debemos acabar con la complacencia y el silencio. No se trata de rechazar festejos ni homenajes, pero éstos no pueden nublar la sensatez e impedir que se llamen las cosas por su nombre. A las mujeres las están matando por su condición de mujeres: no es alcohol, no es la minifalda, ni la religión, es la violencia machista que está enraizada en todo contexto.

Tenemos que hablar, nos tenemos que rebelar porque lo único que no podemos hacer es naturalizar esta situación. A principios de este año, Página Siete abrió un observatorio de feminicidios, en el que se hace seguimiento a cada uno de los casos, para hacer una radiografía de este drama que golpea a las mujeres víctimas de violencia extrema y sus familias. Hace unos días, dedicamos una portada a los nombres de cada una de las 94 víctimas que este 2019 se ha cobrado la violencia machista. Sin ellas, nunca más podremos festejar.

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