Editorial

El TSE y su nefasta estela

domingo, 27 de octubre de 2019 · 00:14

Pocas cosas le gustan más al Presidente y al Gobierno que comparar los logros y aciertos de estos 14 años con el pasado. Casi siempre, en estas comparaciones que abarcan desde indicadores económicos hasta aspectos sociales, gana la presente gestión. El neoliberalismo, que es el nombre genérico que se aplica a este periodo, es satanizado en todas formas (muchas de ellas, con razón).

Aunque a pesar de los hechos recientes el Presidente ha expresado su respaldo (casi felicitación) al TSE, no cabe duda de que esta entidad atraviesa por uno  de sus peores momentos. Recordemos que a finales de los 80 se hizo tristemente célebre la “banda de los cuatro”, nombre con el que se conoció al grupo de cuatro vocales que conformaban la Corte Nacional Electoral (CNE) considerados los responsables de manipular los resultados de las elecciones de 1989, que sellarían lo que de forma inédita se conoció como “triple empate”.

El escándalo fue mayúsculo: se acusó a los cuatro vocales de haber manipulado actas con la intención de perjudicar al MNR, impidiendo que su votación aumente, lo que habría puesto a este partido en ventaja para acceder al poder.

Desde entonces se optó por institucionalizar el ente electoral y dotarlo de las condiciones para hacer un trabajo independiente y alejado de lo partidario. Fue un proceso largo, que derivó en la gran credibilidad y transparencia que adquirieron desde entonces todos los actos electorales. Esto, unido al siempre evidente espíritu democrático de la sociedad civil, nos dieron casi 30 años de procesos limpios y sin mayores discusiones. Fue así como Evo Morales fue elegido en 2005 y reelegido desde entonces. Así se realizaron las primeras elecciones judiciales de la historia, los primeros referendos y las primeras elecciones primarias. 

Sin embargo, desde su llegada al poder el MAS aplicó al Órgano Electoral la misma lógica que ha impuesto a todas las entidades y poderes independientes del Estado: la cooptación. Primero nombró a un grupo de vocales abiertamente militantes, que defendieron sus aprestos reeleccionarios y avalaron irregularidades como la anulación de la personería jurídica del Partido Demócrata en el Beni en 2015 y la invalidación del triunfo de un candidato a la Gobernación de Chuquisaca.

Luego, con un grupo de vocales igualmente afines pero con mayor y mejor trayectoria e idoneidad, se recuperó algo de la confianza perdida. Sin embargo, este cuerpo de vocales ha sido prácticamente desestructurado: primero se dio la renuncia de su vicepresidente  José Luis Exeni; luego de la presidenta, Katia Uriona, y, en cadena, una serie de otros altos funcionarios, quedando el actual grupo que nuevamente se puso completamente al servicio del MAS.

Varios hechos fueron sembrando el camino de la desconfianza y falta de credibilidad en el TSE, que culminó con la vergonzosa actuación de este 20 de octubre.

Si alguien tiene la culpa de la crisis democrática que vive el país a raíz de las sospechas de fraude electoral  son los vocales del TSE, que no pudieron administrar peor las circunstancias.

El Presidente echa la culpa a la derecha, habla de golpe; sus ministros señalan a la oposición y la presidenta del TSE llora y se victimiza, pero, al César lo que es del César, este clima fue alimentado por la ineptitud y sumisión de un conjunto de autoridades electorales cuya máxima responsabilidad debiera ser garantizar la confianza en el proceso.

No podemos llamarnos a engaño: así como el Gobierno pide pruebas del fraude, debería dar pruebas de que el TSE no actuó a sus órdenes y a su conveniencia. Si el Gobierno pretende que nadie discuta un resultado que los favorece -especialmente después de haber desconocido el resultado de un referendo constitucional-, debiera al menos recriminar la actuación de los vocales del TSE. No lo hace porque eso significaría poner en duda un resultado que no quiere discutir.

Nunca antes sentimos tanta indignación frente al accionar de un grupo de funcionarios que se deben a la democracia y no a un partido político. La historia los juzgará, y no tendrá indulgencia.

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